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Imagen: Ariadna, Venus y Baco, por Tintoretto, 1576

EN EL HORIZONTE DEL ANÁLISIS: EL AMOR, EL DESEO, EL GOCE.*

Después de casi cincuenta años dedicados a la práctica del psicoanálisis, me animo a compartir con ustedes ciertas cuestiones, que surgen no de la Erlebnis desde la vivencia, sino desde la Erfährung, desde lo que llamaríamos la experiencia entendida como esa reflexión que se adjunta en un antes y un después a nuestra práctica. Me recuerda esa frase de Lacan cuando dijo “El analista es al menos dos”, el que sostiene su práctica y el que de esa práctica establece su reflexión teórica.

Creo que atañe, más allá de lo que puede ser para mí una inquietud singular, al porvenir del psicoanálisis, que si bien depende de los modos en que la cultura responda a su malestar, también y esencialmente de lo que los psicoanalistas podamos desplegar para la vigencia de esta práctica inédita en la historia de la humanidad y que apenas tiene un siglo de existencia.

Comienzo, entonces, por las cuestiones que quiero acercar a ustedes.

¿Por qué se acentúa, por momentos casi pareciera una moda, el rechazo al amor, y es tan solo subrayado como engaño, trampa y fracaso?

¿Por qué se desconocen otras fórmulas, propuestas en la enseñanza lacaniana, como aquella que dice que amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es? ¿Por qué o bien se la desconoce, o se hace de ella una lectura sorprendente, afirmando que es la prueba de que el amor implica el intercambio irrisorio de la nada?

¿Por qué se desconoce esa otra fórmula de la enseñanza de Lacan, la que dice que por el amor sublimación el goce condesciende al deseo?

¿Por qué se igualan los lugares donde Lacan afirma “La femme c’est le symptome” con el lugar donde él se esmeró en aclarar que su ortografía es otra y por lo tanto su sentido también cuando dice “La femme c’est le Sinthome”?

¿Por qué se ignora todo el capítulo, la clase del seminario “Le Sinthome”, donde Lacan habla de la relación entre el hombre y la mujer?

¿Por qué se desconoce, en consecuencia, que en esa clase nos dice que cuando el Sinthome repara el nudo en el lugar de la falla “hay relación sexual”?

¿Por qué se acentúa, respecto del goce fálico, que el deseo en el que se sustenta deja al sujeto en tal insatisfacción que implicaría una eternización del anhelo que en tanto insatisfecho sería una desgracia, idéntica a la que significaría que no se logre un goce absoluto?

Y podría agregar otras cuestiones. Por ejemplo se subraya el sin-sentido de lo Real, el fracaso del análisis centrado en el sentido y se desconoce –no se la cita- la frase del seminario “Le Sinthome” que dice que nuestra tarea como analistas es devolverle al analizante el sentido.

A todas estas cuestiones se responde despreciando el valor de la palabra, reduciéndola al lugar del engaño. Y, entonces, se ofrece una sola alternativa posible: el encuentro con lo Real y su sin-sentido.

Para sostener estas tesis, también se excluye una cita expresa, casi al final en su enseñanza, de su seminario titulado “L’insu que sait de l’une-bévue s’aile à mourre”, en la cual Lacan, oh sorpresa, habla de la interpretación, de su valor de verdad, de la conjunción poética de sonido y sentido.

¿Qué sustento tiene la univocidad de estas acentuaciones, de estas omisiones, de estas tristes conclusiones?

El Inconciente es radicalmente Inconciente, y su destino es doble: retorna y vuelve a ser reprimido.

La historia del psicoanálisis lo demuestra: ¿no fue acaso la razón del “Retorno a Freud” al que Lacan nos invitó ante los avances adaptacionistas de la Ego-Psychology?

Que el deseo persista por una insatisfacción incompleta del goce al que apunta, es razón aceptable para que algún filósofo lo cuestione. Es conocida la posición de Foucault, quien desconfiaba de la falta en el origen del deseo y rechazaba su concepto mientras reivindicaba, en un neo-vitalismo, la búsqueda de más placer. Su amigo, Gilles Deleuze, lo calmaba, diciéndole que no había que rechazar al deseo, pero que él tampoco aceptaba su causa en la falta sino en la fuerza positiva de la vida. ¿Qué nos dice la posición de estos dos grandes pensadores que admiramos por sus textos valiosos? Que el saber no resguarda del rechazo a la falta, del rechazo a la castración. No los resguarda a los filósofos y, digo, tampoco a los analistas.

Que el amor no sea el paraíso, no lo torna despreciable.

Que pueda ser el engaño del “dos hagamos uno”, no lo iguala a su banalidad en versión rosa.

Que la interpretación no sea suficiente no la hace innecesaria.

Y así, en múltiples capítulos, donde se ejercita la represión que marca al viviente humano en su incompletud, la que lo incita a devenir si supera su horror. ¿Horror a qué? Horror a la castración.

Y sin embargo, encuentro en cada uno de estos autores, aún en los filósofos, en sus afirmaciones, razones que merecen su despliegue.

Pues es cierto que el amor puede ser una falacia, que la palabra puede ser una estafa, que la interpretación del sentido es un fracaso, que el deseo puede hacerse síntoma, que el analista no puede reducir su acto a la interpretación, que el encuentro-desencuentro con lo real es tarea del análisis y razón de la cura.

¿Entonces?

Un despliegue de la estructura, apoyada en la experiencia y en la enseñanza de nuestros maestros, Freud, Lacan, puede orientar una respuesta sostenible que les propongo y deseo compartir con ustedes abriendo varias cuestiones.

Que el Ello no es el Inconciente, afirmación generosamente desplegada por Lacan en el seminario “La lógica del fantasma”, se acompaña de otra oposición contundente sostenida por Freud: el Trieb, la pulsión, no es el Instinkt, el instinto.

La demanda pulsional inconciente que llega desde el Otro, es la inmixión del lenguaje en el viviente, y trastoca su cuerpo, arruina su relación al instinto y lo hace contra-natura.

Expuesto a la demanda del Otro, una pregunta se perfila: “me pregunto, ¿qué quieres?”, a la cual seguirá “te pregunto, ¿qué quiero?”. Instituyentes del fantasma permiten (como lo mostrara Winnicott con su objeto y fenómeno transicional) una sustracción de goce al campo del Otro y la constitución del fantasma donde se articulará el deseo. De ser objeto del Otro, el sujeto pasará a constituir su objeto de deseo y de goce. Como objeto de deseo, la falta que lo instaura subvierte la estructura.

Subversión del sujeto, el Otro revela su incompletud y su demanda halla un coto. ¿No será esta la razón por la cual, quienes tienen pretensiones de líder, de conductor, de Führer, rechazan el deseo y hablan de su devaluación? El deseo es Odd, singular como en “La carta robada” lo escribiera Edgar Alan Poe. No hace masa.

También Lacan distinguió dos términos que en los textos de Freud a veces se hacían indistintos: Superyó e Ideal del Yo.

Mientras que el Superyó se identifica con el matema del Otro sin barrar, y se expresa en un mandato de goce, “goza, goza”, el Ideal del Yo aparece, desde el modelo óptico, como lo que distancia al Yo de su ideal, propiciando una diferencia que relanza al deseo.

Ideal del Yo, propiciatorio, es equivalente al resultado de la freudiana resolución edípica pero que Freud llamaba Superyó. Igualmente rescatamos el valor de las tesis de Melanie Klein quien hablaba de un Superyó cruel y sádico que acosaba al infans desde su inicio.

Ello y Superyó, tentaciones y mandatos, pueden, por lo tanto, pasar, o no, por el procesador lógico que llamamos Inconciente. Recuerdo la frase de Lacan: el Inconciente no es del orden del ser ni del no ser, es del orden de lo no realizado.

Si tentaciones y mandatos pasan por el Inconciente como lógica de incompletud, sufrirán la pérdida de goce que habilitará la construcción del fantasma como sostén del deseo y al Ideal del Yo como orientación del acto.

Pero habrá en todo parlêtre, tentaciones y mandatos que jamás pasarán por el procesador Inconciente. Y también regresiones que harán signo del significante del fantasma o conjunciones del Ideal con el sintagma inamovible del Superyó.

En esos casos, es verdad, la interpretación metafórica es inoperante. Requiere de otras intervenciones, en lo Real, en lo Imaginario, en lo real de la lengua que revela la homofonía, para deshacer su fixión, su fijación a un goce encubierto y vigente.

¿Y qué, entonces, del amor? Que el amor no se reduce a las palabras pero requiere de palabras, la palabra de amor. “El amor no se hace, el amor nos hace”, como dijera Julio Cortazar.

Que ofrece en la presencia un semblante, pero que no se reduce a su cubierta.

Que extrema en lo real una respuesta al ser, pero que es del ser, no más que del no ser.

To be or not to be. Error de Hamlet, o nuestro, si lo leemos en una disyunción exclusiva: nuestro ser vive en paradoja, pues se realiza por su cuota de no ser.

Paul Valery (aludido por Lacan) resaltaba la impureza del ser en la pureza del no-ser. Para nosotros, no se trata de una opción sino de una conjunción que el deseo y el goce alternan en sus tiempos.

París, mayo 2013

Isidoro Vegh

*Extensión del artículo en Imago Agenda n°190, mayo de 2015, pág. 26.

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