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NUESTRAS MALAS PALABRAS

 

Nadie, que yo sepa, ha hablado mejor de las malas palabras que Fontanarrosa [i] . Las palabrotas, como él observa, son palabras de peso. Firmes, no meras palabritas llevadas por el viento. Algunas son eternas, como las ofensas a la madre, a la masculinidad o a la virtud del que ha sido golpeado por una de ellas. Otras, locales o transitorias de un determinado lugar o período. Freud consideraba un innegable progreso cultural tirar una palabra en vez de una piedra, y por eso era tan cuidadoso cuando se trataba de seleccionar las suyas [ii] .

Recuerdo un (muy) viejo programa humorístico del Canal 9 en el que un cabezón le decía a un gordo cosas como que la definición de ser humano era “ser-do-tado de inteligencia”. En respuesta éste sugería que el nombre del amigo debía ser “Amanecer Criollo”… “puro mate”. Y variaciones: ‘’¿Precisa de una carpa para acampar?’’ ‘’Pídanle prestada la gorra, ya sabemos a quién’’. “Menos mal que no es para el circo, porque en ese caso, vos tendrías que prestarles el saco”, retruca el interpelado. Lo notable es que a los chicos todo esto, que se repetía semanalmente casi igual, nos parecía graciosísimo. Y ni por un minuto pensábamos que aquellos dos eran enemigos.

Cabría preguntarse, entonces, por el status de la “palabra subida de tono” que mejor define a los porteños en particular y a los argentinos en general, al menos cuando vistos desde afuera, y que vale tanto como una palmada amistosa en la espalda cuanto como una injuria. Me refiero, claro está, a boludo [iii] . La cuestión es que boludo (o “boluda”, aquí su etimología masculina se pierde con el uso) puede ser y no ser un insulto. Sino, veamos en “No seas boludo, Boludo”, el primero podría considerarse una invectiva y se refiere a algo que el interpelado ha dicho o hecho [iv] , mientras que el segundo es apenas un apodo campechano, como lo usan dos amigas que se encuentran en el Florida Garden: “¿Qué decís, Boluda?” “Bien, Boluda, ¿y vos?”

Mas, vamos al boludo improperio. Injuria argentina paradigmática, tal vez. Una vez dije en chiste que “boludo” era una clase vacía, puesto que nadie, absolutamente nadie, admite ser miembro de tal clase. Los boludos son siempre los otros. Insinuaron que tal vez fuese yo el único boludo… En fin, cabe considerar que todo denuesto funciona de este modo, refractario a una clasificación, ya que un insulto se dirige directamente al “ser” del insultado, apunta a aquél trazo que lo distingue de todos los demás. Pero, así como la declaración de amor, el insulto empieza y termina en el acto de enunciarlo, ya que no designa nada positivo, apenas su propia enunciación. Haber sido alcanzada por un “¡qué linda sos!” o un “¡qué boluda!” tendrá como efecto un afecto: placentero o displacentero. No significa nada, a no ser que el piropeador (el insultador) fue afectado por ella, por la mujer (dicen que los afectos son siempre recíprocos).

Del punto de vista de su lógica, “boludo” es lo inverso de “judío”. En este último caso, basta decirse tal para formar parte de la clase de los judíos. No hace falta ser portador de ningún trazo positivo (no, ni siquiera la circuncisión). En el caso de la boludez, es necesario y suficiente haber sido así calificado por algún otro. En ese sentido, la clase de los judíos se constituye por todos aquellos que se llaman a sí mismos de tal, y la de los boludos, por todos los que han sido así denominados. Y quién, en la Argentina, no ha sido llamado boludo alguna vez? Del judaísmo se diría que es la clase a la cual nadie quiere entrar (por eso, si alguien se declara miembro, no se le han de pedir más credenciales), y de la boludez, la clase de la que todos quieren salir.

Hoy en día, sin embargo, y volviendo a mis queridos Porcel y Portales [v] , habría que cuidarse de llamar a un gordo de “gordo” o a un cabezón de “cabezón”, ya que es tan políticamente incorrecto, como llamar a un negro de “negro” o a un loco de “loco”. Pero la cosa no termina allí, puesto que se considera ofensivo generalizar a la especie humana en masculino y tenemos carteles en la universidad que indican la dirección a la “Sala de Profesores/as” o, peor aún, al “Departamento de alumn(x)s”. En Estados Unidos el vendedor, salesman, desapareció, ahora existe el sales person, la persona vendedora, digamos.

Los psicoanalistas, esos seres tan preocupados por el uso adecuado de las palabras, han cuñado su propio insulto. Una injuria de clase, digamos, que sólo resulta ofensiva para un miembro de la grey, pero para éste es tan grave como poner en entredicho la masculinidad de un porteño o la fidelidad conyugal de un romano. Los psicoanalistas se ofenden entre si llamándose (en general no en la cara, casi siempre por la espalda) perversos. Otro modo de denegrir al colega, sin llegar a extremar la injuria, es calificarlo eufemísticamente de “poco ético” o, en casos radicales, de “no ético” (que suena igual a “noético”, pero sin tanta dignidad filosófica). Y en último caso, el anatema final: “¡no es psicoanalista!”

Descartado un perverso que por ventura se haya convertido en psicoanalista [vi] , ¿qué podría ser un psicoanalista perverso? Si todo el mundo entiende que llamar “puto” a un tipo  es ponerle la masculinidad en cuestión (lo que suele ser un problema de quien insulta), y decirle “puta” a una mujer es ofenderle la virtud [vii] (lo que, también, es un problema de quien insulta), no queda claro qué se le está diciendo a un psicoanalista cuando se lo tilda de “perverso”. Quizá: “¿Estructurado en su psicosexualidad por el mecanismo defensivo denominado Verleugnung por Freud” [viii] ? No, seguramente. Entonces, ¿qué? ¿Que no se abstiene de algo que los otros adorarían hacer pero no hacen, en nombre de La Ética? Esa es la definición de envidia. Y La Ética de la envidia está basada en el sacrificio (tal vez habría que agregar: “en nombre del bien común” ­–me abstengo para que te abstengas). Es decir, “perverso” sería aquí bastante parecido al insulto medieval “sodomita” que, básicamente, quería decir contra natura. Con lo que los psicoanalistas muestran creer bastante más en la Naturaleza de lo que preferirían confesar (como atestan la mayoría de las cosas escritas sobre “el goce” [ix] , por otra parte).

Tomar el sacrificio y la abstinencia (que lo son siempre en nombre de un ideal de pureza) por un precepto moral o deontológico del psicoanálisis ha hecho que el concepto oscuro de “sublimación” sea tan caro a los psicoanalistas oriundos de la religión católica [x] . Por detrás de “perverso” como injuria se esconde pues una concepción obsesiva (idealizada) de la perversión, aquella que dice que “los perversos realizan aquello que los neuróticos se limitan a soñar” [xi] .  La misma que caracterizaba la neurosis como el negativo de la perversión, indicando esta última como la actualización (la foto revelada y copiada, digamos) de un cierto “goce” soñado.  Debe ser por eso que algunos analistas mientras promueven la ataraxia no hacen otra cosa que hablar de goce.

La perversión convertida en un insulto propiamente “psicoanalítico” no deja sin embargo de mostrar lo que esconde: un ideal neurótico del final del análisis basado en el sacrificio. Sacrificio que sería recompensado en el más allá por la Institución Psicoanalítica, con las nominaciones del pase y otros reconocimientos de santidad. Tenemos, entonces, los réprobos del psicoanálisis (los “perversos”, los que gozan como no se debe) y los bienaventurados (los aprobados, los que gozan como dios manda, según “la escala invertida de la ley del deseo”, como dirían aquellos que leen Encore con la Biblia). Y como para muestra basta un botón: un colega casado me cuenta que su analista le recriminó haberse tornado amante de una mujer con quien regularmente se encontraba para un café, preguntándole para qué precisaba coger si ya tenía el goce de tomar café…

San Pablo. Diciembre de 2014
Ricardo Goldenberg

 

[i] Charla de Roberto Fontanarrosa, en un congreso en Rosario dedicado a la lengua española.  https://www.youtube.com/watch?v=agm_RdyuOqA&spfreload=10

[ii] Por ejemplo, en Psicologia de las masas y análisis del yo, advierte que es mejor no ceder en las palabras si no se quiere terminar cediendo también en las cosas mismas. Jorge Jinkis escribió bellas palabras sobre el insulto en un libro llamado ‘’Lo que el psicoanálisis nos enseña’’. Buenos Aires: Lugar Editorial, 1993.

[iii] En Brasil, por ejemplo, y esto viene a cuento por eso de “vistos desde afuera”, basta saber que alguien es argentino para que se lo llame de “boludo”, sin el menor ánimo de agredirlo: hace no tanto tiempo se lo habría llamado de “che”.

[iv] ¿Alguien recuerda el: “Por esa acción, por esa acción, se merece esta canción: ¡qué boludo, qué boludo!”?

[v] No digo “nuestros” porque no sé quién se acuerda de ellos hoy en día, pero eran los héroes de mi generación, allá por los años setenta.

[vi] ¿Por qué no? Neuróticos se tornan psicoanalistas todo el tiempo. Lacan decía que si fuese más psicótico sería mejor analista. Hombres casados se hacen psicoanalistas, ¿por qué no perversos?

[vii] ¿Cuál? ¿La monogamia? Una vez me dijeron que la definición de “puta” era : “mujer que no me da bola”, lo que nos llevaría directo para la fábula de la zorra y las uvas (despreciadas como verdes simplemente por no poder alcanzarlas).

[viii] Lo  que no obsta para que colegas homosexuales, de merecido renombre internacional, oculten cuidadosamente su condición de “pederastas”, como se decía antiguamente, “por si las moscas”, ya que si bien se afirma que toda sexualidad es del discurso, etc., cuando se trata de psicoanalistas se espera que sean genitales y heterosexuales (al menos Jones tenía la decencia de no esconder su catolicismo en este punto).

[ix] Que reflejan un “neonaturalismo post-lacaniano”, milleriano, más especificamente, que reencuentra la particularidad perdida de la necesidad por el lenguaje más allá del deseo, en un goce que sería algo así como el retorno enmascarado de la necesidad natural perdida. ¡Y este sería el “final del análisis”! Sin mencionar la lista implícita o explícita de goces prescriptos y proscriptos; saludables o mórbidos. El deseo que está bien; el goce que está mal, etc.

[x] Dentro de la denominada “Orientación Lacaniana” es notable la cantidad de psicoanalistas que pasaron de un Seminario ao otro (de aquél donde se ordenan los sacerdotes católicos a aquél donde se ordenaban los AEs).

[xi] Ellos serían del club de los que “no ceden en sus deseos”.

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