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Un rey, un militar y un desnutrido cambiaron la historia del deporte

El 8 de marzo de 1959, en un pobre país de África, un rey, un militar y un desnutrido cambiaban para siempre la historia del deporte. En una recepción en el Palacio de Adís Abeba, el emperador de Etiopía Haile Selassie I presentaba al militar sueco Onni Niskanen y a su guardia imperial, Abebe Bikila. Sin saberlo, iniciaba la carrera de uno de los más grandes héroes del deporte mundial.

Haile Selassie I era más conocido como Tafari Makonnen. Sin que él lo pidiera, el predicador jamaiquino Marcus Mosiah Garvey lo había elegido como el verdadero y único líder Rastafari. Selassie llenaba los zapatos, era un líder moderno y progresista, que llevó a Etiopía a ser el primer país africano en ingresar a la Sociedad de las Naciones.

Luego de la segunda guerra ítalo-etíope, Selassie impulsó una transformación de las fuerzas armadas. Quería reemplazar gran cantidad de efectivos por profesionales. Para esta tarea pidió ayuda al Estado sueco. Los europeos estaban encantados de asistir a este valioso líder. Enviaron especialistas para todas las áreas del entrenamiento militar. Para el área de educación física designaron al prestigioso Onni Niskanen.

Niskanen diseñó los métodos de entrenamiento, pero no estaba siempre presente en Etiopía, ya que además era entrenador olímpico. Una de sus instrucciones era la realización de competencias entre los integrantes de distintas fuerzas. Esto fomentaba el espíritu de superación y la camaradería.

En 1953, se presentan en la escuela de cadetes un par de jóvenes desnutridos. Se trataba de los hermanos Bikila, Albalonga y Abebe. Ambos habían crecido en el abandono. Su única diversión era correr animales en las llanuras etíopes para ver quien se cansaba primero. A sus oídos llegó la versión que a la guardia de élite del emperador se les daba hogar y comida. Ese era su objetivo.

Con solo unos meses de entrenamiento, participan en la carrera de cross. Abebe la gana por escándalo. Además de ganar las maratones todos los años, Bikila ascendía en la consideración de sus superiores. A principios de 1959 logró ser nombrado guardia imperial en el Palacio de Adís Abeba. Los planetas se alinearon el 8 de marzo, Selassie recibe a Niskanen, quien se lamenta por una enfermedad que afecta al maratonista local Wami Biratu. El mismísimo emperador le dice que tiene a su reemplazo y le cuenta al sueco las proezas deportivas de Bikila.

Onni Niskanen incluye a Bikila en la maratón clasificatoria para los siguientes juegos olímpicos. Abebe la gana llegando en 2h 21m 23s, la cara del sueco se transformó. Onni no podía entender como un aficionado sin estilo ni técnica batía por 2 minutos el récord olímpico de Emil Zatopek. Era un hecho que Bikila estaría en «Roma 1960», ahora había que entrenarlo. Ah, y que se ponga zapatillas, no podía correr descalzo.

La maratón de los juegos olímpicos de Roma 1960 fue atípica por donde se la mire. Ni empezó ni terminó en el estadio olímpico y se corrió de noche. Fue dominada de punta a punta por Bikila, y descalzo. Sin un impedimento reglamentario decidió correr como lo hacía en la sabana etíope. Abebe impuso un nuevo record mundial con 2h 15m 16s, con un detalle: había parado a rezar. Cuando promediaba la competencia, al pasar por la plaza Porta Capena se encontró con el obelisco de Axum. Este monumento había sido robado por Mussolini de Etiopía y erigido nuevamente en Italia. Bikila se detuvo unos segundos para honrar a los caídos en la guerra ítalo-etíope.

Bikila llegó como si hubiera ido de compras a la esquina. No se detuvo en la llegada, lo tuvieron que correr para que parara. El médico que lo revisó no lo podía creer, pulso de 88, ojos brillantes, sin signos de agotamiento y sin ampollas en los pies. El italiano le pregunta: «¿Está para seguir?», Bikila le responde: «A este ritmo, otros 15 kilómetros». Cuando lo entrevistaron humildemente dijo: «En Etiopía soy el segundo, Wami Biratu no pudo venir».

Al día siguiente se leía en los diarios: «Mussolini necesitó un ejército para conquistar Etiopía, Selassie necesitó un solo soldado para conquistar Italia». El ahora héroe etíope Abebe Bikila era una celebridad en todo el mundo. Las marcas de calzado deportivo iniciaron una batalla por conquistarlo. Le esperaban 4 años de gloria hasta la siguiente cita olímpica, sin embargo, destinaba gran parte de su tiempo a visitar humildes escuelas de Adís Abeba.

Luego de 4 años de vivir junto a su maestro sueco, 40 días antes del inicio de los juegos de «Tokyo 1964», sufre una apendicitis. Niskanen le dice que se olvide y empiece a concentrarse en «México 1968». Abebe era un profesional, si había una mínima posibilidad de ganar, competiría; esta vez con zapatillas.

El 21 de octubre Bikila ingresó sin perseguidores al estadio nacional de Tokyo. Ganó la maratón con un nuevo record mundial. Cuando llegó el segundo, Abebe ya se estaba duchando.

Antes del inicio de los juegos de «México 1968», Bikila sabía que la altura lo afectaría. Niskanen coincidía e intentó un entrenamiento para remediarlo. Pese a los esfuerzos de ambos, en el kilómetro 17 Bikila abandonó. Ahora debía concentrarse en «Munich 1972», imaginaba una despedida triunfal dando la vuelta al estadio.

La vida le tendió una trampa. Al año siguiente sufre un accidente automovilismo que lo deja parapléjico. Su despedida fue en Munich, pero no como la había soñado. Apenas fue incluido en la ceremonia inaugural, a la que asistió en silla de ruedas. Su única alegría fue que lo ubicaron al lado de Jessie Owens.

Las complicaciones por las cirugías acabaron con su vida en octubre de 1973. Solo tenía 41 años. Bikila fue un ejemplo de constancia y superación personal. Fue una gloria del deporte que obtuvo 2 medallas de oro olímpicas. Sin embargo, decía que su mayor aporte había sido demostrar que ningún animal sobre la tierra puede correr 42 kilómetros sin parar a descansar.

Escrito por Gabriel Dantuono

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