Herbert Morrison, periodista radiofónico estadounidense, y el ingeniero técnico Charlie Nehlsen habían sido asignados por la cadena WLS de Chicago para narrar la llegada de la nave a Nueva Jersey, como una prueba en la grabación de noticias para una difusión posterior.

La narración de Morrison empezó normalmente, pero cambió de manera drástica cuando el dirigible comenzó a arder:

¡Oh, la humanidad, y todos los pasajeros gritando alrededor!. No puedo hablarle a la gente… no puedo, señoras y señores. Escúchenme, voy a tener que parar durante un minuto porque esto fue lo… lo peor que he visto nunca.

El final del Zeppelin. El desastre del Hindenburg, 6 de mayo de 1937.

Es posible que el transporte más llamativo que haya existido alguna vez sea el zeppelin.

Lamentablemente este tipo de aeronaves goza de mala fama. Y es lógico, ya que cuando uno lee la palabra “zeppelin” inmediatamente se le viene a la cabeza, junto con la popular banda de rock británica, el famoso dirigible Hindenburg.

Tal es así que hoy hablaremos de eso, dado que un 6 de mayo, pero de 1937, el tristemente célebre zeppelin ardía en llamas al intentar aterrizar en Nueva Jersey para dejar una huella imborrable en la historia de la aeronavegación.

Para explicarlo de un modo simple, el dirigible es un tipo de aerostato con “bolsas” cargadas de un gas de menor densidad que el aire para poder elevarse y mantenerse. Los más conocidos y coloridos son los globos aerostáticos que logran altura mediante gas o aire caliente. Los dirigibles, tal como lo dice la palabra, son guiados y por ende un poco más sofisticados.

Entonces si hablamos de sofisticación, tenemos que ir directamente al LZ 129 Hindenburg, bautizado así en honor a Paul Von Hindenburg, militar y presidente alemán entre los años 1925 y 1934 (y predecesor de Adolf Hitler).

Esta nave se disponía a ser la evolución de las anteriores utilizadas a fines del siglo XIX y principios del XX. En 1909 Ferdinand Von Zeppelin creó la empresa DELAG, primera aerolínea comercial de la historia, lo que dio pie a numerosos vuelos durante esos años, incluyendo tareas de relativa efectividad durante la Primera guerra mundial (si bien se utilizaron para lanzar bombas en territorio enemigo, la mayoría quedaron fuera de uso por accidentes y ataques).

El LZ 129 Hindenburg se presentó como una opción más amable, cómoda y lujosa a los aviones de la época, prometiendo unir Europa y América en un viaje de pocos días y logrando de esa manera una especie de crucero por los cielos.

Es así que este modelo llevó a cabo el primero de sus vuelos en marzo de 1936. A estos le siguieron 17 cruces del Océano Atlántico y un sobrevuelo sobre el estadio principal de Berlín durante los Juegos Olímpicos de ese mismo año, importante evento de propaganda nazi para mostrar al mundo su poder.

El zeppelin era una enorme bestia de hierros y cuerdas de casi tres cuadras de largo y forma de pez. Pesaba 200.000 kilos y era sostenido por 160.000 metros cúbicos de gas almacenado en 16 balones independientes. Éstos se podían abrir o cerrar desde el comando.

Entre sus comodidades figuraban 25 cabinas de dos pasajeros cada una, salón comedor, bar, sector para fumadores y dos galerías adornadas con pinturas y grandes ventanales con vista al mar para distracción y esparcimiento de los pasajeros.

Podría decirse que estaba todo pensado, pero no fue así. Durante los años 30 la exportación de helio (gas ideal para estos transportes) fue vetada por Estados Unidos, único país con reservas importantes de este gas por aquel entonces.

Ante esta situación, los científicos alemanes decidieron utilizar hidrógeno, gas altamente inflamable. Estaban convencidos de poder manipularlo de forma correcta. Por desgracia se equivocaron.

La noche del 6 de mayo de 1937, luego de tres días de volar sobre el océano y proveniente de Frankfurt, el Hindenburg llegó a la estación aeronaval de Lakehurst. Por el mal tiempo los pilotos tuvieron que esperar unas horas e improvisar algunas maniobras para lograr un buen descenso. Al mismo tiempo, una fuga en los depósitos de hidrógeno por los conductos de ventilación provocó el desastre. Al parecer, la nave estaba cargada de electricidad estática debido a la tormenta y, al amarrarla a la torre de la estación, hubo conexión a tierra. Como consecuencia, el zeppelin se prendió fuego debido al gas inflamable y en pocos minutos se destruyó por completo.

A pesar de la magnitud del accidente y de su espectacularidad (basta ver las fotos del momento), el costo pudo ser más grave. Murieron 35 de las 97 personas a bordo. Algunos se salvaron por la velocidad de sus reflejos y la frialdad de su mente, ya que saltaron del vehículo poco antes de impactar con el suelo. Increíble. Otros pasajeros, en cambio, se quedaron adentro, pero la ruptura de los depósitos de agua hizo que cayera encima y los protegiera de las llamas.

Aún así el desastre fue el certificado de defunción para los dirigibles de este tipo.

La difusión mediática fue enorme. El momento estaba siendo filmado y fotografiado por el periodismo y presenciado en vivo por público que había ido a ver la llegada de la gran atracción alemana. Al día siguiente la noticia comenzó a regarse por el mundo entero y la imagen del zeppelin en llamas quedó como uno de los íconos que ilustran el siglo XX.

Años después, y luego de finalizada la Segunda guerra mundial, la compañía de Ferdinand Von Zeppelin cerró sus puertas.

Hoy en día existen algunos dirigibles (o zeppelines, sinónimos a esta altura) que difieren de los originales. Tienen una estructura rígida y estable, construida en aluminio y fibra de carbono, dado a que son elementos resistentes e ignífugos. A su vez usan gas de helio no inflamable y se elevan por un sistema de válvulas similar a las de un submarino. Estos zeppelines modernos vuelan sin pena ni gloria de un lado a otro como transporte de carga u objeto de publicidad de grandes marcas, pero nunca llegaron a masificarse como se pensó en una época. Tal vez en algún momento suceda pero por lo pronto habrá que conformarse con el recuerdo de la historia y mirar cada tanto al cielo con la ilusión de ver uno.

Escrito por Pablo Reda

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