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«Los hospitales tienen equipos de niños, de adolescentes y de adultos, que están divididos por edades. Según la edad se considera si es un niño, un adolescente o un adulto.

Conversando con los analistas que están en los equipos… se encuentran con serias dificultades al respecto porque, según la reglamentación hospitalaria, por tal edad le correspondería ser tratado como a un adolescente y no como un niño; y se encuentran con que, cuando los tienen que abordar, trae juguetes.»

Alba Flesler responde:

Transcripción del video:

Es un tema que me ha interesado mucho pensar y formalizar desde el psicoanálisis porque, cuando yo comencé mi formación, la perspectiva de abordaje de un análisis de adultos, de niños o de adolescentes estaba bastante constreñida a técnicas diferentes y, básicamente, a una clasificación cronológica por edades —que se mantiene tal vez desde el imaginario, pero también desde lo real— en los servicios de Salud.

Los hospitales tienen equipos de niños, equipos de adolescentes y equipos de adultos, que están divididos por edades. Según la edad se considera si es un niño, un adolescente o un adulto.

Conversando con los analistas que están en los equipos… se encuentran con serias dificultades al respecto porque, según la reglamentación hospitalaria, por tal edad le correspondería ser tratado como a un adolescente y no como un niño; y se encuentran con que, cuando los tienen que abordar, trae juguetes, o se encuentran con un tiempo del sujeto que requiere formalizaciones.

A mi entender, me resultaba en aquel momento cuando yo comencé, un poco estanca la polémica con la que se abordaba el psicoanálisis de niños: o bien considerando que el niño no era analizable, que había que orientar a los padres; o bien que el niño a través del juego, había que tomar el juego como los sueños e interpretarle del mismo modo que se podía hacer con un adulto.

Me fui acercando a una hipótesis conceptual que me ha sido de suma utilidad para mi práctica más allá del trabajo con los niños, pero comenzó a través de la problemática del trabajo con los niños, que es plantear que el sujeto al que se dirige un análisis, más que edad, tiene tiempos. Estos tiempos, que son tiempos de estructuración de la estructura, dependen de operaciones que son profundamente contingentes pero que son necesarias para el pasaje de un tiempo a otro.

Entonces, en primera instancia, con esta hipótesis intenté desdibujar una tendencia anclada en la práctica de los psicoanalistas que es la de especialidad. Trata de romper con la idea de que hay especialidades en psicoanálisis e intenté proponer que, en lugar de pensar en especialidades, partir de los tiempos para centrarse en especificidades según los tiempos del sujeto.

Estos tiempos, que son tiempos a grandes rasgos de lo simbólico —no es lo mismo alguien que está en un tiempo de entrada en el lenguaje que quien dispone de la palabra o puede articular el discurso—, tiempos de lo real —que implican modificación en la redistribución de los goces, por ejemplo, el que mencionaba hace un momento en el pasaje de la localización del objeto del deseo y de goce—, también tiene tiempos de lo imaginario —tiempos en los que se da una constitución del cuerpo—, u otro tiempo donde se puede mover la escena en la que el sujeto se sitúa. La localización precisa.

Me aboqué a hacer finamente distinciones de los tiempos para poder pensar especificidades en las intervenciones del analista.

Hoy por hoy, en mi práctica, no solo descreo de esta clasificación ‘niños, adolescentes, adultos’ sino que parto de pensar que se trata del sujeto y sus tiempos: tiempos de lo real, de lo simbólico y de lo imaginario.

Ahora bien, cuando se trata de hacer un traspaso de esta terminología al ámbito social, y me encuentro en otros ámbitos: hablando con docentes, me invitaron a varios espacios de debates relacionados al tema de violencia en las escuelas, o me encuentro hablando con pediatras, o con otros que también se ocupan de los padecimientos de la infancia o de los síntomas en las distintas escenas donde el niño se desarrolla… Me encuentro con que es importante también definir qué es ‘infancia’, qué es ‘adolescencia’ y qué es ‘adulto’ aunque, específicamente para el psicoanálisis, convenga más la otra terminología.

Entonces puedo decirte a grandes rasgos que la infancia es un tiempo donde se va… con las respuestas sucesivas del sujeto al niño que el otro le propone; este sujeto que responde, esa respuesta del sujeto va produciendo una posición diferencial respecto de lo que le es propuesto. Cada vez que responde va construyendo una distinción respecto del lugar que tiene en el otro, y con esas distinciones —por eso digo que el fantasma de va construyendo como respuesta a la demanda del Otro— se va armando la propia ventana en la cual, efectivamente el objeto va re engendrándose como objeto de deseo. Entonces, hay una perspectiva. Es lo mismo que ocurre, ya en otro tiempo, en el cual habiendo y disponiendo de ese marco se empieza a jugar la orientación.

La adolescencia, la llamada adolescencia —que es un concepto sociológico, no del psicoanálisis; Freud de hecho hablaba de pubertad y no de adolescencia—implica un tiempo de profunda metamorfosis, de nuevas formas. ¿Para qué? Para la elección del objeto, para la orientación de los goces. No es casual, entonces, que en ese tiempo de la subjetividad llamado adolescencia básicamente se está redimensionando el pasaje de la endogamia a la exogamia con orientaciones múltiples. Es decir, los que llamamos adolescentes cuando consultan, los púberes en ese proceso de metamorfosis, en general consultan por orientación vocacional, orientación sexual, orientación… Es un tiempo, entonces, la adolescencia, en que en ese pasaje se va a orientar el goce y el deseo en una nueva perspectiva.

Llamamos adulto —nuevamente volviendo a nuestra lógica de los tiempos— a ese tiempo en el que ha precipitado la construcción del andamiaje fantasmático y, entonces, ya hay, podríamos decir, una cierta definición.

No me gusta hablar de fantasma definitivo, algunos hablan de fantasma definitivo; yo digo que es definitorio. Definitorio en el sentido de que arriba a una conclusión. Es un tiempo de concluir. No definitivo porque si fuera definitivo no tendría sentido que alguien vaya a un análisis, pero si es definitorio porque precipita conclusivamente una determinada perspectiva, una determinada ventana, una determinada orientación. Ese momento de concluir decimos que da pasaje a lo que podríamos llamar ‘el adulto’.

La eficacia que notamos a nivel de la cínica es una presentación diferente. ¿Por qué? Porque al contar con este precipitado fantasmático, este llamado adulto es un sujeto que habla, que asocia, que tiene la perspectiva propia de su fantasma neurótico constituido; viene en esa posición.

En realidad, desde mi propuesta, es un tiempo de la subjetividad, es un tiempo del sujeto. No tiene por qué coincidir con la edad. Yo recibo pacientes adultos, llamados adultos por edad, que vienen, me consultan, se sientan frente a mí, y me dicen: “Pregúnteme”. Esta posición dice de un tiempo del sujeto respecto de los simbólico; de un tiempo del sujeto respecto de la búsqueda de saber; de un tiempo del sujeto respecto de la palabra y del discurso.

Entonces, no puedo partir dogmáticamente de pensar que todo aquel que llega es un analizante. Analizante es un discurso que tiene que ver con una lógica precisa… no todo aquel que llega con su sufrimiento lo presenta. Si yo la desconozco, o bien le imprimo a todo aquel que llega mi dogma, trato de que se ajuste a mi teoría, o bien me encuentro en la impotencia de no saber cómo intervenir.

Entiendo que el analista puede analizar distintas intervenciones y tener la libertad —y acá lo digo con fundamento, libertad en el sentido de orientación—, para intervenir en una multiplicidad de intervenciones que hacen a la especificidad del psicoanálisis. Aunque podrían tomarse fuera de contexto y desde la tradición más establecida de lo que es un psicoanálisis como que no es psicoanálisis, pero que responde a la lógica precisa del acto analítico.

Entrevista realizada por Iara Bianchi.

Alba Flesler

Alba Flesler 
Psicoanalista

Iara Bianchi

Iara Bianchi 
Fundadora. Directora Editorial. Psicoanalista

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