El 26 de junio de 1870, Richard Wagner estrena en un teatro de Munich su ópera “La Valquiria”, segunda parte de su tetralogía “El anillo del Nibelungo”.

La valquiria

por el pintor austriaco Hans Makart; colección Museo Bass, Miami Beach.

Wilhelm Richard Wagner (Leipzig, Reino de Sajonia, Confederación del Rin, 22 de mayo de 1813 – Venecia, Reino de Italia, 13 de febrero de 1883) fue un compositor, director de orquesta, poeta, ensayista, dramaturgo y teórico musical alemán del Romanticismo. Destacan principalmente sus óperas (calificadas como «dramas musicales» por el propio compositor) en las que, a diferencia de otros compositores, asumió también el libreto y la escenografía.

Wagner fue un escritor prolífico en extremo, es autor de cientos de libros, poemas y artículos, así como una voluminosa correspondencia que abarca toda su vida. Sus obras literarias cubren una amplia temática, incluyendo política, filosofía y detallados análisis de sus óperas. Entre los ensayos destacan Arte y revolución (1849), La obra de arte del futuro (1849), Ópera y drama (1851), un ensayo sobre teoría operística, y El judaísmo en la música (1850). También escribió varias obras autobiográficas, como Mein Leben (Mi vida, 1880). En sus últimos años se convirtió en un enérgico oponente de la experimentación con animales y en 1879 publicó una carta abierta, Contra la vivisección, en apoyo del activista por los derechos de los animales Ernst von Weber.

La infancia de Wagner se vio influida por su padrastro Ludwig Geyer, actor, pintor y poeta, que suscitó en el niño su temprano entusiasmo por toda manifestación artística. La literatura, además de la música, fue desde el principio su gran pasión, pero el conocimiento de Weber y, sobre todo, el descubrimiento de la Sinfonía núm. 9 de Beethoven lo orientaron definitivamente hacia el cultivo del arte de los sonidos, aunque sin abandonar por ello su vocación literaria, que le permitiría escribir sus propios libretos operísticos.

En 1854, el poeta y amigo suyo Georg Herwegh le dio a conocer las obras del filósofo Arthur Schopenhauer. Wagner lo denominaría más tarde como el acontecimiento más importante de su vida. Sus circunstancias personales (se encontraba en una situación muy precaria, marginado del mundo musical alemán, sin ingresos y con pocas esperanzas de poder representar las obras que elaboraba) facilitaron que se convirtiera a lo que él creía que era la filosofía de Schopenhauer, una visión profundamente pesimista de la condición humana. Mantendría su adhesión a Schopenhauer durante el resto de su vida, incluso cuando mejoró su fortuna.

Una de las doctrinas de Schopenhauer era que la música ostentaba el papel supremo entre las artes. Afirmaba que la música es la expresión directa de la esencia del mundo, que es una voluntad ciega e impulsiva. Wagner adoptó rápidamente dicha afirmación, que debió haber resonado con fuerza a pesar de su contradicción con su anterior punto de vista, expresado en ‘Ópera y drama’, de que la música en la ópera tenía que estar al servicio del drama.

La influencia de Wagner en la literatura y la filosofía fue significativa. Friedrich Nietzsche formó parte del círculo íntimo del compositor durante la década de 1870 y su primera obra publicada, El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música, proponía la música de Wagner como el renacer dionisíaco de la cultura europea en oposición del racionalismo decadente apolíneo. Nietzsche rompió su relación con el compositor después del primer Festival de Bayreuth, porque creía que el periodo final del compositor representaba una complacencia para con la piedad cristiana y una sumisión al nuevo Imperio alemán. El filósofo expresó su descontento con el tardío Wagner en El caso Wagner y en Nietzsche contra Wagner. Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine adoraban a Wagner. Edouard Dujardin, cuya influyente novela Les lauriers sont coupés en forma de monólogo interior está inspirada en la música del compositor, fundó una revista dedicada a Wagner, La Revue Wagnérienne, en la que contribuyeron J. K. Huysmans y Teodoro de Wyzewski.

En el siglo XX, Wystan Hugh Auden denominó una vez a Wagner «quizás el mayor genio que jamás ha vivido», mientras Thomas Mann y Marcel Proust estuvieron fuertemente influidos por él y analizaron a Wagner en sus novelas. También es analizado en alguna de las obras de James Joyce. Los temas wagnerianos se encuentran en La tierra baldía de T. S. Eliot, que contiene líneas de Tristán e Isolda, El ocaso de los dioses y el poema de Verlaine sobre Parsifal. Muchos de los conceptos wagnerianos, incluyendo su especulación sobre los sueños, son anteriores a su investigación por parte de Sigmund Freud. En una larga lista de otras figuras culturales importantes influidas por Wagner, Bryan Magee incluye a D. H. Lawrence, Aubrey Beardsley, Romain Rolland, Gérard de Nerval, Pierre-Auguste Renoir, Rainer Maria Rilke y muchos más.

No todas las reacciones hacia Wagner fueron positivas. Por un tiempo, la vida musical alemana estuvo dividida en dos facciones, los partidarios de Wagner y los de Johannes Brahms; los segundos, con el apoyo del poderoso crítico Eduard Hanslick (el personaje de Beckmesser en Los maestros cantores de Núremberg es en parte una caricatura de él), defendían las formas tradicionales y lideraban el bando conservador contra las innovaciones wagnerianas.

Desde un principio, Wagner fue arrastrado por las ideas de la revolución y el anarquismo (fue compañero de barricadas de Mijaíl Bakunin durante el alzamiento de mayo en Dresde), así como por las ideas socialistas. Dijo sobre el desarrollo del socialismo en Inglaterra:

«El esfuerzo no apuntaba acaso contra la propiedad, sino a que todos tengan algo» o «la propiedad ha recibido en nuestra conciencia social estatista una santidad casi mayor que la de la religión»

En sus últimos años se hizo presente en él un renovado cristianismo, para gran desilusión de Nietzsche, quien se inspiró en él antes y hasta su conversión, mostrándose a favor de la fraternidad de los pueblos.

Hay quienes lo tomaron por racista, de hecho hizo comentarios sanguinarios contra los judíos desde la perspectiva musical, no obstante, tenía amigos judíos. Hay varias versiones sobre esta cuestión, y palabras de Wagner tomadas en contexto y fuera de contexto. Lo que es seguro es que haya sido el preferido de Hitler, Wagner nada podía hacer con eso. Muchos autores han creído en la idea de un nacionalismo alemán en Wagner, llevándolo a sus últimas consecuencias y vinculándolo al nacionalsocialismo de más de medio siglo después. Aunque Wagner renegó innumerables veces de «lo alemán», estando su pensamiento más dirigido hacia la idea de la fraternidad y el socialismo que a cualquier forma de nacionalismo. Con relación a su posible nacionalismo, Wagner dijo sobre Bismarck (paradigma del nacionalismo alemán de su época): «Después de Sedán tenía que haber hecho la paz con los franceses. Con la prosecución de la guerra hasta las puertas de París ha separado a las dos naciones un siglo». Fueron innumerables las muestras de desprecio hacia la forma que estaba tomando la nación alemana. Richard Wagner siempre defendió el concepto de monarquía absolutista, defendiendo a la vez el derecho a la libertad del pueblo. Aspiraba a una aristocracia y un gobierno que tuviese la autoridad para hacer lo que considerase oportuno y al mismo tiempo el pueblo no estuviese tiranizado.

Alguien que ayudó mucho a Wagner:

Uno de sus más entusiastas seguidores fue el rey Luis II de Baviera, gracias a cuya ayuda económica el músico pudo construir el Festspielhaus de Bayreuth, un teatro destinado exclusivamente a la representación de sus dramas musicales, cuya complejidad superaba con mucho la capacidad técnica de las salas de ópera convencionales. En 1876 se procedió a su solemne inauguración, con el estreno del ciclo completo de El anillo de los nibelungos. Años antes, en 1870, el compositor había contraído matrimonio con la hija de su gran amigo Franz Liszt, Cosima.

Wagner y Luis II mantuvieron un intercambio de opiniones en sus cartas que se extendió a lo largo de casi 20 años (1864-1883). Durante todo este tiempo Wagner mandó al Rey 262 cartas, 15 poemas y dedicatorias (exactamente 14 poemas y una dedicatoria en prosa) y 66 telegramas (incluidos en ellos 9 poemas más). Wagner recibió del Rey 177 cartas, (entre ellas tres con poesías del propio Rey), 2 poemas y más de 76 telegramas (en ellos otro poema). En estos 598 escritos queda reflejada clara y exhaustivamente la amistad que existió entre Wagner y Luis II.

«…Neumayr (Secretario del Gabinete del Rey Luis II de Baviera) debe […] saber que yo -como artista- ni por asomo tengo la más mínima ambición, y que le he pedido encarecidamente al Rey que me deje permanecer, aquí en Suiza, seis años más, tranquilo, para que finalmente pueda terminar los trabajos que tengo en proyecto y los que tengo ya empezados. Ahora bien, el punto de vista del Rey es diferente; él es joven e impaciente, quiere ver representadas de inmediato las obras que tengo en mente, y además quiere tenerme a su lado. Esta ansiedad es tan fuerte que aconsejo, que para el bien del Jefe de Estado de Baviera -dejando completamente aparte mi interés personal- no pongan trabas a la realización de sus planes artísticos, que al fin y al cabo sólo redundarán en beneficio de su reino; lo que deben hacer es favorecerlos ya que así el Rey, más tranquilo, estará dispuesto a cumplir gustosamente los vitales y graves deberes de Estado. Tengo sus proyectos, tanto en lo que concierne a los sentimientos como a las ideas, por altamente valiosos, generosos, hermosos, dedicados al progreso de su pueblo y hasta -ésto espero- al desarrollo y consolidación de Alemania. Pero esto será, siempre y cuando no crea ver en todos los que le hablan de política unos enemigos de su pasión por el arte. Si en Alemania quedara un resto del verdadero espíritu alemán que respeta todo lo grande y noble, no serían necesarias las solapadas maniobras que intentan situar, de manera tan declarada, a un hombre como yo entre el príncipe y su pueblo».

Lucerna, 25 de octubre de 1866.

(Traducido del programa de los Festivales de Bayreuth de 1934, por Rosa María Safont.)

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