
En diciembre de 2020 pautamos una entrevista con Néstor Braunstein y, cuando finalmente ocurrió, se transformó en una conversación. Hoy, 1 de diciembre de 2025, sale a la luz. (Desde 2021 hasta ahora, De Inconscientes permaneció inactivo).
En 2022 me mudé de Buenos Aires a Barcelona. Cuando logré cierta estabilidad en esa nueva ciudad, pensaba escribirle para tomar un café y contarle que, apenas fuera posible, retomaría el espacio De Inconscientes. En septiembre ya tenía varios proyectos en marcha y, después de mi cumpleaños, imaginaba comenzar el nuevo año con otra grata charla, la segunda. El 7 de septiembre celebré mi cumpleaños; al día siguiente esa posibilidad ya no existía.
Las fechas coincidieron o se cruzaron. ¿Y si lo hubiera llamado antes? No tiene sentido formular esa pregunta, aunque fue inevitable pensarla en ese momento. Tuve la fortuna de haber compartido con Néstor al menos unas horas y, aquí, comparto esa fortuna.
ENTREVISTA A NÉSTOR BRAUNSTEIN
por Iara Bianchi
Un encuentro con Néstor Braunstein en el 2020
donde conversamos sobre un virus que continúa afectándonos en el 2025.
IARA: ¿Cómo definirías a una neurosis?
NÉSTOR: Es una pregunta que me ha hecho pensar y sufrir bastante. Con la formación médica aprendí que existía la neurosis y aprendí que etimológicamente quería decir algo así como “enfermedad degenerativa de los nervios”. Habiendo leído y estudiado a Freud y como la palabra neurosis formaba parte del vocabulario compartido en todas partes del mundo, me adherí a ella. Reforzada esta adopción por el hecho de que estudiaba medicina, donde las palabras neurosis y psicosis eran parte corriente de nuestro aprendizaje.
La palabra neurosis era una palabra que todos utilizábamos. Actualmente, no me gusta la palabra neurosis. Creo que es un síntoma de la adhesión originaria del psicoanálisis a la psicopatología médica y que tenemos ahora una consideración distinta de aquello que tradicionalmente se ha llamado neurosis. Las neurosis no son enfermedades, no son trastornos de la salud mental, no son perturbaciones; son —o se les llama así— a posiciones subjetivas, aquellas en las que una persona, un sujeto particular, se posiciona ante el mundo en la actitud de renunciar a su deseo para plegarse a lo que se espera de él, es decir, para plegarse al discurso convencional y a la demanda que el otro le formula: “pórtate bien y serás normal”. Entonces, “serás neurótico” porque se entiende que la neurosis es la mejor de las formas o la más leve de las formas de psicopatología que existe, la más adaptativa.
Los neuróticos solemos “fantasear” que somos “los más adaptados”. Aunque, en realidad, no sé hasta qué punto estamos tan adaptados o si lo que hacemos es seguir utilizando la neurosis como modo de diferenciarnos de la psicosis —nos asumí como neuróticos— [NdR: Sonrío].
Durante mucho tiempo, la psicosis se identificó con la “locura”; planteando un detrimento en relación con la neurosis. Después, la locura pasó a entenderse como una extravagancia. Me refiero a que, más recientemente, surgieron corrientes que leen la psicosis casi como un signo de genialidad, incluso, como si hubieran logrado hacer algo excepcional y más acorde con su deseo.
Considero que no se trata de caer en una u otra postura porque siempre es el caso por caso. Pero, para distinguir neurosis y psicosis, conviene recordar que las neurosis también pueden “enloquecer”, aunque lo hagan de otra manera. Y existe un punto extremo donde la desorganización psíquica es tal que, si uno encuentra a la persona justo en ese momento, no se puede saber si se trata de una neurosis o de una psicosis: para eso es imprescindible conocer la historia.
Vos mencionaste “posiciones subjetivas”, y aún se continúa hablando de “estructuras”. Teniendo presente las discusiones actuales, ¿conviene sostener esas referencias al menos como marco o guía? No para forzar que alguien encaje dentro de un diagnóstico ni para “meterlo en el libro”, sino para orientarse mínimamente, ya que la clínica es diferente en algún punto…
Sí, estoy totalmente de acuerdo con vos. En general, se considera la locura como la pérdida de la razón. Hay un artículo clásico de Freud, de 1924, que se llama justamente Neurosis y Psicosis, donde Freud dice con toda claridad que el neurótico es aquel que renuncia a la realidad interior para acomodarse a la realidad exterior, mientras que el psicótico se desprende de la realidad exterior y crea su propia realidad interior. Freud no adhiere ni a la neurosis ni a la psicosis, sino que dice que hay una tercera posición: que es la de aquel que reconociendo la realidad exterior trata de cambiarla. Eso me lleva a mí a postular que los términos neurosis y psicosis no son adecuados precisamente porque hay algo que se considera lo normal —aquello en lo que todos o la mayoría están, aquellos que cursan por la vida sin mayores problemas, que son los que se adhieren a la razón convencional, a los que yo prefiero llamar ortonoicos—. Es decir, los ortonicos tienen una manera de conocer y una manera de colocarse en el lenguaje que es “normal”; frente a ellos están los paranoicos, que son los que tienen una manera contraria a esa forma de adaptarse a “lo normal” y que tradicionalmente han sido llamados “locos”, “psicóticos”, “lunáticos” o vaya a saber qué más. Entre esas dos posiciones, ortonoico y paranoico, existe algo intermedio, justamente lo que Freud consideraba: aquellos que reconocen la realidad exterior y tratan de modificarla.
Si me pregunto, ¿Freud y Lacan eran ortonoicos o paranoicos? Ambos reconocían la realidad exterior y trataban de modificarla a través de un método, que es el psicoanálisis. La metanoia de ellos es la de los artistas, de los creadores, de los políticos que abogan por la transformación de las estructuras sociales. Esa metanoia es aquella en la que yo personalmente aspiraría a colocarme: como un metanoico.
Según Lacan, cito: “Sólo el amor permite al goce condescender al deseo”. ¿Me explicas esta frase con tus palabras?
Entre el goce y el deseo hay dos posibilidades: o el amor o la angustia. Entonces es ahí donde nosotros como analistas tenemos una función y una responsabilidad: posibilitar al sujeto descubrir de qué manera va a conciliar ese deseo y ese goce. Atravesando esta conciliación por el amor o la posibilidad del amor y por la angustia o la posibilidad de la angustia.
Cuando se agrupan las masas se juntan, a veces, por odio, pero ¿es un odio que viene de la contracara del amor?
Sí, si la contracara del amor es la angustia y la angustia es por el goce supuesto del otro —porque si se supone que los judíos representan una manera de gozar que es ajena y enemiga de la propia, ese goce atribuido al otro puede generar el antisemitismo—. Si hay misoginia —que es una oposición frecuente en la mitad tradicionalmente masculina y dominante de la población—, entonces hay una forma de tramitar la angustia frente al otro, es decir, del hombre frente a la mujer —y también de la mujer frente al hombre— que puede pasar no por el amor sino por la angustia; y, a través de la angustia, por la manifestación colectiva del odio.
Mencionaste “misoginia” y “la angustia de la mujer frente al hombre”. En resumidas cuentas: el odio hacia las mujeres se lo denominó misoginia. ¿Existe una palabra para el odio a los hombres?
[NdR: Sonríe] Se habla de misantropía cuando se odia a la especie humana en general. La misoginia aparece fundamentalmente como manifestación del odio masculino hacia la mujer. El odio femenino hacia el hombre es algo que últimamente puede verse en manifestaciones o en agrupamientos que sostienen la batalla o la guerra entre los sexos. Yo creo que en la medida en que todos somos por una parte hombres o mujeres, con la fantasía de lo que pudiéramos ser si estuviésemos desde el otro lado, entonces la cuestión se trata del matrimonio no entre un hombre y una mujer, sino entre las dos mitades de cada uno de nosotros mismos.
¿Aparecerá una palabra nueva para nombrar este fenómeno? Sospecho que, más allá de las etiquetas, se trata de manifestaciones que existieron siempre. Lo que cambia es la manera de designarlas o clasificarlas. El bullying empezó como una forma de nombrar la violencia repetida entre pares en el ámbito escolar; el mobbing tomó la idea para describir lo mismo en el ámbito laboral; y el stalking se emplea para señalar la persecución en la vida personal.
Aunque surgieron en ámbitos y países distintos, Estados Unidos los tomó, les dio más precisión y los instaló en sus debates públicos. Al hacerse masivos allí, se globalizaron y se popularizaron. Por eso terminamos nombrándolos en inglés. Aunque las prácticas existieran desde siempre, la invención de nuevos nombres contribuye a visibilizar y concientizar sobre estas problemáticas.
Leí un artículo tuyo donde mencionaste una palabra que para mí fue un descubrimiento: pervasividad.
Sí, pervasivo es una palabra italiana e inglesa —pervasive—. Significa “algo que infiltra, que penetra, que está en todas partes, que se encuentra por todos lados”. En español y en francés no existe una palabra tan útil como la palabra pervasivo. El virus COVID es pervasivo porque no está restringido a una zona, a un lugar determinado, sino que puede aparecer en todas partes y en cualquier parte.
Decía Lacan que una lengua es la suma de los equívocos que han persistido a lo largo de la historia. Las lenguas se enriquecen precisamente con la adopción de extranjerismos; como tantos que hablamos ahora en inglés y decimos sin darnos cuenta palabras en inglés porque no encontramos el equivalente en nuestra propia lengua. De manera que eso forma parte de la historia de todas las lenguas y de todos los tiempos. Palabras que atraviesan las fronteras y que se utilizan de un lado y del otro de una supuesta frontera lingüística que es indecible, que es porosa; porque no tiene un campo, un límite como en los mapas donde se sabe dónde termina España y donde empieza Francia. Por ejemplo, en Cataluña está España, está Francia y está Cataluña, y entonces son tres lenguas distintas que conviven y se enriquecen recíprocamente en los intercambios.
Asimismo, existe lalengua sin separación entre la y lengua que es lo que cada uno habla de una manera espontánea: en el tono de voz, en la manera de articular, en el acento con lo que lo dice, en la forma de construir las frases, en la sintaxis, en la semántica, en la fonética… Cada uno tiene su propia lalengua que genera malentendidos y por eso el malentendido es la ley de la comunicación. No hay comunicación sin malentendido. El malentendido es aquello que se dilucida en un psicoanálisis, fundamentalmente.
Con respecto a tus palabras “aquello que se dilucida en un psicoanálisis, fundamentalmente”, te cuento una apreciación para escuchar tu opinión. Conozco gente que no se analizó nunca y está bastante bien y, a veces, mejor que otra que se analizó, es decir, hablando mal y pronto: más contento consigo mismo y con los otros. Sin haber pasado por un psicoanálisis están advertidos del malentendido y tienen una escucha que podemos atribuirle la adjetivación de “psicoanalítica”, pero desconocen el psicoanálisis y saben sobre el inconsciente por más que no lo representen como tal, sino que se observa en su hacer. Y, también, el mismo psicoanálisis puede tomar nociones de éste de forma tan rígida que obstaculiza la escucha y el fundamento mismo de lo singular.
Sí, yo pienso que muchas veces los analistas querríamos tener el nivel de salud mental o de equilibrio al que quisiéramos llevar a nuestros analizantes. Cuando yo comparo la vida que llevan los colegas psicoanalíticos, psicoanalistas con los que me reúno, con la que lleva la generalidad de la población no podría decir que estadísticamente hay un mayor nivel de bienestar entre quienes ejercen el psicoanálisis —dejemos de lado a los que recurren al psicoanálisis— y aquellos que nunca lo han visitado. Por otra parte, el psicoanálisis no te promete la felicidad, no te da como objetivo alcanzar la felicidad ni siquiera saber “portarte bien”. Lo que te propone es que seas vos misma.
¡Ay! Qué difícil. Parece tan fácil, pero no lo es.
[NdR: Sonríe]. Ojalá supiese yo quién soy “yo mismo”. ¿Cómo podría decirle a otro cómo debiera ser si ni siquiera sé quién soy yo mismo?
Y uno va cambiando también, y no te avisan los cambios. No dicen: ‘Ah, mirá que ahora te gusta otra cosa’. Te van sorprendiendo. Quizá la humanidad se divide entre curiosos y no curiosos.
Sí, entre ortonoicos y metanoicos…
Lo decís de forma más elegante…
… constituyen un universo separado, pero al mismo tiempo con el que estamos en un contacto permanente porque cualquiera de nosotros puede volverse paranoico si se dan las circunstancias para ello.
Qué azarosa puede llegar a ser la vida. Si bien existe la contingencia —lo que acontece como encuentro— también está el azar, aquello que simplemente ocurre. No todo azar deviene contingencia; sin embargo, toda contingencia parte de un acontecimiento que, al comienzo, fue azaroso y que sólo después produjo un efecto capaz de dejar una marca.
Una persona, una situación, una circunstancia te puede cambiar la vida y eso es increíble, mágico, dramático, donde se juega la suerte y todas las lecturas que le demos a estos hechos que, en realidad, son inefables, pero igualmente les ponemos palabras.
Sí. Y también cambia la vida tomar una decisión por tu cuenta sin saber exactamente en qué va a terminar. Por ejemplo, decidir que vas a dejar de estar en Buenos Aires y que te vas a México. ¿Y quién te garantiza que en México vas a estar bien? Pero es una decisión que podés tomar y de la que te hacés responsable en lo bueno y en lo malo que ello te pueda traer. [NdR: Al final, por las vueltas de la vida o del azar o de la contingencia o de nuevas decisiones o todo eso junto, me fui a vivir a Barcelona y ahora resido en Madrid].
Sí. Y, a veces, da pánico tomar algunas decisiones en la vida porque, justamente, no sabés qué va a pasar. Y si supieras, sería aburrido. Así que nada te viene bien. [NdR: Risas de ambos].
El condimento de lo inesperado.
¡Claro! Con respecto al pánico, probablemente, haya exagerado y, en realidad, hablaba de miedo. ¿Cuál es la diferencia entre pánico y miedo? ¿Es una cuestión de grados o de expansión? ¿El pánico siempre paraliza? Hay un dicho que me viene a la mente: “Valiente es el que enfrenta el miedo”, no el que no tiene miedo. La falta total de miedo sería cuasi delirante, ¿no? Hay miedos que nos alertan, otros que nos frenan, otros que nos mueven, nos activan, nos hacen avanzar… También, huimos hacia adelante…
Sí. Tenemos una serie de términos relacionados con el miedo que podemos distinguir: miedo, angustia, pánico, ansiedad. En el pánico uno pierde la capacidad de razonar y de resolver. Se plantea simplemente cómo escapar de algo sin calcular ni los medios ni las consecuencias. Mientras que, en el miedo, aquello de lo que se trata es de protegerse de un peligro real o imaginario, adoptando medidas para conjurar ese peligro.
Una cosa es usar el barbijo —como dicen en Argentina— y otra cosa es no usarlo. Y otra cosa es desafiarlo irresponsablemente. Y como decías, una manera que es posible pensarlo: ‘voy a huir hacia adelante’. Es decir, voy a ir hacia donde esté el virus sin tratar de protegerme de él.
O a veces son manotazos de vida para no ahogarse en la angustia. Yo no prejuzgaría a alguien que quiera darse un beso, ¿no? Sí, a veces, al darlo, lo recibe. Otra cosa es que se vaya dando besos con cada uno en cada esquina.
Justamente, me toca encontrarme con amigos y hemos renunciado a los abrazos y a los besos porque no sabemos exactamente en qué medida podemos contagiar al otro o ser contagiados por el otro. Es una de las características de la vida desde hace casi un año, por lo menos en los sectores mínimamente cultivados. Porque el miedo en este momento global, universal, no reconoce casi fronteras. Y cada uno adopta una posición. La mía personal es la de seguir la máxima de Horacio: Carpe diem. Aprovecha la luz del día. No dejes de vivir para vivir, como he visto que hacen otros congéneres que para protegerse del virus dejan de contactar con los demás, dejan de asistir a reuniones sociales, se aíslan, se encierran detrás de muros que no los protegen prácticamente de nada más que de su propia angustia.
Que tampoco, ¿no? Porque a la vez angustia más.
Exactamente, la angustia permanece allí larvada, pero ahí está.
Hay quienes pueden permitirse detenerse, encerrarse o tomar distancia, y hay quienes no: el que tiene que ir a trabajar simplemente va, sin opción de resguardo. Desde afuera, esa exposición puede leerse como desinterés o falta de responsabilidad, cuando en realidad no hay posibilidad de elegir. A veces, incluso, la única manera de seguir circulando es tomarse las cosas con un poco de liviandad, casi como hacerse el tonto; de otro modo, la vida diaria sería insoportable. Mucha gente está en contacto permanente con muchísima gente.
Durante los primeros meses, la vigilancia no vino sólo de las autoridades: los propios vecinos se convirtieron en una suerte de policía del contagio. “Mirá, salió”, “mirá qué hizo”, “mirá el horario”, y aparecieron denuncias internas, controles minúsculos y observaciones constantes. En una situación de crisis emergen múltiples registros: el cuidado, la denuncia, la bronca, el miedo, la desesperanza, la colaboración. Cada quien reacciona según su modo de estar en el mundo. Una frase que circuló resume bien la época: “Dime cómo reaccionas a las noticias de la pandemia y te diré quién eres” —o quien estás siendo—.
A la vez, surgieron fórmulas repetidas como “ahora más que nunca”, “antes era mejor” o “nacerá una nueva humanidad”. Todo depende de cuándo, dónde y cómo: no me habría gustado vivir en tiempos de las Cruzadas, por poner un ejemplo. Cuando una región o un país parece funcionar bien para algunos, y aun así estallan conflictos sociales, es evidente que no funcionaba lo mínimo para la mayoría que habitaba esas tierras. Lo que aparece es esa tendencia a sentirnos el ombligo de la historia sólo porque nos toca vivirla. Se repite generación tras generación y resulta entendible.
Lo que sí desconozco es cómo los medios lograron producir más miedo que información. Tengo mis hipótesis. Las muertes se comunicaban casi como un ranking de audiencia, minuto a minuto. Incluso reconocer lo que no se sabía —qué se conocía y qué quedaba por estudiar— habría aliviado más que ese conteo incesante.
En Argentina, las políticas por decreto tampoco fueron eficaces y terminaron corrompidas desde su origen. Hubo un discurso duro para algunos que no se aplicó a todos, y las excepciones que circularon no eran precisamente las contempladas dentro del “estado de urgencia y crisis”. Bastaba leer el diario o caminar por la calle para advertir que se estaba intentando tapar el sol con una mano.
Los pronósticos de los noticieros y sus colaboradores anunciaban nuevas epidemias. A veces lo sugerían, otras lo afirmaban sin matices: vendrán otros virus, otras crisis y otras incertidumbres, amparadas en predicciones científicas sin la evidencia necesaria. ¿Cómo enfrentar un futuro incierto cuando el futuro, por definición, siempre lo ha sido?
Hay algo propio en cada epidemia, pero esta se volvió verdaderamente global. Las anteriores quedaron restringidas a regiones con las que uno podía no tener contacto. En cambio, esta se expandió por la lógica misma de la globalización: circulación permanente de personas, mercancías e información en una economía postcapitalista y postindustrial. Ese es el marco que la vuelve distinta.
Hasta ahora, podían aparecer epidemias cada año; hubo gripes asiáticas en distintos países y se desarrollaban vacunas que, en general, dejaban de servir para la temporada siguiente. En noviembre, en el hemisferio norte, la indicación era vacunarse para atravesar el invierno. Esa dinámica formaba parte de lo habitual.
En cambio, hay fenómenos y factores específicos de nuestra época que debemos considerar y que derivan directamente de la globalización.
Y el anonimato también, ¿no?
El anonimato surge de un fenómeno propio de nuestra época: masas artificiales reunidas no por decisiones personales, sino por algoritmos. Son los datos los que se agrupan, no las personas. Amazon o Google pueden vincularte con usuarios que no hablan tu idioma ni saben quién sos, pero que comparten rasgos detectados por sus sistemas. Así se forman nuevas masas: configuradas por máquinas y orientadas a fines mercantiles o políticos.
En una red social, al menos elegís tu nombre y con quién querés interactuar. En cambio, Amazon no te pregunta nada: toma tus datos, los cruza con los de desconocidos y dirige mensajes ajustados a tu ideología, a tus consumos y a cómo te informás. Y de eso no podemos salir del todo: nadie dejará de usar el móvil o Google…
Lo que sorprende es cómo se comporta la gente incluso con nombre y apellido. La masividad produce un anonimato de otro orden: no es que nadie sepa quién sos, es que la masa diluye la responsabilidad individual. Por eso las noticias de odio atraen más atención, acumulan comentarios y generan un efecto de escrache donde una opinión distinta —incluso sin agresión— puede recibir cientos de respuestas violentas. Una vez que hay quinientas, mil o un millón de reacciones, se instala la sensación de que “todos piensan así”, y el fuego se alimenta solo.
Quizá estamos viendo un pasaje de un extremo al otro: de momentos históricos donde la opinión era restringida a un presente en el que toda opinión se presenta como válida, sin distinción, sin contexto. Basta un titular y se disparan las opiniones, aún sin saber de qué se trata el artículo.
Sí. Y cuanto más extremo es un mensaje, más rápido se vuelve —una palabra que me parece magnífica— viral. Son contenidos que se multiplican como un virus, y la coincidencia temporal entre el COVID-19 y estos mensajes que se expanden por millones no es menor, la lógica de contagio es la misma. Esa lógica —impacto, repetición y propagación masiva— fue la que sostuvo la fama de Trump y el reforzamiento y la expansión de sus adherentes. Sus mensajes, sus tweets, se viralizaban.
Sí, me abstengo de hacer eso, de poner títulos como: “Néstor Braunstein dijo que la pandemia es mentira y que el psicoanálisis no importa”. Viral. [NdR: Risas de ambos].
Por eso, Iara, iniciativas como la tuya, la de hacer circular la palabra, que es la de invitar a psicoanalistas o a gente que considerás que vale la pena escuchar para que compartan sus opiniones con vos, y con las otras personas que están en relación con vos. Creo que el gran mérito, y que es la esencia del psicoanálisis, es permitir que la palabra circule sin censura y sin trabas. Por eso te felicito por la iniciativa y por la manera en que la llevas adelante.
Gracias Néstor. Es una caricia al alma, sobre todo, viniendo de vos, de alguien que se dedicó a difundir el psicoanálisis por el mundo y que argumenta con ética su opinión.
Con respecto a las opiniones, podemos decir que todas son válidas, ¿pero eso basta?
Todas son válidas, pero no todas equivalen. En tiempos donde “todo es igual y nada es mejor”.
Como la canción…
¿Cuál?
Cambalache, de Discépolo. ¡Ah! Y también está la canción de La Portuaria, pero dice: “Nada es mejor y nada es igual”. Después las escuchamos.
Qué placer dialogar. Vivimos en un mundo —no sé si desde siempre— donde muchos debates se parecen más a voces aisladas que a intercambios. Cada uno habla solo, no se deja afectar por lo que el otro dice y, con suerte, responde a una audiencia, a veces imaginaria. Cuesta encontrar diálogos o debates reales; abundan, en cambio, disertaciones que simulan ser conversaciones, pero son versiones rígidas y prestablecidas de una misma noción, trabajada desde acepciones o registros tan distintos que ni siquiera comparten lo básico para que haya interlocutores. Así, dos posiciones que podrían encontrarse se convierten en monólogos solipsistas, o en omisiones que generan malentendidos “de más”. No hablo de “buenos entendidos”, sino de la disposición a intentar comprender algo del otro —y, por qué no, de uno mismo—, usando el tema en cuestión como excusa. Tal vez, implique un riesgo. Hay miedo a exponerse y a mostrar lo que uno piensa, como también personas que, por cordialidad, quizá deberían tener un poco más de cuidado y medir mejor las consecuencias de lo que dicen.
Y, por otro lado, están los que no piensan lo que muestran.
Bueno, no voy a pedir ejemplos. [NdR: sonrisas de ambos, y me pongo seria de nuevo]: ¿Encontrás algún aspecto rescatable, desde lo comunicacional, en lo que se vivió durante la pandemia?
Ha habido una sucesión de exposiciones y tomas de posición por parte de pensadores, filósofos, psicoanalistas y científicos que resultaron muy respetables. Escuchar la distancia —y a veces la tensión— entre Giorgio Agamben, Slavoj Žižek, Byung-Chul Han, Roberto Esposito, Juan B. Preciado y tantos otros que intervinieron sobre lo que este acontecimiento global implica para el psicoanálisis, el pensamiento, la filosofía y la política, fue verdaderamente enriquecedor. Ese intercambio permitió delimitar qué puede sostenerse razonablemente y qué proviene, en cambio, de posiciones dogmáticas ya establecidas que buscan justificar conclusiones tomadas de antemano.
En ese sentido, Alain Badiou expresó ideas notables, al igual que colegas y amigos de Barcelona, México, California, Inglaterra, Buenos Aires y Montevideo, cuya seriedad y responsabilidad considero ejemplares y constituyen modelos en ese trabajo de cómo hacer circular la palabra.
Y, entre todas esas personas que he mencionado, también debo agregar tu nombre, Iara.
[NdR: me pongo roja y río nerviosamente]. No, yo soy la agradecida, yo te agradezco mucho por acceder a esta charla tan seria y descontracturada a la vez, y por lo enriquecedor y ameno de este encuentro.
Soy yo el que te agradece la posibilidad de dialogar con vos y con todas las personas que siguen tu espacio De Inconscientes.
¿Creés que las palabras de los pensadores que mencionaste llegaron a un público amplio?
Hay especificidades de vocabulario de los filósofos o de los psicoanalistas o de los politólogos que hacen que los discursos no sean discursos universales ni dirigidos al conjunto de la población mundial. No hay nadie que se dirija al conjunto de la población mundial. La gente selecciona los canales de comunicación, sabe a quién escuchar o a quién no escuchar. Y en el mejor de los casos, decide escuchar distintas opiniones, distintos discursos, ver de dónde proceden y en qué permiten enriquecer la comprensión de los acontecimientos.
Y esa apertura del oído, esa limpieza de los canales auditivos, creo que es esencial para poder ubicarse ante fenómenos como este colectivo que arrastra al mundo entero y justamente poder ver de qué manera el diálogo ha sido posible y sigue siendo posible, aunque como hemos dicho, no es abierto al mundo entero, sino que está abierto a aquellos que quieren escuchar. Si alguien que supuestamente tenía autoridad afirmó durante meses que la hidroxicloroquina era eficaz contra el COVID, hoy esa misma persona ha quedado desautorizada: el tiempo demostró que su afirmación carecía de validez y efectividad, y su figura terminó perdiendo credibilidad. Mientras tanto, quienes dijeron “tenemos que investigar, comprender la estructura del virus y trabajar en una vacuna eficaz” han quedado en otra posición. Ahora el problema es cómo garantizar que la población mundial acceda a los beneficios de las vacunas existentes, que se han convertido en objeto de subasta en medio del pánico. Mucha gente está dispuesta a pagar cualquier precio y a renunciar a lo que sea con tal de obtener la prevención que se le promete.
Analizar el fenómeno económico-político de las vacunas es, hoy, un punto central para pensar la posición que cada uno adopta frente a la expansión del COVID-19. Y si hacemos el ejercicio —inevitablemente arriesgado— de la futurología: ¿creés que la pandemia se prolongará mucho más? Más allá de los efectos económicos, ya visibles, ¿qué impacto tendrá en quienes atravesamos esta época, en las distintas generaciones a las que nos tocó vivirla?
Lo primero es comprender que esta pandemia no es una casualidad. Está ligada al modo de producción neoliberal, postindustrial, informático y tecnológico que organiza nuestra vida contemporánea. La misma infraestructura que nos permite dialogar telemáticamente es, al mismo tiempo, la que habilita la generalización del control de las poblaciones, la explotación política de los metadatos y la actividad de empresas dedicadas a la recolección, compra y venta de información a escala planetaria de los habitantes del mundo. Relacionar lo que está sucediendo con el futuro pasa por ahí: por saber que, tal vez, seguramente, dentro de un tiempo no muy lejano, la pandemia del COVID-19 va a ser dominada y controlada, pero eso no implica la desaparición de “el” virus que estructura el sistema mismo. El virus que está implantado en el modo de producción, en el modo en que se generan las informaciones, se organizan los flujos y se administra y se distribuye el control de la población vigente, viviente. Aquello que Foucault denominó “biopolítica”, y que se ha vuelto también una psicopolítica y una tecnopolítica, que están en movimiento en la actualidad. Volver a escuchar ese “malestar en la cultura” que Freud describía en 1930, y ver cómo la pulsión de muerte se anticipa como control de la vida y de la conducta, es una tarea que nos corresponde a quienes queremos sostener una posición intelectual crítica en este momento de la humanidad.
Se trata, entonces, de escuchar al otro y de escuchar aquello que puede explicar no sólo esta pandemia sino las que vendrán. Porque podremos frenar este virus, pero no el virus que está infiltrado en el sistema de producción. Todo lo que comunicamos, decimos o escribimos queda registrado. No en la Tierra, sino en una tecnoesfera —esa aletósfera que Lacan anticipaba— formada por satélites intercomunicados que reúnen y almacenan lo que circula por cada ordenador del planeta. Ese es el escenario en el que vivimos, y ese es el sistema que debe pensarse si queremos comprender qué futuro imaginamos después de esta pandemia y sepamos de qué manera estamos incluidos en él.
¡Te me congelaste! ¡Volviste! Aquí dice: “Su conexión a Internet es inestable”. Mi conexión a Internet es inestable, es estable, duradera, perdurable e inevitable. Mi conexión a Internet es ineludible e inevitable. Y todo lo que yo diga y todo lo que vos digas y todo lo que digan las personas que están escuchándote van a ser cosas que quedarán registradas en ese sistema de todas las computadoras del mundo interconectadas, pasándose los datos sin que nosotros tengamos la menor idea de qué es lo que se están pasando.
Por suerte —a veces digo—, yo, al menos, no soy tan importante como para que importen mis datos. Creo que ni siquiera podrían deducir mi voto. Busco información muy diferente y sigo en redes a personas con perspectivas diversas —sin extremos— para observar el mapa con la mayor amplitud posible y llegar a conclusiones propias, más informadas dentro de lo que permite el contexto. Mi algoritmo es muy dinámico.
Mirá… Siete mil setecientos millones, querida Iara. No depende de nosotros, no depende de nuestra voluntad, no depende de ninguna vacuna que podamos ponernos para evitar ese contagio de la información que es manejada por ciertos monopolios corporativos cuyas acciones cotizan en las bolsas de todos los mercados del mundo y que son las famosas FAANG —Facebook, Amazon, Apple, Netflix, Google—, todas las empresas que acumulan datos y los reúnen y con ellos forman algoritmos que permiten conocer a la gente, incluyendo a la gente que dice que no saben ni quién por quién van a votar o quién no pueden votar. Es decir, no podemos excluirnos de esa contabilidad.
Sí, además, están los mensajes personales, los mails… Me convenciste, mataste mi ilusión de poder escapar de estas capturas. También, a mayor monopolio, menor responsabilidad. Hasta las leyes los protegen. Legalmente protegidos. Da para mucho el tema… A su vez, las responsabilidades se diluyen. Es común escuchar de un representante de atención al cliente de un servicio: “El sistema se cayó, nada se puede hacer”.
Sí, son anónimos, impersonales, porque ni ellos mismos toman las decisiones, sino que las decisiones las toman robots informáticos que son los que dicen qué es lo que va a hacerse y las personas simplemente cumplen con las instrucciones que reciben de esos robots informáticos. “Escoja entre este menú de opciones”, cualquiera que sea, ya estás contabilizada. Lo que importa es que las acciones sigan cotizándose bien en bolsa.
Ahora para terminar, decime algo lindo.
Me felicito por haber podido compartir un rato con una persona tan preparada, tan elocuente y simpática como vos.
Demasiado lindo. Subimos los ánimos de nuevo. Muchas gracias por tus palabras, todas. Un honor y una alegría. Hoy la tecnología jugó a mi favor con esta videollamada.
Néstor nos dejó el 7 de septiembre de 2022. Anticipó lo que aún no había llegado: ChatGPT fue lanzado públicamente por OpenAI a fines de noviembre de 2022.
Néstor Braunstein tuvo grandes amigos, muchas personas en las que ha dejado marca —alumnos y analizantes— y una gran producción de su puño y letra. Aquí nos compartió varios de sus trabajos: https://independent.academia.edu/NESTORBRAUNSTEIN

