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‘’SÓLO LOS DICTADORES LE TEMEN AL PSICOANÁLISIS’’

Los intelectuales y el país de hoy
Entrevista a ISIDORO VEGH

 

“Nosotros ayudamos al sujeto a que encuentre el camino que lo hace más feliz”, dice Isidoro Vegh, psicoanalista, autor de numerosos libros sobre el psicoanálisis y miembro fundador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires.Con voz pausada y eligiendo cuidadosamente las palabras, Vegh hace afirmaciones que nadie le atribuiría a un psicólogo freudiano, como que el hombre no está gobernado por el instinto, que el analista y el paciente se topan en algún momento del análisis con “lo indecible”, que el hombre es responsable de sus actos y que el drama del mundo moderno es la pérdida de valores.

Más aún: para respaldar sus ideas no acude a autores modernos, con excepción de Freud y Lacan, sino que cita a pensadores clásicos y, para colmo, cristianos, como San Agustín, Nicolás de Cusa y Paul Claudel. Y, al arremeter contra las declaraciones de Borch-Jacobsen sobre el supuesto fin del psicoanálisis, no deja de aclarar que lo que él rescata es el espíritu de Freud, y que es preciso tener una visión amplia del conocimiento, ya que “Freud con Freud es comida de zonzos”.

-Como el psicoanálisis surgió en una época en la que había gran represión sexual, muchos atribuyen el éxito de las teorías de Freud a esa situación y no a que fueran acertadas sus teorías. Hoy, cuando se viven tiempos de liberación sexual -o de obsesión sexual, más bien-, ¿puede seguir vigente el psicoanálisis?

-Fue Freud el que le dijo a uno de sus discípulos, Adler, que no sexualizara el inconsciente. Freud tuvo el mérito de decir que la sexualidad no se equipara con la genitalidad. Nunca dijo que el instinto es lo que está en la raíz de la conducta humana, Freud habló de Trieb, que es una palabra alemana que significa ?pulsión´ y se diferencia del vocablo “instinto”. La pulsión tiene una posibilidad de variar sus objetos. Por ejemplo, una hormiguita obedece ciegamente a una fuerza biológica que sabe el objeto que le conviene. La pulsión, en cambio, no es determinante, gracias a que estamos habitados por el lenguaje. Eso es lo que hace que nuestra relación con el instinto quede acorralada, disminuida. La prueba está en que a un ser humano usted le da de comer diez días la misma comida y prefiere dejarse morir de hambre. Necesitamos la variación, el menú. ¿Por qué? Porque el ser humano no está gobernado por el instinto.

-Los griegos hablaban indistintamente de lenguaje y de espíritu. Cuando usted dice que estamos habitados por el lenguaje, ¿entiende al lenguaje en el sentido amplio de los filósofos de la antigüedad, o se refiere a él como una simple herramienta del cerebro humano orientada a la comunicación?

-Cuando hablo del lenguaje, hablo del hecho de que el ser humano tiene palabras con las cuales piensa, con las cuales se relaciona con el otro, con las cuales tiene la base de lo que son sus sueños. Porque fue Freud el que descubrió que los sueños son una escritura jeroglífica.

-Y cuando el poeta Juan Ramón Jiménez dice: “No sé con qué decirlo, porque aún no está hecha mi palabra”, ¿no está aludiendo a algo en el hombre más profundo, e incluso anterior al lenguaje?

-Sin duda que para nosotros, los psicoanalistas, el lenguaje no es lo único que nos constituye. Lo puedo decir de otro modo: somos un cuerpo interceptado por la palabra. Cuando uno avanza hasta el extremo en la palabra se encuentra con el límite de la palabra. Un obispo muy conocido por los filósofos, Nicolás de Cusa, distinguía dos ignorancias: la ignorancia a secas y la docta ignorancia. La ignorancia docta es aquello con lo que nosotros nos encontramos cuando transitamos el saber hasta el extremo. En un análisis, por ejemplo, un paciente que avanza bien va a llegar a ubicar sus síntomas con relación a su historia, pero también se va a encontrar con los límites de ese saber.

-¿Considera al psicoanálisis una ciencia?

-Entre los psicoanalistas tenemos diferencias, distintas formas de pensar, por el hecho simple de que el psicoanálisis no es una religión, ni una ideología, ni una cosmovisión. El psicoanálisis tiene la práctica. Freud crea el psicoanálisis a partir del decir de sus pacientes. Sus primeros pacientes fueron las mujeres histéricas que lo iban a ver cuando había fracasado la medicina de su tiempo, a fines del siglo XIX. Lo iban a ver por parálisis que la neurología no podía explicar. El descubrió que eso que se llamó en un principio “terapia por la palabra” ayudaba a resolver esos síntomas. El psicoanálisis implica una práctica, una teoría que intenta dar cuenta de esa práctica, y una continua puesta en verificación de sus postulados. En ese sentido, yo diría que tiene la misma estructura que el campo de la ciencia.

-Con respecto a que el psicoanálisis no es una cosmovisión, ¿cómo interpretaría el trabajo de Freud titulado: “Una concepción del universo”?

-Freud es el que dice, justamente, en ese trabajo y en otros, que nosotros no estamos para proponer una cosmovisión. Cuando se habla de la abstinencia del analista se quiere decir que nosotros tenemos que abstenernos de indicarle al sujeto cuáles deben ser sus creencias y cuáles deben ser sus pasos por la vida. Nosotros ayudamos al sujeto a que encuentre el camino que lo hace más feliz.

-El psicoanálisis, al querer explicar la conducta humana a partir de determinados cánones o fórmulas, como por ejemplo el complejo de Edipo, ¿no corre el riesgo de reducir al hombre a una especie de mecanismo o artefacto que funciona según los actos reflejos o inconscientes de su “aparato psíquico”?

-Mire: le voy a contestar con un capítulo de las enseñanzas de Lacan y con mis propias reflexiones. En la tradición cristiana, San Agustín planteó, con la justeza que lo caracterizaba, el contrapunto que significa el libre albedrío y la gracia divina. ¿Cómo pensar que hay una gracia divina omnipotente y, a la vez, el libre albedrío que parecería contradecir ese poder sin límites de Dios? Es más: hubo sectas heréticas que dijeron que si todo es creado por Dios, el mal que yo puedo hacer también hay que imputárselo a Dios, y que entonces ni siquiera puede decirse que existe el mal. Pero San Agustín dijo que la gracia divina es también algo que tenemos que implorar para que esa libertad que Dios nos otorgó la podamos usar del mejor modo. Para nosotros, desde el psicoanálisis, se trata exactamente de la misma cuestión, claro que no en términos teologales. El psicoanálisis coloca la libertad en el eje de su estudio, es decir que de ningún modo el psicoanálisis implica un determinismo absoluto. Justamente la distinción entre pulsión e instinto es para recordar que el ser humano es mucho más que eso.

-Freud consideró que el inconsciente domina al hombre desde abajo, y de ahí su poder. Según esto, ¿hasta qué punto el hombre es responsable de sus actos? Hitler, por ejemplo, ¿no acabará siendo, según el psicoanálisis, un simple enfermo o un eterno niño herido al que hay que comprender en vez de reprobar?

-Nosotros decimos que el sujeto es responsable de sus actos.

-Pero ¿es lo que dice Freud también?

-Sí, es lo que dice Freud, y le voy a citar el texto. En un complemento a la metapsicología de los sueños, Freud dice que si bien el sueño es una formación del inconsciente, el sujeto es responsable de sus sueños, así que fíjese que de ningún modo en la teoría freudiana hay algo así como la absolución de los actos. El sujeto tiene un margen de libertad. Por supuesto que ese margen de libertad se amplía cuando uno conoce cuáles son las determinaciones que lo habitan. Por ejemplo, si viene un paciente y nos dice: “No sé qué me pasa: maltrato a mi mujer y a mis hijos”, nosotros creemos que si lo ayudamos a descubrir cuál es la razón inconsciente de su manera desaforada de comportarse seguramente va a tener más libertad para obrar mejor.

-Si lo propio del hombre es ser manejado por sus instintos reprimidos o sus traumas de infancia, es decir, ser algo impulsado o conducido, ¿en qué sentido es aberrante que el hombre sea manipulado por otro tipo de fuerzas, ya se trate del Estado, de la propaganda o de padres despóticos?

-Son raros los gobiernos que están contentos con el psicoanálisis. Desde ya que los que no están de acuerdo con el psicoanálisis son los gobiernos dictatoriales, que son los que le temen a Freud. Fíjese que en el imperio de Stalin el psicoanálisis estaba prohibido, y en el nazismo fueron quemadas sus obras. Porque justamente alguien que se analiza aprende a interrogar. Cuando el otro dice algo, surgen las preguntas: “¿por qué me lo dice?”, “¿qué está diciendo a través de sus palabras esta persona?”.

-En una época en la que el hombre está más preocupado por encontrarle un sentido a su vida que por liberarse sexualmente, desembarazarse de sus complejos o resolver sus neurosis, ¿cuál es el servicio concreto que hoy brinda el psicoanálisis a sus pacientes?

-Nuestro servicio es para alguien que haya perdido el gusto de la vida. El psicoanálisis lo ayuda a que averigüe qué es lo que le hace perder ese gusto, sobre todo en tiempos como los que corren, en los que desgraciadamente hay tantos valores confundidos. Lacan, siguiendo a ese gran escritor francés que fue Paul Claudel, dijo que en el último siglo se ha avanzado en el peor sentido, en lo que se llama “el padre humillado”. Se tiende a confundir autoridad con autoritarismo. Cuando un padre no ejerce su autoridad, que no es lo mismo que ser autoritario, sobreviene una gran confusión. Bueno, desde hace tiempo, por razones socioculturales, en el mundo occidental hay una decadencia de la función paterna. ¿Cuál es el resultado? Esa juventud que está a la deriva, desorientada, sin encontrarle un sentido a su vida. Entonces aparecen respuestas sustitutivas, porque el ser humano necesita, de algún modo, encontrar un sentido. Si no, se narcotiza frente a ese vacío, y es así como tenemos el mundo de la droga…

-El hecho de que el psicoanálisis haya perdido vigencia en el mundo, según las estadísticas, ¿se debe a que se trata de una disciplina anacrónica?

-En primer lugar, no es cierto que haya perdido vigencia. Y luego, a estos enemigos podemos localizarlos. El señor Borch-Jacobsen está radicado en los Estados Unidos y forma parte de un grupo que se autodenomina “los destructores de Freud”. Están allí desde los años 90 en una práctica activa dedicada a eso y pertenecen a lo que en el campo de los historiadores se llama revisionismo. Están en una campaña franca de desprestigio, y esto es un buen elemento para saber de qué clase de historiador estamos hablando.

-Freud consideró que el alma humana, así como la cultura y la religión, es producto de la represión de los instintos o bien del proceso de espiritualización denominado sublimación. Según esto, el espíritu humano no tendría realidad por sí mismo ni sería algo trascendente. ¿Cuál es su opinión como psicólogo freudiano?

-Por supuesto que las creaciones más sublimes del espíritu humano, como el arte, la ciencia, la religión misma (para quien es creyente) son absolutamente valoradas por nosotros, los psicoanalistas. Es más: cualquier psicoanalista de cualquier corriente puede dar pruebas innumerables de que cuando el paciente comienza a destrabar los lugares donde sus pulsiones (no sus instintos) estaban coagulados, esa energía impedida comienza a manifestarse en campos de creación, y esto es lo que se llama sublimación. Nosotros alentamos ese movimiento. Es más: consideramos que ese movimiento es un índice de salud.

-¿En qué consiste para usted la dignidad del hombre?

-Si tuviera que decirlo en pocas palabras, diría que en no renunciar a sus deseos. Nosotros decimos que hay una ética, a la cual un psicoanalista se somete si no quiere desdecir el lugar que dice ocupar. Nuestra ética consiste en acompañar a nuestros pacientes para que puedan reencontrarse con sus deseos. William Blake dijo: “Quien no realiza sus deseos, engendra pestes”. El deseo es lo que hizo que un pintor, por ejemplo Picasso, haya llegado a ser Picasso. Es lo que atañe al núcleo de nuestro ser, como diría Freud.

-En la actualidad ha alcanzado gran difusión la disciplina creada por Víctor Frankl: la logoterapia. Según Frankl, el psicoanálisis consideró sólo dos dimensiones del hombre: la orgánica y la psíquica, y olvidó la única capaz de conferir unidad al ser humano, que es la espiritual. ¿Cuál es su opinión?

-Víctor Frankl es una persona a la cual respeto, por conocer su historia. Cómo se repuso a su experiencia en el campo de concentración sin duda merece mi mayor consideración. Pero, bueno, él tiene una posición ligada a una concepción más bien religiosa, que considero altamente respetable. Lo respeto, pero el psicoanálisis no participa de eso.

-También afirma Frankl que lo que hace feliz al hombre no es la autorrealización, sino la trascendencia, es decir, el salto más allá de sí mismo mediante la dedicación en cuerpo y alma a una tarea o misión, o a otra persona.

-Estoy totalmente de acuerdo con él. Yo creo que nuestra dedicación al prójimo no es un acto de caridad sin una relación al otro. Sin ella, el ser humano no subsiste.

-En otro orden de cosas, ¿identifica alguna patología particular en los políticos argentinos?

-En nuestros tiempos hay valores que han caducado, y basta ver qué personas se dedican, en general, a la política. Pero en los tiempos de Dante y en los de Sócrates sucedía lo mismo. Los políticos son necesarios (estamos en una democracia y no podemos prescindir de ellos), pero también es necesario crear dispositivos de control. Jamás estaría de acuerdo con dar la suma de los poderes públicos a ninguna persona.

-El escritor ruso Fedor Dostoievsky expresó: “Si alguien me dijera que Cristo no está con la verdad, elegiría estar con Cristo a estar con la verdad”. En su caso, si descubriera que el psicoanálisis tiene falacias graves, ¿elegiría estar con el psicoanálisis o con la verdad?

-El psicoanálisis tiene como eje su relación con la verdad. Uno de los infundios del señor Borch-Jacobsen es que Freud habría recluido a los pacientes en la privacidad como una manera de hacer imposible la crítica a su experiencia. Es un infundio, porque la privacidad en el consultorio analítico es para preservar la intimidad del paciente. Siempre llega un momento en el que el paciente dice: “Hoy, doctor, le voy a decir algo que nunca pude decirle a nadie”. La verdad está en el corazón de nuestra práctica. Y eso vale no sólo para el paciente, sino para el analista. Por eso, los analistas tenemos que analizarnos. Tenemos que trabajar los virus que nos habitan. Pero insisto: la verdad está en el corazón de la experiencia analítica.

Por Sebastián Dozo Moreno.
Publicada el 15/11/2005 en LA NACIÓN

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