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Sueño, esos pedacitos de muerte.
¡Como los odio!
Edgar Allan Poe

 

Para un insomne nada mejor que otro insomne. Aunque suene un poco terminante, también es bastante relativo. Y para relativo, nada mejor que el tiempo. O mejor aún: el tiempo del sueño. Esos pedacitos de muerte, como dice el Señor. Y digo el Señor porque me he conseguido una linda edición de los Cuentos Completos de Edgar Allan Poe con tapa dura y letras doradas, y una cinta, también dorada, para usar como marcador. Lo cual le da un aspecto de biblia muy particular: una auténtica belleza para un ateo consentido como yo. Que abre cada noche, con ilusión y con renovada fe, sus ambarinas páginas. Para sustraerse al delicado mundo de la liturgia personal, del arropamiento favorito.

En fin, que nuestros sueños separados ya eran algo complejo. Y ahora, juntos, mucho peor. O mucho mejor, dependiendo de cómo miremos el asunto. Porque una de las grandes ventajas que tienen dos insomnes que duermen juntos, es la comprensión mutua a los diversos artilugios puestos en marcha para engañar al insomnio, para alcanzar la deseada meta común: un descanso como manda el mismo Señor.

Volviendo a lo relativo entonces, resulta ejemplificador lo que nos sucedió esta mañana. Mis obligaciones comienzan antes que las de ella, por lo que me despierto primero. Tengo por costumbre poner el despertador únicamente dos veces. La primera, quince minutos antes de la verdadera hora de levantarme. La idea –nada original, por cierto– es engañarme con haber dormido aunque sea, un poquito más de la cuenta. Ya despabilado, y respondiendo a un pedido suyo de la víspera, intento despertarla. Luego de algunos besos y una ligera agarrada de nalgas, pude sentir un pequeño estremecimiento, seguido de unas palabras entrecortadas. Pensando haber cumplido el encargo, me fui al baño por mi ducha matinal.

Al volver, la encuentro con una expresión afilada, los ojos (extrañamente) bien abiertos. Soñé algo desde que me despertaste, me dice. Y me cuenta que estábamos en esa ciudad linda de su país. Que caminábamos de la mano por una senda colorida pero bastante yerma (algo acá recuerda a Rulfo, pero eso lo agrego yo ahora), que viajábamos en barco y conocíamos mucha gente, que nos embriagamos en muchas cantinas y comíamos en otras tantas, que recorríamos catedrales y museos, templos antiguos y galerías de arte. Pero que tú siempre confundes las palabras, agrega. Que equivocas los sentidos a propósito, que bufoneas a tontas y locas, que pareces un chiquillo atolondrado incapaz de tomarse algo en serio, y qué sé yo que otro tanto de cosas.

Y me vuelve a mirar, mientras el absoluto silencio de la mañana es solo interrumpido por algún auto que pasa, por algún portón que cruje. De nuevo esa mirada aguda, tan aguda que siento que me traspasa y se concentra dos centímetros atrás de mis ojos. Allá donde sólo el mismísimo Señor puede llegar. O peor aún: el sueño.

Y entonces, justo antes de besarla, le pregunto:

–¿Nada más, mi amor?

Paulo Neo

Paulo Neo 
Escritor

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