PALABRAS DEL SILENCIO

Por Carlos Fernández Gaos

Enmudecido, amordazado, pasmado, inhibido, ausente, etc., todas imágenes de lo que llamaríamos silencio. Nada se oye, sin embargo, algo se dice, si hay alguien que quiere escuchar, aunque no sea en voces, aunque sea oblicuamente, suplementario, compensatorio; fragmentos de llanto, suspiros, miradas a ningún lugar, gestos desconcertados, balbuceos, dolencias, afecciones, lesiones, adicciones. El extenso inventario cuenta de un sujeto agazapado, ovillado en el silencio obscuro de un sepulcro que parece no tener epitafio. “Vive porque no muere, y muere porque no vive”, diría el poeta.

La vida se ha vuelto dolor por las palabras que faltan, a veces, tan sólo para poder decir que faltan. Dolor que es noticia única de existencia, de ser, de estar; dolor sin duelo, porque el contrincante a batir, vive en el Yo haciendo boca de la lesión, grito de la enfermedad, simulacro de la adicción. Recursos compensatorios de una existencia exiliada. Intentos incipientes y fallidos de compensar el muñón que da testimonio de la eficacia de la razón del poder que ofrece su palabra como poder de la razón.

El secuestro de la palabra perpetrado por la razón del poder, enmudece la palabra propia, hace un sujeto escandalosamente sujetado, hundido, rendido. El ímpetu de la palabra propia que enuncie su deseo, es acallado por la estridencia de palabras autor-izadas por un autor que no es él, palabras cuya apropiación crea un Yo ilegítimo. La sedación o la experiencia artificial, virtual, se le ofrecen como  remedio a su inconformidad, y la amenaza de catástrofe o de exclusión, en dispositivos de su domesticación, porque lo genuino es impertinente.

Pero hay también el silencio de lo ausente. Ese silencio que es eslabón perdido en la cadena trans-generacional. El sujeto está de antemano mutilado, sin poder pensarlo. Ese no es silencio por represión o por apropiación de palabra ajena. Lo ignominioso vive en la prohibición de su evocación, de su enunciado, vive enterrado en cascajos de secretos y vive en el baldío de una existencia desolada.

Lo que en una generación fue “indecible” por prohibición, una experiencia, una vergüenza, un secreto que es celosamente guardado, formará, en la siguiente, un fantasma “innombrable”, y todavía en la siguiente, será un “impensable”. Esta secuencia trans-generacional realiza un mortífero recorrido que crea un verdadero hueco en la vida psíquica. Hueco imposible de ser llenado ni con invocaciones a la memoria generacional, en tanto no alude a algo específico que pueda preguntarse. No es olvido, sino hueco en una novela familiar que se construye solamente como borde fragmentado. No es ausencia de inscripción, sino de algo que inscribir que insiste encriptado, como lo llamarían Abraham y Torok.

En estas condiciones el sujeto vive la ausencia de algo que permita unir los fragmentos de un sentido estallado en un tiempo que le es ajeno. Cabal vacío local que convive, o mejor, “conmuere”, en las entrañas de lo que ha podido gestionar en su tiempo como continuo y consistente, e irá consumiendo el sentido trabajosamente forjado en sus bordes, configurando lo que será un deseo imposible de realizar, como lo llama Hugo Bleichmar, pero que, no obstante, pondrá en acto como intento de sustitución de esa parte arrancada a su ser que nunca vivió en su carne.

Algo falta al Yo que no alcanza a tomar nota de los signos que vaticinan sus tropiezos. Transcurre dando tumbos entre las complacencias circunstanciales y las afecciones y dolencias. Las primeras, registradas en el inventario de los logros, sin otorgarles el valor compensatorio o reivindicativo que podrían tener, y las segundas, en el de los accidentes o desgracias propias de la vida. Pero falta nombrar lo ausente que insiste desde su cripta; rostro, palabra, sentido que cierre el orificio por el que escapa otra biografía posible, y que en cada nuevo tanteo, irá cavando, con despropósito, la fosa que ha de dar albergue al cuerpo ocultado; el de la vergüenza, el del horror, el del sufrimiento, el del goce.

El Yo se ha formado en el exilio de su linaje, con la ausencia, con el silencio de un cadáver ignoto que desde la sepultura que ofrece el cuerpo del vivo, reclama un epitafio, que quizá podría ser: “La sombra del silencio cubre al Yo”. Si como dice Piera Aulagnier: “El Yo sólo puede advenir siendo su propio biógrafo”, tendría que llenar su fosa con narraciones creadas como metonimia de los fragmentos de los símbolos estallados que le han salido al paso. Pero eso no bastaría, no es suficiente un nuevo tejido de fragmentos, ni siquiera la invención de algún sentido posible como artificio encubridor.Tal es la necesidad de crear palabra, pero no como invento en la desolación, sino produciéndola en episodios nacidos en las entrañas, que sean ocasión de nuevos lazos que construyan un coro capaz de romper el silencio; ocasión que sea metáfora de los vínculos y lazos otrora sepultados. De otro modo, el reclamo será  acallado con la vida propia, aunque sea de a poco, en porciones, en pedazos, en “enfermedades del silencio” como lo llama Salamonovitz.

La palabra propia traza un curso posible, un itinerario, la posibilidad de un advenir, sí, cierto, porque el sujeto clama, con su silencio, una escucha con otro designio que le permita enunciar la palabra que instaure continuidad y sentido a su existencia. Una palabra que pueda negociar en el circuito de sus vínculos. Una palabra que represente, incluso, su ominosa y acallada genealogía.

La trama de la melancolía; esa que la terminología psiquiátrica hizo equivaler con la depresión, es distinta, sí. Depresión no es lo mismo que melancolía. La depresión puede ser fase de un duelo. El propio Freud,  refiriéndose a la diferencia entre el duelo y la melancolía había dicho “… en el duelo, el mundo se ha hecho pobre y vacío; en la melancolía eso le ocurre al Yo mismo … [ ] la sombra del objeto cayó sobre el yo”, y esta conclusión no es del orden de los signos a los que refiere el término depresión, sino que implica todo un andamiaje conceptual muy diferente de los referentes comportamentales y orgánicos con los que la psiquiatría suele ver la depresión.

En la melancolía el Yo queda oculto, silenciado bajo la sombra del objeto perdido, objeto que puede ser esa historia impensable que pudo haber conformado su referente identificatorio. “El suicidio sería el homicidio de ese otro que nos habita”, dice Salamonovitz, sí, pero no es necesariamente otro objeto, sino historia que ese otro mantuvo indecible, el de esa historia encriptada. De ese modo el suicidio, acción o acto, podría ser la manera de apropiarse de su historia, aunque sea poniéndole fin. Fin de un Yo densamente empañado por la sombra de lo perdido.

Algo fue prohibido enunciar, perdió su nombre y horadó la continuidad de la historia y de las biografías en ella inscritas. El homicidio se consumó antes, se prohibió hablar de él, se borraron las huellas, y queda sólo una inquietante extrañeza cuando se está en el lugar de los hechos de la historia familiar. Ni siquiera hay a quién matar. No hay referentes suficientes para una identificación posible, el saldo es, tan sólo, el pasmo, un sujeto en suspensión, mirándose en las miradas plagadas de puntos ciegos.

Identificación imposible, biografía horadada, en suspensión. Suspensión de un sujeto que aguarda que alguien lo inscriba en un proyecto que haga posible su palabra. Espera que insiste aberrante en la enfermedad, en la adicción, cabales prótesis sustitutivas de su imposibilidad real, como llamado, como súplica de que ese objeto, escena, episodio, acontecimiento, muestre su rostro.

“Melancolía” es el nombre del padecer la imposibilidad de vivir su propio deseo, porque éste está enajenado, le es ajeno, está aplastado bajo la sombra del silencio; es el nombre que tiene el vivir un deseo de desear propio, deseo incumplible, irrealizable, porque lo propio requiere ser creado, requiere de una obra de arte, del “arte de llorar en coro”, porque somos nos-otros.

La sociedad perversizada no es proclive al coro polifónico al que me refiero, cada integrante se erige en solista, pero engañadamente (engañada-mente) porque en esa pretensión se hace cómplice de silenciar la polifonía. Una vez más la razón del poder se ha hecho pasar por poder de la razón, fijando las reglas y alcances de todo coro posible.

La renegación asoma las narices para sostener el precario lugar autorizado por la razón. La acción de enlace para poetizar en coro con otros, está también en puntos suspensivos. La aniquilación del otro, de lo otro, ha sido un brutal saldo de la domesticación por la razón del poder, y el duelo por ello lo hacemos en coro por 43 voces enmudecidas (*), por miles de mujeres masacradas, y mucho más.

 

(*)Referencia a la tragedia de la desaparición y asesinato de los estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero, México. Tragedia que los reportes oficiales no han esclarecido aún con suficiencia.

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