El 2 de marzo de 1972, la nave-sonda Pioneer 10 fue lanzada desde Cabo Cañaveral al espacio exterior. Hasta ese momento, de entre todas las cosas que el ser humano había tirado con anterioridad a los cuatro vientos, y eran muchas, este viajero de aluminio fue la primera que marchó para no volver. De hecho, su segunda misión en importancia fue siempre esta: no volver. La primera, por supuesto, llegar hasta donde nadie o nada había llegado jamás. Abandonó la atmósfera azul de nuestro mundo, atravesó el gran campo de asteroides, los territorios del planeta enano Ceres, llegó a Júpiter y se adentró en los abismos que hay más allá. En 1983 dejó nuestro sistema solar y el 4 de marzo de 2006, mermado ya su sistema de generadores termoeléctricos, nos envío la última señal, apenas un suspiro de despedida. Pero el viajero continúa y, aunque mudo y frío, lleva atornillado a su cuerpo todo cuanto quedará de nuestro paso por el universo. Eric Burgess, un periodista que había cubierto el programa espacial de la Pionner, tuvo la idea de utilizar la sonda como vehículo para lanzar un mensaje, con la romántica esperanza de que éste fuese recogido algún día por vaya a saber usted qué especie de vaya a saber usted qué galaxia, e interpretado como un remanente estilizado de nuestra civilización, muy posiblemente ya extinta para entonces. El célebre divulgador científico, Carl Sagan, aplaudió la idea, seguido de cerca por el astrónomo Frank Drake, y se pusieron manos a la obra para diseñar el panegírico terrestre perfecto. El sermón acabaría tomando la forma de una placa fabricada en aluminio anodizado en oro, que fue anclada con fuerza al esqueleto de la sonda. Sin embargo, la información plasmada en la placa, lo que ayudará a definir nuestra especie miles de años después de que hayamos desaparecido del universo, no fue obra de ningún hombre.

     Linda Salzman nació un 16 de julio de 1940. Escritora, pintora, guionista, directora de teatro…, su mente funcionaba de forma diametralmente opuesta a la de cualquier científico, ella pertenecía (pertenece, en realidad) a ese pueblo, el de los artistas, que crea y piensa hacia dentro, en dirección a lo que somos y nos conforma. Cuando se casó con Carl Sagan, el 6 de abril de 1968, abrió para el cosmólogo un nuevo episodio en su evolución personal. Salzman fue una tintura estimulante que llevó el pensamiento científico de su marido a un estado intermedio entre los gigantes empíricos del cosmos y la semilla abstracta de nuestro pensamiento. Era cosa imposible que alguien como ella permaneciese apartada de un programa tan osado y excitante como el que la NASA se traía entre manos. Las manos de Salzman fueron las encargadas de trazar el interior de aquella placa postrera; su pulso —el de una mujer enamorada— dio forma a la transición hiperfina del hidrógeno, a un mapa radial con el enclave de nuestro sol, a una galería con los planetas que integraban el sistema solar por aquel entonces, e incluyó un dibujo de la propia sonda. Por último, al lado de ésta, plasmó dos siluetas humanoides, las de un hombre y una mujer completamente desnudos. La presencia de la pareja podría ofrecer una idea aproximada del aspecto de nuestra especie, de sus proporciones, pero también encerraba el poderosísimo mensaje de la dualidad sexual, ya no sólo como característica biológica, sino como elemento de poder y entendimiento. Tampoco es difícil imaginar lo que aquella mujer enamorada, artista además, podía querer transmitir en un principio. Las líneas simples encerraban cierta pureza intencionada; la ausencia de ropa, la mano del hombre saludando, los sexos, simplificados pero reconocibles en cada figura, la proximidad entre ambas…Y sin embargo, no llegarían a cogerse la mano, por el temor de su marido a que los extraterrestres confundiesen la pareja con una sola criatura. Justo lo que ella, muy posiblemente, deseaba expresar.

     Pero Salzman no tardó en descubrir que sus sentimientos no sólo podían ser confusos para los extraterrestres. En el libro de Carl Sagan Señales de la tierra (coescrito por varios colaboradores del científico, entre ellos la propia Salzman), Fran Drake habló sobre la repercusión mediática que tuvo aquel mensaje encorsetado, casi estrangulado, que viaja hoy en día con las Pionner:

 La placa en el Pioneer 10 y 11 llevó, así de sencilla como era, a reacciones tanto divertidas como sorprendentes por parte de la opinión pública. (…) En el Chicago Sun-Times los redactores de esforzaron desesperadamente por retocar las partes sexuales hasta hacerlas desaparecer. El jefe de redacción de Los Angeles Times recibió furiosas cartas de lectores que culpaban a la NASA de malgastar el dinero de los contribuyentes para enviar obscenidades al espacio. También había cartas de feministas ofendidas que protestaban porque la mujer de la placa parecía ser una subordinada del hombre. ¿Estaba detrás de él? ¿Y por qué el hombre era quien tenía la mano alzada y no ella? Todo esto fue una desagradable sorpresa para Linda.

     Nadie, en ningún momento, sopesó la posibilidad de que Salzman hubiese expresado algo que latía en su propio corazón: tal vez un momento compartido con su marido, una conversación a solas bajo un cielo plagado de estrellas brillantes. Al fin y al cabo, lo que latía en su corazón era algo humano, experimentado por todos en algún momento, algo digno de erigirse como nuestro más noble representante. Claro que los extraterrestres podían confundir las proporciones del dibujo y los humanos considerarlo una ofensa. ¿Quién comprendía entonces a la pobre Linda? Estaba Sagan, sí, su compañero, con el que continuó compartiendo momentos plagados de estrellas tras el lanzamiento de la sonda. Durante años Linda le ayudó fielmente en diferentes proyectos, como la escritura de varios libros, entre ellos el recordado Los Dragones del Edén, que terminó valiéndole el Pulitzer en 1978. Con la llegada del proyecto Voyager en 1977, heredero aventajado del Pionner, se prepararon dos nuevas sondas que seguirían el mismo camino que sus hermanas del 72. Para esta nueva incursión, la NASA recurrió otra vez a Sagan y a su equipo de colaboradores, entre los que se encontraba la incomprendida Linda. Los nuevos artefactos, obviamente, eran más avanzados que los del programa anterior, y mucho más rápidos. Contaban también con su propio legado para extraterrestres, no exento tampoco de sustanciales mejoras. Si en tiempos de la Pioneer fue lanzada una rudimentaria pizarra garabateada (desde el corazón) por Linda Salzman, el programa Voyager pensó en un disco de noventa minutos, bañado en oro, repleto de instrucciones grabadas en la superficie y con un ambicioso contenido sonoro compuesto por piezas musicales, ruidos de la naturaleza, saludos en cincuenta y cinco idiomas y rarezas como el electroencefalograma de una mujer enamorada. Los compases fueron extraídos del corazón de Ann Druyan, escritora y divulgadora científica, además de amiga íntima de Carl Sagan y de su mujer, Linda, y fueron lo suficientemente significativos para que el fogoso divulgador entendiera el mensaje y abandonara a la que había sido su fiel compañera hasta entonces.

¿Qué podían hacer los incomprendidos pinceles de Linda contra aquel redoble de tambor? Su marido, que además de genio reconocido fue un auténtico cohete multietapa en lo que a mujeres se refiere, lo tuvo claro: los extraterrestres pueden hacerse un lío, los humanos ofenderse y los genios hacer como que no han visto nada.

Hoy en día, Linda Salzman trabaja como guionista de televisión y dirige teatro; enamorada de su hijo, de la vida y, seguro, de las estrellas. Mientras, las Pioneers continúan su viaje allí arriba, quién sabe hacia dónde, enarbolando la imagen de un hombre y una mujer totalmente desnudos, honestos, sin nada que ocultar. Delante, más allá de la heliopausa, viaja la Voyager I, el objeto terrestre que más lejos ha llegado. Con él, viajan los latidos de una mujer enamorada que supo ocultarse bajo el disfraz de amiga.

«…Mucho tiempo después de que usted y yo nos hayamos ido, todavía estarán el hombre  con la mano levantada en señal de saludo y la mujer icónica. Es un tipo fantástico de inmortalidad. Para mi mamá, específicamente, lo es en el sentido de que su arte vivirá mucho tiempo después de ella, sino que también para la raza humana en su conjunto» Nick Sagan (hijo de Linda).

 

Escrito por Rafael Lindem

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