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Ernst Neufert y un legado mal comprendido…

El lunes 23 de marzo de 1936, el arquitecto alemán Ernst Neufert publicaba «Arte de Proyectar en Arquitectura», un libro concebido para ser una herramienta de diseño. Contra la voluntad del autor, la impericia de sus colegas hizo que se transformara en un arma para matar nuestra calidad de vida.

Alguna vez te preguntaste ¿por qué entre los pies de la cama y la cómoda hay solo 30 centímetros? ¿Por qué la mesada de la cocina te parece baja? ¿Por qué sin importar el tamaño del baño, al abrir su puerta pega en el inodoro? ¿Por qué en los ascensores dice capacidad 8 personas y entran solo 6 y apretados? Esto y otras miles de pequeñas incomodidades cotidianas se deben a Ernst Neufert.

A decir verdad, no fue su responsabilidad, Neufert era un destacado arquitecto alemán egresado de la Bauhaus y colaborador del maestro Walter Gropius. Estaba obsesionado por el tiempo que perdían los diseñadores en encontrar datos tan simples como el largo de un tenedor, la altura de una botella o el ancho de un cristiano con los brazos extendidos.

Con el objetivo de normalizar el diseño, dedicó gran parte de su vida a medirlo todo, y entiendan que la palabra «todo» no pretende dar una vaga y aproximada sensación de mucho, lo midió todo. Mensuró al ser humano en todas las posiciones posibles, incluso en algunas inverosímiles hasta para un contorsionista. Recopiló los tamaños de todo objeto utilizado por hombres y mujeres en su vida cotidiana, —cotidiana para principios del siglo XX—.

Si bien la intención de Ernst era dar una herramienta útil, el resultado no fue el esperado. Con un ejemplar en manos de cada arquitecto, en vez de una ayuda se transformó en una religión. Los racionalistas lo enarbolaron como el nuevo testamento del diseño. Las medidas que Neufert enunciaba como mínimas se tomaron como norma, así fue que nuestra comodidad se fue al demonio.

«El hombre realiza objetos para servirse de ellos, por eso las medidas están en relación con su cuerpo.»

Puertas más angostas que nuestras caderas, alacenas con la profundidad igual al diámetro de un plato, mesas para 4 personas pero a las que mejor no se les ocurra comer y dormitorios donde nos sentimos oprimidos fueron los primeros coletazos de su publicación. Cuando Neufert informaba que una percha con un saco colgado medía 56 centímetros, los arquitectos interpretaban que el placard no necesitaba más de 60 cm de ancho y así nos fue.

Las mediciones de Ernst, no se circunscribieron al hogar, y por consiguiente su flagelo tampoco. El largo del mango de un paraguas, molinetes asesinos, puertas giratorias endemoniadas y la tortuosa separación entre asientos del transporte público son consecuencia de la malintencionada interpretación de su información.

Otro gran problema era que el libro valía una fortuna, por ello nos tenía que durar toda la vida. Esto nos alejaba de las muchas ediciones posteriores aumentadas y corregidas. Durante décadas circuló su primera edición que vio la luz cuando aún no se había inventado la televisión; por eso era imposible encontrarle un lugar en los hogares y mucho menos en un dormitorio. Menos mal que inventaron las TV planas para alivianar la conciencia de Ernst.

Pese a que los formadores de arquitectos insisten en utilizar su información con responsabilidad y criterio, aún pueden verse desatinos como semipisos de 200 metros cuadrados con baños diminutos como los de complejos de viviendas sociales, y con la misma distribución que hace 80 años. Cada vez que abras una puerta, prendas una luz, cierres una ventana, te agarres de una baranda, tomes una ducha o te sientes a comer, todo lo que tocaste estaba en esa posición gracias a Ernst Neufert.

Escrito por Gabriel Dantuono

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