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Artículo publicado en la revista
Punto de Fuga, número 3

Advertencia

Escribo desde la extimidad, desde lo más íntimo. ¿Escribo para alguien? No, para el viento. ¿Acaso nos conocemos? Puede que sí y no lo sepamos.

He tenido la oportunidad de encontrarme con muchos analistas que se identificaban como “psicoanalistas” y como “lacanianos”, y noté que había reiteraciones sobre algunas cuestiones: Lo que hallé en común en los discursos es que al menos todos compartían la creencia en la existencia de otra escena.(I)

Por otro lado, surgieron perspectivas tan disímiles que me sentí compelida a continuar indagando en la pregunta (repreguntando) que marcaba una ruta al andar: ¿Qué es el psicoanálisis?

“La pregunta por el ser no lleva a nada”. En mi caso, me inclinó a un camino de descubrimientos y cuestionamientos. “Qué es” para mí indicaba varias respuestas que se imponían, y continúan apareciéndose, a cuenta gotas: dónde estoy parada, hacia dónde vamos los psicoanalistas, qué nos une…

Hasta en la misma Escuela, sea cual fuere, se opina distinto. En ocasiones, hay mayor coincidencia o afinidad de ideas y prácticas entre analistas de distintas Escuelas, independientemente de su país de origen o residencia. Esto tiene una veta fantástica, que es propia de la subversión del psicoanálisis: que cada quien tenga su propia voz. De igual forma presenta una dificultad: ¿nos entendemos? entre ¿“nosotros”?… ¿Quiénes son “los que no son nosotros”?

Las citas de autoridad o de embelesamiento o académicas no rodarán por estas líneas. Decido hablar como extranjera, con el léxico que el uso del lenguaje coloquial me regaló. Hablo desde la argentinidad, no por patriota, porque me tocó nacer y crecer en estas coordenadas. Escribo como analizante.

 

Enemigos íntimos: EL psicoanálisis

Es usual toparse con estos “enemigos”: LA psiquiatría, LA psicología, LAS neurociencias, EL capitalismo.

No ahondaré sobre explicaciones aquí acerca del porqué hay que combatir algo que es insólito si se lo rebate por absolutos. Freud habló del psicoanálisis como una psicología y era neurólogo, Lacan era psiquiatra, en los países comunistas no existe el psicoanálisis.(II) ¿Cómo andamos por casa?

Es relevante ocuparse de transmitir el psicoanálisis de un modo que se entienda (algo) para que no corra el riesgo de la endogamia. ¿Cómo mantener el espíritu subversivo y cuestionador siendo el psicoanálisis la corriente hegemónica en Argentina? ¿No cuestionaremos nuestra hegemonía, solo las otras?[1]

“No hay que entender”, he escuchado más de una vez. Ni que hablar del refrán: “A las mujeres no se las entiende, se las ama”. ¿Ni un poquito? ¿Un petit encuentro? Hay tiempos y hay uno por uno. Y está en cada quien hacer de ese entendimiento un gran broche y cerrarlo por siempre o ir de abrochamiento en abrochamiento. ¿No abrocharse? El sujeto es sujeto porque se sujeta a algo, ya sea con pegamento o velcro.

No siempre que podemos formular una pregunta sabemos la respuesta. Dudamos. Entendemos. Volvemos a dudar de otra forma. Entendemos otra cosa. Si todo es duda o todo es respuesta, estamos perdidos en un abismo de certezas, aunque la duda sea la certeza.

Me parece de suma importancia que nos escuchemos, que hablemos en primera persona, que citemos si la referencia es imprescindible (salvo se esté escribiendo un paper académico). Excepto las tragedias, que impactan pero no abren paso al cuestionamiento, situaciones en las que seguramente todos acordemos que estamos en oposición, al menos desde el anhelo, conviene no posicionarse en contra sin tomarse un tiempo para discriminar de qué se está o estamos hablando.

Un recorte: Hay psiquiatras que no medican ni indicarían una internación porque desean hacer su práctica psicoanalítica. Consideran que si lo hacen no se trataría de un acto analítico… Entonces, ¿seríamos psicoanalistas y por momentos actuaríamos como otra cosa y luego volveríamos a “nuestro puesto”? (Humor irónico).

¿Y si lo pensamos como una mirada? Hagamos lo que hagamos sería con esos ojos que habilitan esas orejas y esas “intervenciones”, ya sea por acción u omisión.

¿Esta mirada nos habilitaría a opinar sobre todo? No. No somos a tiempo completo psicoanalistas. El psicoanálisis puede decir sobre muchas cosas pero no confundamos al psicoanalista con el ciudadano que podemos ser, al extremo de posicionarse en un lugar en el que solo podrían atender a gente de su propio partido político.

La omisión, como el  silencio, es lo que puede devenir una herramienta, un instrumento, o una dificultad. No es nuestra tarea la del periodista, no obstante, hay preguntas que no pueden ausentarse.

Un ejemplo: Un/a[2] paciente consulta porque desea realizarse una operación de “cambio de sexo”, una “emasculación”, y le indican un tratamiento psicológico… Cae en manos de una analista. Conversan sobre muchos miedos que le despierta la operación en sí, pero nunca se pone en duda el por qué o para qué desea hacerla. Hago un paréntesis: las preguntas, cómo se hagan, pueden ser invitaciones a “pensar” distinto, a abrir algo encriptado, o retóricas (que son afirmaciones disfrazadas de preguntas) o directamente insultos. Suponiendo amabilidad y “buena praxis”, preguntar si usa de algún modo el pene (las cosas por su nombre), con otros o en soledad, si se masturba, si siente excitación desde allí. Porque la sexualidad es singular. Puede que espere de la operación la promesa de un milagro y que crea que se sentirá diferente a partir de la intervención quirúrgica. Puede que la cuestión sea otra: “¿cómo puedo sentirme mujer y tener pito?”

Tal vez cuestionar sobre el uso de este órgano no conduce a que ponga en duda su decisión y quizá la operación es un broche que le permite una existencia más aliviada. Pero no confundamos esta acción con discriminar —en el sentido peyorativo de la palabra—. Es imperioso discriminar positivamente, detectar las piezas del rompecabezas que nunca será completo, para calcular  —atribuir a algo un valor aproximado, no medir— las consecuencias.

Otra cuestión que llama mi atención es ¿por qué precipitar la obtención de un documento nacional de identidad con un cambio de nombre hacia lo femenino o lo masculino, en niños? ¿No se puede nombrar como lo desea, tratarlo como lo demanda y darle espacio para que encuentre su “identidad”, para que construya a la vez que descubra su sexualidad…? Los niños no saben de documentos. ¿Debe intervenir la Ley del Estado para que se sienta mejor? Nombrados así por padres, tutores, compañeros de escuela, profesores, médicos, vecinos… y la ley. ¿No basta con respetar cómo desea ser nombrado o tratado? ¿Y qué tal si en vez de que a los 5 o 10 años le den papá, mamá y el Estado un documento con su nombre nuevo, lo pida y vaya en busca de eso si lo desea? Sea cual fuere la situación y el caso, la sexualidad se descubre, se indaga, se experimenta. ¿Por qué abrocharla fugaz y precozmente? ¿Eso hace un nudo indisoluble? No, sabemos que hay cambios de pareceres, que cada caso es distinto como para estandarizar una situación. ¿Acaso no es más bien un problema social el de no tolerar a un Ramoncito con vestido “de niña”? ¿Rápidamente debemos “legalizarlo” a Romina?[3]

Un ginecólogo que se dedicaba a realizar reconstrucciones de úteros y vaginales tras un cáncer, me contó que algunas de sus pacientes volvían a sentir excitación sexual y otras no. Misma intervención quirúrgica, distintas mujeres.

El azar es incalculable. Con las contingencias se puede trabajar. Estamos hablando del inconsciente y de sus efectos. Para calcular hay que juzgar; no prejuzgar, no cerrar rápido un sentido sin información/material/tiempo suficiente. “Los psicoanalistas no juzgamos”. Por supuesto, no juzgamos desde lo moral, si es que se está advertido de la propia moralina, que sí, por ser humanos, es parte del lenguaje. No como jueces. Juzgar es formar una opinión (la propia, formar la de otro es adoctrinar). No estoy refiriéndome a opiniones catárticas sino a opiniones basadas en la honestidad intelectual. Una intuición que condensa experiencias, y que se pone a prueba. ¿Ni bueno ni malo? La cuestión es bueno o malo para qué, para quién, en cuál singularidad, la del analizante y/o la del analista. De ahí se desprende: diferente.

¿Cuál es nuestro límite como analistas? Si te caen como peso pesado las histerias, ok, lo sabés. ¿Por qué atenderías histerias? Vale para cualquier tipo de pacientes. La elección va por ambas vías. La transferencia se gana, al igual que la confianza. Tal vez fuiste su profesor o leyó tu libro y contás con ventaja, pero “no va de suyo” y de una vez para siempre. Siguiendo la lógica de que el analista debe dirigir la cura, lo hace hasta que se torna dispensable. Cuando se habla de la transferencia al psicoanálisis o al hospital, hubo un otro, ¿un representante del Otro?, que albergó algo de nuestro fantasma y causó algo de nuestro deseo. El inconsciente cuenta, no solo habla/narra. Cuenta veces, fichas… Que suman a favor o caen todas al suelo de una vez. Les recuerdo que escribo sin pensar, pensando, sin detenerme a censurarme… Pensar, duele, si estás implicado en el proceso. Pensar se vincula asimismo con un regocijo onanista. Nada en contra del onanismo. El “bla bla” es necesario e ineludible. No obstante, si se recurre en exceso, imposibilita el lazo social y el análisis.

No sé, desde la carne, de qué va el fin de análisis. Escribo al viento con esperanza, no la espera eterna que no moviliza, con una espera activa que muta. Me autorizo de mí misma pero con otros. La mirada del Otro me mira. ¿Dejará de mirarme, de hablarme? ¿Dónde termina el deseo del Otro y comienza el propio? Nos fraguamos con el Otro, la separación no es completa. Parcialmente y de a hilos que se van desprendiendo y ordenando distinto. Sé que la fe no hay que depositarla en el otro, ¡ni en los propios otros!… ¿Perder la fe? ¿Cambiar una por otra? El deseo no tiene objeto, ¿eso también se gana, perdiendo, o va en rieles? Es causa a la vez que lo apunta un relato, un guion; los hay de toda especie. ¿El deseo puede fijarse? Se obstaculiza, entonces, ¿lo que obstaculiza es un objeto, “los frotamientos imaginarios”, un síntoma que a la vez posibilita una lectura, un goce? Lo fijo puede ser el goce. Entonces, el goce se flexibiliza pero no se acota. ¿Cómo acotar la energía pulsional? ¿Se disipa o encamina un par de sus tentáculos hacia otro lado? “Crees mucho en la humanidad, en las personas”. ¿Dónde deposito la transferencia entonces? La transferencia es a partir de otro, por suponerle un saber, que condice contingentemente con el Otro. Este otro puede cambiar, puede no estar, y nos quedamos con el Otro, más o menos velado. El Otro no existe a la vez que existimos gracias al Otro. La transferencia es inevitable. ¿Alguien que haya pasado por la experiencia de un fin de análisis no tiene más transferencia? Sí, no con su analista, no de la misma manera. Cae. ¿Solo se presenta en análisis la transferencia? ¿O se produce un movimiento haciendo lugar a un sujeto supuesto saber que habita… en uno?(III) Toda teoría se emite en nombre del sujeto supuesto saber. No estamos exentos.

Retomando, las palabras no son malas, solo hay que situarlas en contexto y perspectiva. Por este motivo, toda intervención fuera de sesión es una agresión; entendiendo por ‘sesión’ también el contexto, el tiempo y ¡el otro! “Las palabras no son malas”, pero que las hay, las hay… Prefiero llamarlas, en todo caso, agresiones. Las agresiones pueden ser sonrisas, atropellos, indiferencias, vienen en distintos tamaños y para todos los gustos.

¿Tratarnos bien? El primer paso para salir de monólogos, ya sea solos o acompañados. No  hay malas palabras; hay agresiones, palabras fuera de contexto y acepciones de nociones que de tantas significaciones pregonan el nominalismo (cada cual con su pared o su goce); y conviven con “bien decires”, que llegan a la instancia, no de la letra sino de una incomprensión tal que se pierde el mensaje, no porque el otro escucha lo que desea o lo que puede, sobre todas las cosas porque propiciamos “biólogos” en vez de “diálogos”, creyendo que son sinónimos.

Las explicaciones no aluden invariablemente a errores bien vestidos, a veces son necesarias para hallarnos con otros y con nosotros un poco más. Sabiendo que lo mejor es enemigo de lo bueno, hablemos mejor (diferente o “mal”) para entendernos bien (“algo”).

Solía describirme como un océano de dos centímetros de profundidad… Luego conocí el signo conformado por dos puntos y un paréntesis final. No entendía por qué esos símbolos aparecían en mis emails. Incliné mi cabeza hacia un costado y vi una cara sonriente… y la profundidad de ese océano.

 

NOTAS

[1] La Ley 153 de salud de CABA, Art. 48º: “asegurando espacios adecuados que posibiliten la emergencia de la palabra en todas sus formas”. Es importante comunicarse con el resto de los mundos, no solo entre analistas. / Freud en Psicología de las Masas : “La descripción y apreciación del alma de las masas, tal como la formularan Le Bon y los otros, en manera alguna han quedado exentas de objeción… […] es probable que bajo el nombre de masas se hayan reunido formaciones muy diversas, que debieran separarse”.

[2] “Un/a” porque hay que esperar a escuchar cómo el que llega se nombra. Hay quienes desean que se los trate como mujer y no cambiar sus nombres de varón porque no asimilaban el nombre femenino que habían elegido, no se sentían aludidas cuando las llamaban por ese nombre. Refiriendo que se identifican con rasgos femeninos. Si, en  cambio, se presenta con nombre femenino y dice que “es” mujer… Tampoco habría que apresurarse, e indagar de qué se trata este “ser mujer”. Desde una certeza hasta una construcción que continúa, hasta tantas variables… Y si es una certeza, ¿es psicótica? Tampoco lo sabemos de primeras. Podría tratarse de una fe, una fuerte e irresistible creencia, cada uno la pone donde puede. Algunos llegan a ponerla en cuestión, otros se sostienen allí, otros se hacen los que no creen. Hasta el agnosticismo puede ser una fe.

[3] Por más que sabemos que hay muchos que refieren que se sintieron siempre mujeres u hombres, habiendo nacido con el otro sexo; es importante dar espacios y tiempos, porque de la historización es de lo que están hablando, un tiempo que vino después. Los niños que luchan por sus derechos, ¿realmente luchan por sus derechos o luchan por su espacio, por el advenimiento del sujeto de deseo? “Derechos” de los niños es cosa de adultos. Adultos que deben ocuparse de eso, sin estragos.

REFERENCIAS

Gracias a los entrevistados de deinconscientes.com, a todos los analistas que pude leer, compartir charlas de café, a Freud, a Lacan, a Machado, a Cortázar, a Les Luthiers, a los pacientes que me posibilitaron descubrirme analista, a los que opinan distinto, a los que no son psicoanalistas y enriquecen mis días, a Iara Bianchi (1987-2019)(IV), a Punto de Fuga por ofrecerme un espacio para un diálogo conmigo misma, que espero sea una apertura a un diálogo con otros, con encuentros y/o desencuentros, una posible convivencia.

NOTAS LUEGO DE RELEER(ME)

(I) “compartían la creencia en la existencia de otra escena”. A veces no sé si algo lo pensé (lo escuché de mí) antes y luego lo escuché (de otro) y lo reafirmé; o si primero lo escuché o leí y luego lo pensé. Cualquiera haya sido el orden, aquí es dónde (también) lo escuché: https://deinconscientes.com/psicoanalisis-y-psicoanalistas-eduardo-smalinsky/

(II) “en los países comunistas no existe el psicoanálisis”. Algunos dirán que estoy equivocada, que el psicoanálisis sí existe en países comunistas. No obstante, coincide el momento de entrada del psicoanálisis a estos países llamados comunistas (ahora socialistas) cuando comenzaron con reformas de libre mercado progresivamente implementadas, es decir, practican la llamada economía de mercado orientada al socialismo; caso China o Cuba. En Cuba, por tomar un ejemplo, habían llegado a algunos los textos de Freud, pero no así la inclusión del psicoanálisis como práctica. En la actualidad, en los países comunistas que mantienen el comunismo sin propiedad privada y libre mercado, no hay psicoanálisis. ¿Qué digo? Ni siquiera hay países comunistas estrictamente hablando. Corea del Norte, en 2009, suprimió la palabra «comunismo» de la constitución, reemplazándola por «socialismo». En definitiva, llámese “comunismo”, “socialismo”, llámese “religión”… Cuando lo político o lo religioso (o lo que sea) consiste en ortodoxias (la correcta y verdadera opinión), el psicoanálisis no tiene espacio ni para habitar lo subversivo. Allí, en cambio, habita la aniquilación de los márgenes, de las diferencias, y, con eso, de los marginales y diferentes, de los sujetos.

(III) Sí, sí, puede parecer confuso. Y esa es la idea. Digo en el párrafo anterior: la transferencia se gana. Y menciono en el párrafo siguiente: la transferencia es inevitable. En contextos diferentes. De cada afirmación o pregunta podría desarrollar un amplio texto… Lo que intenté expresar es que, en ocasiones, aunque utilicemos las mismas palabras, estamos diciendo cosas diferentes, y que es mejor evitar las conclusiones apresuradas, lo obvio; indagando, escuchando, preguntando; y no olvidarnos que uno tiene que ver con lo que argumenta. ¿Ello implica que no podemos argumentar desde un marco teórico, o realizar investigaciones? No. Pero sí es conveniente tener en cuenta el deseo del investigador, para no encontrar rápida y precozmente lo que se desea ver. Estar advertidos de nuestros propios “intereses” y llevarlo a lo más claro viable de ese oscuro terreno. Recalcular las veces que sea necesario cuando nos enfrentamos con nuevas disyuntivas (o multiyuntivas) —que podrían desoírse hasta volver al ruido un sonido agradablemente confortable que se acomode al resto de los sonidos usualmente escuchados; y omitir que se trata de un ruido, un alto, un instante que tal vez propone un viraje, que somete a una ceguera temporaria o aporía, que ¡por suerte! quien desea (o puede) se permite escuchar.

(IV) Desde que me acuerdo hasta hoy. No me morí. Mañana, ¿quién sabe?

Iara Bianchi

Iara Bianchi 
Fundadora. Directora Editorial. Psicoanalista

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