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«Alguien tosió en la escalera y me dirigí de nuevo a la puerta. Pegué el ojo a la mirilla: la escalera estaba vacía. La tos provenía de las escaleras de arriba. A lo lejos oí una ambulancia. Regresé a la estantería. ¿Cojo otro libro y hago como que leo? No, mejor frotarse las manos y lanzar un suspiro. Eso hice».

Recuerdo cuando, hará cosa de seis años, cambié de televisión. El enorme cíclope cuadriforme de rayos catódicos dio paso a uno de los primeros LED con tecnología 4k que salieron al mercado, una bestia parda de cincuenta y cinco pulgadas que dio una nueva dimensión a mis blurays y dvds con resolución reescalada. Errol Flym, Orson Wells, Harrison Ford y Charlotte Rampling camparon a sus anchas durante meses, con sus sables, penicilinas de contrabando, látigos y guantes de cuero negro. Y después estaban la Smarth tv y el servicio streaming, que terminaron de rematar aquella adquisición y la convirtieron en la plataforma definitiva de cualquier cinéfilo. «Un mundo de posibilidades en sus manos», parecía gritar el mando a distancia, ya desgastado y humeante de tanto trastear.

Fue justo entonces cuando apareció don Pelato. Así era como le llamaba: don Pelato. Un tipo simpático, aunque algo cargante y con una historia muy triste a cuestas. Por lo demás, nada extraordinario: pequeño, ojos saltones y ni un solo pelo en la cabeza. Su primera aparición tuvo lugar en mitad del clásico de David Lean Lawrence de Arabia. De repente, Omar Sharif empezó a lucir en el mostacho lo que parecía una mosca del desierto, que no tardó en corretear por su rostro a trancada libre, como Pedro por su casa. Pero había visto aquella película una docena de veces y no recordaba ninguna mosca del desierto en ese punto del metraje. Era un elemento nuevo, un espontáneo, invasivo, irrespetuoso con el rostro del egipcio y con la mítica fotografía de Freddie Young, que desde ese momento recorrió de punta a punta, escena por escena, secuencia por secuencia.

Mi primer impulso fue levantarme y apartarlo con un golpe de trapo. Fue inútil; el pequeño escarabajo, un gorgojo de la harina de apenas dos milímetros de largo, había logrado introducirse por algún respiradero de mi flamante televisor y campaba ahora a sus anchas dentro del cristal. ¿Y ahora qué? Ninguna película iba a librarse ya de don Pelato. Era perenne como el logotipo de un canal de televisión, pero con el añadido de que aquello tenía patas y se movía, no paraba, dispuesto a contaminar de un modo arbitrario –desquiciante por la imprevisibilidad de sus movimientos– cada título que me propusiese ver. Por supuesto, intenté buscar opciones para extraer la pequeña criatura del cristal, mi cristal, comprado con mi dinero, pero salvo la audaz idea, recomendada con pinzas por un amigo técnico, de desmontar el invento pieza por pieza hasta dar con la libertad de don Pelato, no quedaba otra que sentarse delante de la pantalla y tolerar su presencia como si fuese la de uno más en el reparto de turno.

Durante días pude ver a don Pelato, bien cincuenta y cinco pulgadas arriba, bien cincuenta y cinco pulgadas abajo; a veces haciendo el largo en diagonal, otras caracoleando como si se hubiese desorientado en aquella brillante y caliente planicie. No había descanso para el pobre animal y, poco a poco, fue dibujándose en mi mente una nueva solución al problema: la muerte inevitable y necesaria del coleóptero, que habría de venir por sí sola. La lógica me decía que antes o después su corazón se pararía, que el enano rechoncho caería de un primer plano, un plano medio o un gran plano y desaparecería para siempre en el marco inferior del televisor. Mi problema quedaría así resuelto. Reconozco que sentí lástima de la criatura mientras esperaba, día tras día, a que las fuerzas que animaban su pequeño cuerpo fallasen. Pero era necesario, ¿verdad? Finalmente, tras demostrar con creces una fortaleza y un amor por la vida dignas de aplauso, don Pelato desapareció. Durante las semanas que siguieron supuse que el cuerpo del intruso se pudría allí dentro, entre el polvo acumulado a los pies de incontables clásicos del cine y la televisión. Me pregunté si habría tenido consciencia de mí en algún momento de su encierro tecnológico y, sintiendo algo muy parecido a la vergüenza por la cruel frivolidad de los intereses que me llevaron a desear su desaparición, deseé que no fuese el caso.

Quién sabe lo que puede encerrar un gorgojo de la harina en su cabeza cuando acaba sus días en una pantalla de televisor, observado por un gigantesco televidente, más preocupado en lo inmaculado de la imagen que en sus esfuerzos por sobrevivir: ¿reproches moralistas?, ¿superioridad filosófica?, ¿pena?, ¿odio?, ¿asco?… Quién sabe.

Pero aquel televisor también terminó muriendo, y con él se marchó el cadáver de don Pelato. El siguiente modelo fue, claro está, mucho más avanzado tecnológicamente hablando. Por supuesto, estaba preparado para los gorgojos de la harina y pude disfrutar al fin de una imagen perfecta. Cine y televisión se sucedieron cada tarde y noche, sin mayores sobresaltos: Taxi Driver, algún capítulo de Twilight Zone, el telediario («¡Sube el paro!»), Bagdad Café; Una noche en la ópera, Los Soprano, el telediario («¡Extraña neumonía en Wuhan!»), Alien; Zelig, Historias para no dormir, el telediario («¡El coronavirus de Wuhan se ha extendido al resto de China. Los muertos se cuentan por miles. Pero en Europa estamos a salvo!»), Evil Dead; El tercer hombre, Hammer House of Horror, el telediario («¡Contra todo pronóstico, el coronavirus ha llegado a Italia. Los muertos se cuentan por miles pero en el resto de Europa estamos a salvo!»), El gabinete del doctor Galigari; Saturno 3, Yo Claudio, el telediario («¡Contra todo pronóstico el coronavirus ha llegado a otras partes de Europa, pero no se preocupen, en España estamos a salvo!»), Nosferatu; Un día en las carreras, Breaking Bad, el telediario: «¡Contra todo pronóstico, el coronavirus ha llegado a España. Ya hay muertes y se esperan muchas más, pero no se preocupen porque en el salón de sus casas estarán a salvo…!» .

¡Me levanté en el acto del sillón!

¡Era terrible! ¡Mucho peor que don Pelato! ¡Demonios! ¡Habría cambiado aquello por cien moscas en el mostacho de Omar Sharif sin pensarlo!

Caminé de un lado a otro del salón, en diagonal o caracoleando, todo servía mientras trataba de asimilar el contenido de la voz del noticiario: «El gobierno decreta el estado de alarma, lo que incluye el cierre de empresas no esenciales. Para debilitar la rápida expansión del virus los ciudadanos sólo podrán abandonar sus hogares para tareas de máxima necesidad».

Apagué el televisor. Si hubiese sabido aquello no habría comprado ninguna televisión. Me sentí estafado.

Y luego estaba el miedo. Sí, porque a poco que lo sientas ya te ha cambiado, como en una suerte de principio de incertidumbre. Yo, que tan tranquilo había sido siempre, me veía ahora de un lado para otro, guiado por una serie de impulsos sin la menor lógica. Lo mismo me encaminaba hacia la puerta, con la intención de oír los movimientos de los vecinos, que decidía acercarme a la estantería más cercana para hacer como que leía algún libro. Leer… ¡imposible!

Entonces, un rápido movimiento llamó mi atención sobre la ventana. Una alegre bandada de gorriones se había apostado ante el cristal, entre las macetas atestadas de plantas, y vigilaba con interés cada paso que daba en la habitación. Qué tranquilos me parecían. Niños rechonchos aguardando alguna payasada por mi parte. Pero yo no estaba para payasadas, yo estaba atrapado en mi salón. Acababa de oír una noticia horrible. ¡Los virus saltan como pulgas monstruosas y te alcanzan desde la otra punta del mundo! ¡Desde el noticiario! ¡Desde el televisor! Así de rápido. Te quitan la salud, la libertad y el trabajo.

Alguien tosió en la escalera y me dirigí de nuevo a la puerta. Pegué el ojo a la mirilla: la escalera estaba vacía. La tos provenía de las escaleras de arriba. A lo lejos oí una ambulancia. Regresé a la estantería. ¿Cojo otro libro y hago como que leo? No, mejor frotarse las manos y lanzar un suspiro. Eso hice.

Mientras tanto, los gorriones continuaban mirándome desde la ventana, felices, tranquilos. Casi parecía divertirles el dilema de adivinar qué pensamientos cruzaban mi mente en aquel momento.

Menudo divertimento.

Ni que estuviesen delante de un nuevo y flamante televisor.

Rafael Lindem

Rafael Lindem 
Escritor. Editor. Consejero editorial inconsciente

N. del E.: La imagen es representativa. En realidad el ave es una bella calandria. Cualquier pajarito es bienvenido. Gracias Osvaldo Daniel Gonzalo por tu aclaración y aporte.

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