Rafael Lindem, autor de Viajeros del Picoteórico 

 

Cuando publiqué mi primera novela, Viajeros del Picoteórico, tuve la extraña sensación de haber compartido mi ropa interior con un grupo de desconocidos. Por fortuna, ese estado de relativa indefensión desapareció poco después, al comprobar que pese a tener la novela en la calle, nadie sentía el menor interés por mis calzoncillos.

 

Entrevista realizada por Iara Bianchi.

Iara: Rafael, ¿cómo te definirías?

Rafael: Todavía estoy en proceso de conocerme. Quizá, dentro de cuarenta años pueda dar una definición acertada de mí mismo (si es que alguien quiere esperar tanto, claro); hasta entonces, tengo el juicio de los demás, que oscila entre besos de aceptación y escupitajos llenos de odio.

I: ¿Cómo ha sido tu recorrido como escritor?

R: Mi recorrido ha sido anónimo en su mayor parte, y algo menos anónimo durante el último cuarto de trayecto. Soy uno de esos autores que disfrutan escribiendo sin esperar recompensa o meta alguna. El premio es escribir. Cuando publiqué mi primera novela, Viajeros del Picoteórico, tuve la extraña sensación de haber compartido mi ropa interior con un grupo de desconocidos. Por fortuna, ese estado de relativa indefensión desapareció poco después, al comprobar que pese a tener la novela en la calle, nadie sentía el menor interés por mis calzoncillos.

I: ¿Cuáles son las particularidades del oficio de escritor, hoy en día?

R: Internet lo ha cambiado todo, ha democratizado las posibilidades. Ahora, publicar no es algo tan extraordinario como hace unos años, cualquiera puede hacerlo, y hasta cierto punto es algo maravilloso. Pero este exceso de material ha vuelto doblemente extraordinaria la posibilidad de toparse con un buen libro o, como mínimo, con uno que esté bien editado.

I: ¿De qué trata Viajeros del Picoteórico? ¿Cuál fue tu motivación?

R: Es un libro de fantasía y aventuras, aunque hable de temas tan reales como el rechazo, el amor, o el derecho a no olvidar. La idea surgió hace muchos años, tras un desengaño sentimental. Por aquel entonces consideré interesante reciclar todas aquellas emociones y reunirlas en un cuento largo que resultara agradable. Un cuento que hablara del derecho a no olvidar nuestra historia personal, por nefasta que sea. Quise hacer algo bueno con lo malo, dar utilidad a algo tan inútil como la decepción y el fracaso. Creo que todos deberíamos hacerlo. Yo me felicito diariamente por haberlo hecho.

I: ¿Cómo es tu proceso creativo?

R: Una vez que tropiezo con la idea, que puede surgir en el momento más insospechado, me acompaña durante días, semanas o meses, revoloteando de aquí para allá como una mariposa orquesta. Si sobrevive a este periodo de familiarización, si no la acabo olvidando o desechando, me tomo la molestia de retenerla con un vaso y estudiarla en profundidad. Es entonces cuando la disecciono y vuelvo a reconstruir, las veces que hagan falta, hasta que la idea tenga todo lo que he deseado para ella.

I: Si no fueras escritor, ¿a qué te dedicarías?

R: A intentar ser escritor. Más o menos lo que ya hago mientras creo serlo.

I: ¿Cuáles son tus referentes? ¿Qué o a quién sueles leer?

R: Adoro la literatura infantil, en concreto los cuentos de hadas, en sus innumerables versiones, tanto primitivas como edulcoradas. También la literatura que siguió a estos: Kenneth Grahame, Lewis Carroll, A.A. Milne, James M. Barrie… Los cuentos de Bierce o de Stevenson me han acompañado desde el primer momento que los leí. William Hodgson, Sheridan Le Fanu (El huésped misterioso, me parece uno de los mejores relatos de terror de la historia), Bécquer, Horacio Quiroga… Me dejo a muchos en el tintero.

I: ¿Alguna anécdota de vida que quieras compartir en relación a tu arte?

R: Quizá, la experiencia más didáctica que he vivido en el mundo de las letras sea una situación de acoso que sufrí durante cuatro años. Por aquel entonces yo coqueteaba con la idea de montar una editorial y el futuro agresor (al que conocía personalmente) presentó un proyecto para que fuese estudiado y valorado. Al rechazarlo, lo empecé todo. De nada sirvieron mis intentos por hacer entrar en razón a esta persona; estaba dispuesta a acabar conmigo, tal y como prometió. Aunque el asunto terminó resolviéndose gracias a la intervención de la ley, dejó tras de sí un poso de negativismo del que tardé en desprenderme. Estaba al tanto de la competitividad entre escritores, de la vanidad, de las traiciones, pero no estaba preparado para asimilar que una persona a la que había estrechado la mano, se pasase las veinticuatro horas del día durante cuatro años seguidos buscando maneras de destruir mi vida. No estaba preparado para los monstruos del fracaso. Me hice una promesa a mí mismo: si vas a fracasar, hazlo con dignidad, no te conviertas en otro monstruo lleno de odio.

I: ¿Qué consejo darías a los que están empezando a escribir?

R: No creo que esté en posición de aleccionar a nadie, pero les diría que lean mucho. Que no tengan miedo de aprender de esos libros. Que escriban hasta encontrarse a sí mismos; todos nos acabamos encontrando, es el momento que separa al lector del escritor y es un momento que siempre llega si se tiene la suficiente paciencia. Mi consejo es que escriban hasta perderse de nuevo y reencontrarse, porque cuando nos reencontramos solemos dar con una versión perfeccionada de nosotros mismos. Y algo muy importante: hay que estar preparados para el fracaso y aceptarlo con dignidad. Recordad mi anécdota del monstruo.

I: Si fueras parte del reino vegetal, ¿qué serías y por qué?

R: Muérdago. Durante mucho tiempo vi a otras personas besarse y disfrutar de buena suerte. Ahora aprendí a compartir esa suerte con mi pareja y a ser yo el que besa.

I: ¿Y si fueras un animal? ¿Cuál serías y por qué?

R: Adoro los gatos pero yo sería un perro. Comparto con ellos su gusto por los placeres sencillos y por una vida tranquila.

I: Si no fueras Rafael Lindem, ¿qué personaje de ficción te gustaría ser?

R: El señor Topo, de El viento en los sauces. Es un libro muy especial para mí.

I: ¿Qué poder sobrenatural querrías tener?

R: Poder curar cualquier enfermedad levantando el pulgar. Comprendo que todos debemos morir, pero el sufrimiento de la enfermedad es un añadido sádico e innecesario.

I: Si el cielo existiese, y Dios te estuviese esperando nada más entrar, ¿qué crees que te diría?

R: Antes de que empieces a protestar, te diré que ella fue idea mía.

Dos regalos de Rafael Lindem

tres minutos de Viajeros del Picoteórico y de su impregnante voz. 

Para disfrutar del viaje, de los sonidos, de las imágenes, de Lindem.

Más sobre Rafael Lindem en  http://rafaellindem.blogspot.com.ar/

Leave a Reply

Sea el primero en comentar!

Notificarme de:
wpDiscuz
CONTACTO

Son bienvenidos todos los comentarios y sugerencias que nos quieras hacer! Te responderemos a la brevedad.

¿No se puede leer? Cambiar el texto. captcha txt