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Sólo para furiosos con estilo,
quienes dan sustancia a la sombra

Elogio de la Furia y El hombre sin forma,
de Sebastián Digirónimo

Por Iara Bianchi

O nos enloquecemos
tratando de hacernos los tontos
con nuestros embrollos,
o nos reconocemos
embrollados y locos
y vaya si nos tranquilizamos.
S.A.D

Impacto: sensación que ejemplifica los libros Elogio de la furia y El hombre sin forma, de Sebastián Digirónimo.  No es que friza de miedo ni te deja de un golpe en el piso; el impacto sucede a los que tienen permeabilidad a la vez que cierto esfuerzo para conmoverse, para moverse con esas letras que hace suyas.

Advertencia al que lee: Los principales enemigos del escritor son el corrector de pruebas, el periodista, el editor, el traductor y el lector.

La policía de la corrección suele estar constituida por necios iracundos. Basta preguntarse, antes de suponer un error, por qué aparecen las palabras de esta manera. Muchas veces, tienen un motivo de existir. Toda suposición es problemática. La furia del artista es la que jamás supone. Cuán difícil es desaprender lo mal aprendido o arriesgarse a lo nuevo, a lo desconocido hasta ahora; a experimentar la apertura a otras posibilidades, a otros.

Es bastante difundido el refrán que profesa:

Entre lo que pienso,
lo que quiero decir,
lo que creo decir,
lo que digo,
lo que quieres oír,
lo que oyes,
lo que crees entender,
lo que quieres entender,
lo que entiendes…
Existen nueve posibilidades
de  no entenderse.

Por suerte, ¡que los hay, los hay! Hay quienes se comprometen y logran un esfuerzo de lectura, incluso hasta mejoran los originales que traducen. La traducción allí no es una traslación, es pura creación. Para traducir un poema se necesita ser poeta. En ese traducir se pierde algo irremediablemente, pero también algo puede ganarse. Se trata de escritores, no de escribientes, de quienes hacen un esfuerzo de poesía y con arte toman trozos para hacer otras configuraciones, en ocasiones ni peores ni mejores, otras. La poesía es lo que queda de la música en el lenguaje. Leer no es poca cosa. Leer es traducir: ¡el lector es quien hace el texto! Recrear, reinventar no es una versión vuelta a hacer. ¿Acaso se puede saber lo que quiso decir el autor? ¿O lo que dijo es lo que se transmite a medias tintas porque le agregamos subtítulos y advertencias propias? ¿Inventar palabras? Las modificaciones como las que llevan de “septiembre” a “setiembre”, lejos de ser un invento; encarnan una mala pronunciación que hirió a la letra y hasta alcanzó a la Real Academia. Los buenos neologismos, los de los verdaderos escritores, los de los poetas, los de Lacan, expanden el idioma, enriquecen la herramienta para los que dicen (nunca se puede decir todo, aparte de imposible, bastante aburrida sería la vida con ya todo dicho). Decir es quizá hablar furiosamente, según el nuevo prisma que el autor le presta a esta palabra.

No se desprecian, en las páginas del escritor, las genialidades ante los errores. Digirónimo menciona unos cuantos ejemplos, uno de ellos remite a una falta de ortografía, que produjo una humorada en un famoso pasaje del Evangelio: “es más difícil que entre un rico en el reino de los cielos, que el que pase un calabrote por el ojo de una aguja”. Como cuenta Unamuno: se tradujo “calabrote”, desde el griego camélos, y la palabra correcta era camilos. Se pronunciaban de la misma manera (cámilos). Estamos de acuerdo en que ambas acepciones refieren a una locución vigorosa y proverbial para indicar algo imposible. No obstante, si vamos al griego original, calabrote no es camello sino cable trenzado y grueso o soga; algo ciertamente más rollizo que un hilo pero no tanto como supondría enhebrar un camello por el ojo de una aguja, ¡sería de extremada maldad tal proeza! Y la cuestión se complica más aún con las frases que siguen a la supuestamente planteada por Jesús: “Al oír esto, los discípulos estaban llenos de asombro, y decían: Entonces, ¿quién podrá salvarse?” “Pero Jesús, mirándolos, les dijo: Para los hombres eso es imposible, pero para Dios todo es posible”.

Aunque se asistió a un error, las justificaciones ingeniosas no tardaron en llegar y superaron las ganas de corrección. ¡Menos ingenioso sería que la Real Academia del idioma que fuere, aceptara la realeza de camello como sinónimo de soga!

En palabras furiosas, y lejos de lo iracundo, Sebastián Digirónimo enfatiza:

“Correctores y traductores: ¿que la Real Academia intenta borrar la diferencia entre el sólo adverbial (escrito con tilde) y el solo como adjetivo (escrito sin tilde)? ¡Pero claro! Es un ejemplo más de la característica de la época”.

Sólo subsistir con “solo”, no expande, no abre mundos. Pareciera que no conviene hacerles demasiado caso a las Academias; sí para hallar un potencial punto de encuentro y no perderse en soliloquios inentendibles incluidos avezados poetas; no cuando te quitan y te restan, y cuando de esa sustracción sólo queda menos (una palabra menos como atajo inacabado pero inevitable para sortear una pizca del malentendido que nos constituye como animales humanos; bichos gozantes que hablan, y a veces ¡por suerte! brillan y escuchan).

Estamos despiertos, hasta que dormitamos de nuevo, de otra forma; dormir sería el estado natural de las cosas, de los humanos. Es sabido que las pesadillas pueden tornarse intolerables hasta despertarnos. Abrimos los ojos, ¿despertamos? Fisiológicamente es irrefutable: despertamos; nuestro inconsciente, en cambio, continúa somnoliento e intenso, sin dejar de actuar, queramos o no saberlo. ¿Despertamos porque no toleramos ese mal sueño o porque no queremos saber nada de lo que ocurre allí? Con una mirada psicoanalítica, se puede pensar que despertamos de ese maldito sueño porque allí habitan los enigmas para saber sobre lo que no queremos saber. ¿Miedo a lo que es dable de  descubrir? El miedo se acobija detrás de la rabia. Y como no somos perros, es más preciso hablar de ira.

La ira adormece y ciega; la furia es la que pude hacer algo con esa ira, hacerse responsable de ella, y empuja a despertarse, a no soñar despiertos salvo recreación creativa (sin excesos): nada que ver con soñar para seguir no sabiendo acerca del propio deseo y del propio goce. La furia que plantea Digirónimo es de una diferencia radical a la ira a la enésima potencia; condice con algo muy diferente: una furia solitaria y silenciosa que estimula el encuentro con un único estilo, el propio.

Hacerse poetas es hacerse furiosos: afilar el oído hasta aprender a oír el propio estilo es lo que permitirá oír el de los demás. Misterios hay por todas partes, la cuestión es cuando el misterio se hace enigma y te compele a la búsqueda de una respuesta, aunque sea provisoria, hasta el próximo enigma.

Hay un tratamiento viable y preciso para pasar de iracundo a furioso, de misterio a enigma, de escribiente a escritor poeta: la responsabilidad de tus actos.

Son varios los que conocen la enfermedad de Flaubert, “si lo probaste, lo sabés”: es la capacidad de adquirir la destreza de ver la estupidez humana y no poder soportarla. Se requiere valentía, sinónimo de responsabilidad. Lo furioso es lo ético, la valentía de hacerse cargo de las propias decisiones. La ira, dice el poeta y psicoanalista Digirónimo, es mucho más común y es necesariamente cobarde. SAD no es un hombre triste, como se lee por arriba de las siglas de su nombre completo si fuera en inglés. SAD creó un nuevo estilo para vérselas con el mundo (el de él y el de los otros con los que se va topando), un nuevo color para “furia”, una fuente de potencia responsable y despierta. Sebastián sostiene axiomáticamente que lo único que importa son los detalles, que todo está en las sutilezas. Y para observar eso hay que estar bien despabilado.

Las sutilezas cambian la historia, interfieren en las miradas, impactan, tuercen, rectifican… y hasta matan o salvan. Basta haber visto la película El padrino, donde un beso era igual a muerte; o conocer la equivocada versión del mito de Narciso que aboga que el muchacho se ahogó en el reflejo de su propia imagen. No, no fue así, no este mito. Narciso, vio su reflejo y al darse cuenta que se había enamorado de él, murió en el pasto al lado del arroyo. Y donde su cuerpo yacía, creció una flor que llevaría su nombre: un narciso. Es decir, no fue el amor hacia su imagen o sí mismo que, sin querer y por exceso, lo condujo a la  muerte; por el contrario, se horrorizó cuando se percató de ese amor y se dejó morir (se suicidó o lo suicidaron, según otras versiones). Una adaptación muy divulgada del hecho es que Narciso se suicida al no poder tener el objeto de su deseo (impotencia o caída del ideal). Otros podrían decir que el espanto no era por no tenerse sino porque había perdido toda su vida en una búsqueda infructuosa (paro cardíaco en la recta final debido a profunda desilusión). También quizá discutió con un familiar esa mañana (hay palabras que matan en su iteración de creerlas); o estaba amenazado de muerte y, si no se mataba, liquidarían a alguien al que tenía mucho afecto (homicidio con culpa); o le dirigieron un hechizo (magias peligrosas o sugestión). Un pequeño detalle cambia y direcciona a varios desenlaces muy diferentes. Y no exclusivamente eso, el detalle es también considerar las sutilezas (no siempre tan sutiles para ojos avispados) que circundan y atraviesan cada contexto, situación particular y existente singular.

Hay una grieta en Argentina, pero la grieta más importante es la que hay en cada uno de nosotros. El furioso es tolerante, con los otros y consigo mismo.

En cuanto al análisis: “llega un momento en el cuál hay análisis pese al psicoanalista”. “Un psicoanalista es siempre militante del despertaje y de la furia”. “Con la furia se puede volver productivo el disenso que, iracundo, es completamente estéril”. “Para la furia hay que ceder algo y no todos están dispuestos a ceder”. Para despertar a alguien, se debe contar con su consentimiento, pero ¡no queremos ser despertados! Augura una buena noticia: algunos no podrían no hacerse cargo, pese a las dificultades que le conlleve o se le presenten. Y quien elogia a la furia ofrece una respuesta: encontrar el lugar justo de la ira es la furia.

Elogio de la furia y El hombre sin forma son una tesis de la ética, del síntoma, del deseo, del goce y del amor menos tonto. Entre las ideas penetrantes en tinta, se lee un diario íntimo que cuenta en primera persona los desechos de la furia; pululan poetas, escritores y psicoanalistas. El autor indica que la ejecución de una forma se llama estilo, arte, cuento, poesía… y música.

“No hay vuelta atrás ante los breves relámpagos de furia que son nuestros despertares, y llegar tarde no es no llegar nunca. La furia es aprender a llegar tarde de la buena manera”.

En El hombre sin forma relanzó su estilo, una furia relampagueante que irrumpe en cada despertar, despertando, y tiene la honestidad de continuar despertando cada vez. Los rayos son el origen del relámpago y el trueno. La luz que provoca el rayo es el relámpago, mientras que al sonido que genera se lo llama trueno. Se llega tarde al rayo pero despabila gracias a los estruendos que avienen a la orquesta de sonidos del despertador de tormentas, y se continúa despertando merced al entusiasmo y al valor para apreciar los destellos.

Un hombre, un poeta, un escritor, un psicoanalista, un lector, transitando al ritmo de su música, desplegando notas y melodías cada vez más precisas, marcadas a golpes de estilete. Un hombre que aprecia la luz justa para divisar las sombras. Un hombre que seguramente no apreciaría que hable de él sino de sus escritos y todavía así lo hago. Una libertad que me tomo, al igual que tomé sus palabras e ideas mechándolas con algunas pocas mías. Una lectora que le agradece esa libertad y el contagio de algo que me dieron ganas de escribir, de pensar… Sus palabras las hice un poco mías, un poco de otros. Y sigo atreviéndome a decir lo que no sé pero creo… Este poeta promete más, un tercer libro; una centella que iluminará, una vez más, la sombra a punto caramelo, con la suficiente intensidad de luz para no hacerla desaparecer, en vez, le procurará sustancia: un amor furioso.

Iara Bianchi

Iara Bianchi 
Fundadora. Directora Editorial. Psicoanalista

Sebastián Digirónimo

Sebastián Digirónimo 
Psicoanalista. Escritor

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