Tamara Landau, reconocida psicoanalista francesa de visita en Buenos Aires, ofreció en el Seminario de Ecología Perinatal de la Fundación Creavida, una clase sobre prevención de partos difíciles y trastornos de comportamiento en los niños. Asimismo, publicó un libro sobre el tema: Dar a luz, dar vida. Diálogos y separaciones durante el embarazo.

Artículo publicado en Revista Creavida Número 23

En mi práctica de psicoanalista, pude remarcar una analogía entre las angustias de muerte y los fantasmas y pesadillas de devoración de una bestia feroz o de asesinato, ahogo y secuestro de un niño reportados por mujeres embarazadas (en análisis o no), sobre todo ante la inminencia del parto, y aquellos de las pacientes anoréxicas o bulímicas que no habían tenido hijos aún o habían sido diagnosticadas infértiles y se acercaban al final de su análisis.

De esta manera, por un lado, pude constatar que las mujeres embarazadas —si las angustias eran demasiado intensas— corrían el riesgo de parir prematuramente y tener síntomas y/o partos difíciles. Por otro lado, que las pacientes anoréxicas/bulímicas sufrían angustias de muerte muy profundas ante el acercamiento de la separación definitiva inducida por el fin del análisis, asimilable a un nacimiento. Podría decirse que las dos categorías de mujeres expresaban una angustia muy intensa al imaginar una separación que no fuera mortal entre la madre y el niño. Angustia de una intensidad tal que podría estar en el origen de los traumas del comportamiento alimentario y de la infertilidad de numerosas pacientes anoréxicas/bulímicas.

Además, la misma repetición de los contenidos de las pesadillas, según la fase del embarazo (primer, segundo y tercer trimestre) de las mujeres embarazadas y de las pacientes durante los momentos bisagra de transformación en análisis, me permitió pensar que esas situaciones marcaban angustias inconscientes experimentadas por la madre y transmitidas al feto durante los pasajes críticos de gran transformación de la relación con él a medida que se volvía más autónomo. De ese modo, la ansiedad dependería de la capacidad de la madre de anticipar inconscientemente, y de representarse esos cambios y esas separaciones progresivas. El hecho, entonces, de tener pesadillas es una forma de marcar esos pasajes obligados.

Todo esto para decir que la presencia de esta serie de pesadillas durante el embarazo, ligadas primero a la idea de devorar (la fusión primitiva), y luego a la de matar y perder de vista al niño son necesarias para integrar inconscientemente las separaciones que no son representables. De hecho, ¡es difícil aceptar sentir de esa manera el rechazo hacia el niño que se gesta! Pero es solo la intensidad de la invasión de la angustia lo que determina el efecto traumático sentido por la madre desde la fecundación.

Actualmente, todos somos sensibles a la porosidad psíquica entre la madre y su hijo durante el embarazo: el niño siente todo lo que ella siente y, probablemente, viceversa. Desde hace diez años, muchas investigaciones médicas tienden a mostrar que los acontecimientos que producen emociones muy fuertes (como la pérdida de un ser querido o una catástrofe natural) pueden ser traumáticas para las madres y tener un impacto importante sobre los fetos, pudiendo arrastrar, como secuelas desde la primera infancia, traumas del comportamiento (¡los famosos traumas de atención e hiperactividad tan de moda!) y aun más, hasta mutaciones genéticas.

Pero podríamos preguntarnos cómo podría una mujer embarazada evitar experimentar emociones fuertes cuando vive acontecimientos graves o inesperados —lo que caracteriza al trauma— durante la gestación. Toda la cuestión está ligada a la capacidad subjetiva de cada mujer de poder soportar o no lo que le sucede, o de dejarse ayudar por alguien (un «psi», un profesor de yoga, etcétera).

Sin embargo, la pregunta que se impone es otra: ¿por qué podemos observar dificultades en el parto si todo «estaba bien» durante todo el embarazo y las sesiones de preparación para el parto? ¿Y por qué podemos ver problemas de comportamiento del lactante o del niño pequeño (rechazo a mamar o a comer, llanto cuando es separado de la madre, agitación, rechazo del sueño o, más tarde, problemas de atención) cuando, en apariencia, no hubo traumatismos particulares durante el embarazo, incluso, a veces, cuando la relación entre la mamá y el bebé parece formidable? La madre está atenta, lo cuida afectuosamente entre sus brazos, previene sus demandas antes de que el bebé experimente la más mínima necesidad…

De hecho, no todas las mujeres que se embarazan tienen pesadillas, no al menos que ellas se acuerden, ya que al despertar hemos olvidado la mayor parte de nuestros sueños. Parecen no conocer los fantasmas que hemos descripto, que quedan inconscientes; únicamente perciben lejanos ecos que solo una sensibilidad afinada o la cura psicoanalítica permiten dar cuenta. No por eso son menos activos.

No sentir nada en el embarazo, sentirse como antes, como si no se estuviera embarazada, puede ser una señal de alerta. En este caso, no hay elaboración psíquica de las angustias de muerte aquí descriptas. Por elaboración psíquica, hay que entender la transformación de las angustias en imágenes de sueños que se recuerdan, en sensaciones y sentimientos de los que se habla. Cuando ellas no pasan por el psiquismo, corren el riesgo de manifestarse a través de síntomas corporales que parecen no tener sentido y que se mediatizan rápidamente. Además, una mujer que se mantiene en la negación de su embarazo no construye con su hijo la relación imaginaria que él necesita para desarrollarse.

Sentir demasiado su embarazo puede ser también una señal para tomar en consideración. Una angustia demasiado intensa, fantasmas de devoración y de muerte invasores señalan que la mujer embarazada se siente amenazada en su existencia y que sus pulsiones de autoconservación están exacerbadas. En este caso, puede ser necesario consultar. Se producen, entonces, abortos o partos muy prematuros que podrían calificarse de abortos espontáneos.

La mayoría de las veces, los sueños, fantasmas y sensaciones manifiestan una alternancia que la futura madre vivirá durante todo el embarazo. Por un lado, vive un deseo de fusión con el feto que puede expresarse como «Yo te agarro». Por otra parte, vive un deseo de destrucción que se puede resumir en «Yo te abandono». Este juego de contrarios es intenso al comienzo del embarazo y va a atenuarse paso a paso. Biológicamente, al principio del embarazo, hay una lucha feroz a nivel inmunitario entre el embrión —más tarde el feto— y la madre, que se atenúa progresivamente. Por otro lado, la hormona HCG, la única hormona segregada por el ovocito y luego la placenta, permite el apego y la anidación del embrión. Vemos que los dos movimientos son necesarios a nivel biológico y psíquico: fusionar para apegarse al niño y rechazarlo. Lo que sucede habitualmente, gracias a un mecanismo de defensa que le permite a la madre escapar de toda culpabilidad, es que el deseo de rechazar se transforma en miedo de perder. Sin embargo, el temor a que el feto muera es comenzar a hacerlo existir y a distinguirlo de sí. Es una forma de reconocerle la alteridad que necesita para ganar su futura autonomía.

Conclusión

Vimos que la gestación es un proceso que reactiva la angustia de muerte en la madre y los traumas inconscientes endógenos de intensidad variable según la historia subjetiva de cada mujer. Podemos pensar que esta angustia y estos traumatismos se transmiten al feto y que están fuertemente reforzados cuando la mujer vive traumatismos exógenos en su vida durante las fases críticas del embarazo.

A menudo, para la mujer embarazada, lo que prima es la felicidad. Sin embargo, atraviesa cambios que pueden ser angustiantes para algunas, aunque muchas veces sigan siendo inconscientes. Encontramos ecos en los sueños raros o en las pesadillas recurrentes, en los pensamientos y deseos extraños que puede experimentar por momentos. Constatamos que esas manifestaciones de angustia y de rechazo que se expresan en las pesadillas son necesarias para que pueda sentir las disminuciones del lazo fusional que siente con su hijo, para poder separarse de él en el parto y volverlo más autónomo luego.

Pero —lo vimos de manera rápida— no todas las mujeres pueden sentir angustia o recordar sus sueños. Suponemos que este olvido (represión) de las pesadillas o, directamente, una suerte de negación de la angustia son provocados por la existencia de un exceso de angustia o de un susto que haya provocado un efecto traumático.

Proponemos, entonces, un acompañamiento específico durante el embarazo, para ayudar a las mujeres a sentir esos puntos de ruptura, esos cambios en la relación con su niño y a recibir los «malos pensamientos» como un factor de humanización de los procesos biológicos que están sucediendo realmente durante el embarazo.

Una psicóloga formada en esta escucha podrá descubrir estas dificultades en ciertas mujeres, sobre todo primíparas, durante las reuniones de preparación para el parto organizadas desde el primer trimestre y proponerles entrevistas individuales.

En este sentido, me siento llamada a contradecir el mito vigente: No, el embarazo no es el paraíso que describen las revistas femeninas; no lo es para la madre ni lo es para el feto. Sí, las mujeres embarazadas tienen el derecho de no soportar todo lo que viven. Tienen el derecho de no estar en estado de plenitud sin falla durante todo su embarazo.

Tamara Landau

Tamara Landau 
Psicoanalista

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