Hilda y Freud. Amor en clave diván es una puesta en escena de un encuentro entre una mujer y un hombre que pensaron más allá de su época, más allá de los prejuicios, más allá de sus miedos. Valientes no son los que no tienen miedos sino los que los enfrentan. Permítanme la simpleza de las palabras para mencionar a seres complejos y la pedantería de emitir un juicio acotado en una sola palabra… Valientes. Con valor. Un valor que ha traspasado generaciones y que cobra vida en un diván, o alrededor de él, en un escenario y en unos cuerpos que nos hablan el lenguaje del amor, encarnados por Florencia Farias y Alfredo Grande.*

Sinopsis
A los 47 años, Hilda Doolittle llega a la consulta del Dr. Sigmund Freud, de ya 77 años, con un síntoma: bloqueo en la escritura. El espectáculo teatral está basado en los escritos y la correspondencia de Doolittle (1886-1961) sobre su análisis con el Dr. Freud. Doolittle fue una poeta, escritora y ensayista de lengua inglesa, que participó intensamente de la vida literaria de Londres y del movimiento de vanguardia llamado “imagista”, basado en la transformación del lenguaje. Con una vida afectiva libre e intensa, de una sensibilidad extrema y melancólica, Hilda Doolittle hizo algunas tentativas de análisis hasta llegar al diván de Freud. En marzo de 1933 desembarcó en Viena, se instaló en un hotel y a razón de una sesión diaria, hizo su “gran viaje” con el profesor, forjando una relación -analítica y afectiva- que duró hasta el final de la vida de Freud.

Entre-vista: adelanto de la Obra en palabras de los protagonistas

Alfredo Grande: Yo con el teatro tengo una relación de muchísimo tiempo. Mi padre fue actor de teatro, siempre cuento lo mismo pero como recién nos encontramos… Yo estuve en el debut teatral de Héctor Alterio en Nuevo Teatro, en una obra de mi papá. Tengo 69 años y desde el 2007 empecé a hacer regularmente unipersonales, hice cinco unipersonales; y desde el año 1983 hice lo que ahora sería una performance -en esa época esa palabra no se usaba- en una escuela de graduados, la Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados; y he escrito varias obras. Esta obra partió de una propuesta que me hizo Florencia Farías. Florencia pensó que podía contar conmigo, cosa que para mí fue un orgullo. Es una obra potente. Nosotros la hemos retrabajado, lo que se diría ‘revisitado’, para adaptarla al criterio estético del director, con nuestra anuencia total porque creo que esta obra, escrita por Antonio Quinet -realmente una persona sensible e inteligente, un psicoanalista brasilero-, admite distintas puestas. Siempre hay algo nuevo para ser encontrado, siempre hay varias formas distintas de explicar una situación psíquica y, por lo tanto, siempre hay distintas miradas estéticas sobre un mismo texto. En este caso, la mirada fue muy penetrante y modificó no tanto el texto, la letra, la palabra, pero sí la secuencia se la hizo más dialogal. De entrada, los personajes interactúan, y creo que eso nos dio tanto a Hilda (Florencia) como a mí una posibilidad en el poco tiempo, porque evidentemente la obra transcurre en una hora y el público tiene que sentir que es más. La posibilidad de crear un vínculo de mucha intimidad. Creo que es una obra desde una perspectiva vincular y eso a mí personalmente me interesa mucho. Digo ‘vincular’ en el sentido de que está muy centrada en lo que le pasa a los dos personajes. Ser dirigido por Rafa, trabajar con Florencia, es algo nuevo. En ese sentido, yo estoy muy ligado. He interpretado obras de otros autores pero no con tanta frecuencia. Así que para mí es una experiencia importante. Creo que además forma parte de algo que yo ya he escrito hace muchos años, la continuación de la terapia por otros medios. El consultorio es un escenario también y a veces el público es solamente el paciente o por ahí el público es el oralista o cada uno es público del otro. Y esto de la escena de lo dramático, tanto como catarsis pero también como elaboración, está presente tanto en el fundamento del teatro como de la psicoterapia. Son distintas formas de plantear lo mismo. Todo lo que se ve es lo que se ve pero hay más que no se ve, y eso que no se ve hay que hacerlo aparecer de alguna manera; esa es la tarea del arte.

Iara Bianchi: Retomando lo que mencionabas sobre la terapia en relación al teatro. ¿Hacés role playing como terapeuta?

A.G.: Yo trabajo mucho lo grupal, soy docente, soy psicólogo social, trabajo con grupos operativos, trabajo en dinámica de grupos. Ayer, por ejemplo, dí una charla en la escuela de Pichón Riviere. Era una charla pero la modalidad fue muy interactiva. Creo tener mucha percepción de las reacciones, pesco pequeñas situaciones, las convierto en lo que yo llamo ‘analizadores’, y de esa manera se pasa de lo manifiesto a lo latente. El trabajo con role play como terapeuta no lo hago, o sí lo hago pero sin planteármelo. Soy muy gestual, muy expresivo. A veces los pacientes me piden diván para no mirarme porque ya no soportan mis morisquetas, y en ese sentido hay un juego de roles dentro de la terapia. He escrito contra la neutralidad psicoanalítica, una negación maníaca de la implicación. Cuando uno trabaja, trabaja uno, es decir, trabaja uno como sujeto; no como sujeto de una teoría sino como un sujeto de una historia, de una ética, de una política, donde sea. Son cosas para pensar… pero si vos me preguntaras si yo arriba del escenario soy otro completamente diferente a dentro del consultorio, y no. Hay pacientes que me dicen ‘¿por qué mirás así?’ Una intervención puede ser un gesto. Hay diferencias, por supuesto, pero no es que no tengan nada que ver. No es que soy psicoanalista ahí y acá soy actor.

I.B.: No tendrías la disociación de una personalidad múltiple…

A.G.: No, tengo una personalidad múltiple. No sé si es disociación. La multiplicidad sí tiene que ver, es múltiple. Pero es interesante tu comentario porque la cultura actual, que yo llamo ‘cultura represora’, te exige ser genio, en general ni siquiera genio pero sí figura y hasta la sepultura. Ese es el mandato que te dan y es un mandato represor. Somos mucho más de lo que creemos que somos y esto es fiel al pensamiento freudiano. ¿El inconsciente qué es? Está lleno de roles, de sujetos que tal vez nunca conoceremos, nunca terminaremos de conocer. Considero que no hay ninguna necesidad de disociar, ni siquiera operativamente. Creo que sí son distintas formas, organizaciones del lenguaje del institucionalismo, de presentar el mismo fundante. Es una actitud, te diría. El actor, el autor, el director, provoca en el espectador un estado muy especial que puede ser catártico, elaborativo; y eso es lo que buscamos en el consultorio. No oculto mis emociones frente al paciente, cuando las tengo, cuando son auténticas. No quiere decir que digo ‘ay lo que me dice es desgarrador’, pero no oculto. Freud lo decía: ‘se sofocan las emociones’… Lo peor de las emociones sofocadas es que no tienen un retorno. Hay un retorno de lo reprimido pero no hay un retorno de lo sofocado. Como no hay retorno de lo sofocado, te sofocás. Y eso es todo el capítulo de las enfermedades en el cuerpo. Por ejemplo, hoy tengo una infección en la pierna, así que algo estaré sofocando.

I.B.: Freud en algún momento dijo algo así como que no hay mejor alivio que unas palabras amables. En palabras de Freud: ‘’La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas.’’ Quizás la palabra ‘poeta’ marcó algo desde el amor. ¿La cura de Doolittle tiene que ver con el amor?

Florencia Farias: Sí, yo creo que ha sido -por lo menos lo que mostramos en la obra- una cura por el amor y una cura por darle su lugar de sujeto; donde ella pudo desplegar su fantasma, sus alucinaciones, sus delirios y él le decía ‘qué lindo lo que usted dice, qué bien que lo dice’, sin ningún tipo de represión en eso e inclusive desplegando toda su sexualidad tan particular que tenía. No tenía ningún problema en amar a hombres, mujeres, en hacer tríos y ahí aparece un Freud dando lugar a todo esto de una manera muy generosa, sin ningún tipo de prejuicio, sin ningún tipo de sanción, ni que estaba bien ni que estaba mal. Nosotros hacemos bastante hincapié en el vínculo entre ellos, que es un vínculo de admiración y amor. Esto se ve en los escritos de Hilda Doolittle, mucha admiración que nosotros lo llevamos más a lo teatral pero creo que ha sido una transferencia totalmente sostenida por el amor y donde Freud representaba el padre, el amante, la madre, todo.

I.B: ¿Históricamente habrá sido así o se trata de una versión que se hizo de Freud en cuanto al amor de Freud por Hilda? Jugando a fantasear, ¿lo habrá demostrado de esa forma, sin tantas represiones?

F.F.: Eso no lo sabemos, no queda explícito en el libro de Hilda. Acá hemos tratado de darle algún giro un poco más teatral.

A.G.: En realidad el concepto freudiano de realidad histórica se opone, es un registro distinto, a la realidad material. Yo te diría que seguramente nada de la nada viene, es un refrán de Pasteur muy útil, ‘de la nada nada viene’; y si se llega a un espectáculo teatral que plantee esto, de algún lugar vino. Lo que pasa es que cuando hablamos de amor, si hablamos de amor sexuado nos cruza un rayo superyoico a todos, pero el fundamento del amor es sexuado, Freud lo dice claramente. Por eso, en relación a tu pregunta sobre la cura por el amor, yo también pensaba ‘el amor por la cura’. No siempre hay amor por la cura. Freud dice que los pacientes muchas veces prefieren la angustia neurótica a la angustia real. Cuando enfrentan su miseria real se refugian en la neurótica porque es menos grave. Digamos, la miseria real es mucho más angustiante que la neurótica. Hay que tener amor por la cura, amor por zafar de todos los beneficios secundarios que nos otorga la enfermedad, que es lo que realmente sostiene la enfermedad -el beneficio secundario- y eso es lo que de alguna manera Hilda, como poeta, afrontó. La parte que dice que se va de su pueblo natal porque se enamoró de Francis Gray, rompe los beneficios secundarios. Entre el beneficio primario y el secundario rompe el secundario y se va, en esa época, con esa mujer a otro país.

F.F.: Es una cura freudiana-lacaniana. Creo que es muy interesante todo el juego que hace ella en relación a las palabras. Cómo juega con romper las palabras y el significado y como un significante la lleva a otro significante. Me parece muy interesante lo que va pasando ahí, donde él queda incluido en su síntoma. Esto que decimos los lacanianos, que no hay análisis posible si el analista no queda incluido en el síntoma, me parece que se ve bárbaro acá cómo va rompiendo con esos significantes y Freud queda incluido en la transferencia totalmente. Me parece que inclusive Freud le dice cuál es su síntoma. Es un síntoma que tiene que ver con la poesía, con ‘usted es poeta’. La nombra de una manera y esto era lo que ella traía como inhibición, no podía escribir.

I.B.: ¿Habrá ayudado en algo Hilda Doolittle en la cura de Freud también?

F.F.: Yo creo que sí. Hemos tratado de mostrar algo de esto, un Freud totalmente torturado por lo que estaba pasando, por esta realidad tremenda de la amenaza nazi, de tener que irse, y llega una Hilda tan desprejuiciada y enamorada de él. Me parece que le da una vitalidad importante. Incluso lo que permanece en ellos, y esto sí aparece bien en su libro, es la correspondencia y las cartas que él le sigue escribiendo. Indudablemente alguna marca produjo.

*Iara Bianchi, agradecida espectadora de su arte.

Dramaturgia: Antonio Quinet

Elenco: Florencia Farías, Alfredo Grande

Dirección: Sebastián Raffa

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