Edgar Allan Poe nació en Boston en Enero de 1809. Huérfano a los tres años y de mente inquieta e indomable, de muy niño sabía de memoria extensos textos y poemas, como por ejemplo aquellos de Walter Scott, los que recitaba apasionadamente para las ocasionales visitantes amigas de Francis Allan (su madre adoptiva) quienes no se cansaban de escucharlo cuando acudían a su casa a la hora del té. También le gustaba juntar flores y pasaba con ellas  horas… observándolas y estudiándolas. Cosas como éstas ya hablan de alguien peculiar.

El caso es que voy a pasar a desarrollar una parte de la vida del poeta que haría poner los pelos de punta a más de uno en esta época. Se trata de un hecho que provocó océanos de elucubraciones entre los biógrafos de Poe.

En marzo de 1834 fallece John Allan, el padrastro de Edgar, ambos nunca lograron fecundar una buena relación. De todas formas y aunque resulte raro, algunos analistas aseveran que fue ese acontecimiento el disparador para que Edgar se pusiera de novio y luego se casara con su pequeña prima carnal, Virginia (”Sis” la llamaba Poe) de catorce años, todo bajo el consentimiento de la madre de la pequeña, Mrs. Mary Clemm, quien adoraba y acogía en su humilde hogar de Baltimore a su sobrino. Claro que a Mrs. Clemm le sobraba cariño mas no dinero, con lo cual cualquiera puede deducir la situación.

Se sabe que nada extraño para esos tiempos era que una mujer se casase a tan temprana edad, pero en este caso la relación familiar hizo que la boda raye el secreto y cuente con la ausencia de Mrs. Clemm con el fin de no irritar aún más al resto de la familia.

Otros investigadores de la vida del poeta abonan la hipótesis que la causa del matrimonio de Poe con su prima fue para protegerse de la relación con otras mujeres, pues sostienen que lo verosímil es suponer una inhibición sexual de carácter psíquico, que obligaba a Poe a sublimar sus pasiones en un plano de ensueño e ideal, pero que a la par lo atormentaba al punto de exigirle una fachada de normalidad social, y el casamiento con “Sis” se la suministraba.

Quizás pueda certificar esto, el hecho que después de la muerte de “Sis” sus amores retornaron al carácter furtivo, en extremo apasionados, pero siempre ambiguos que supieron poseer.

En la cabeza de todo poeta habitan los Cristos y los demonios también, imagínense ustedes en la de Poe.

Volviendo a los hechos, sucedió que Virginia estaba deslumbrada, adoraba a su primo y la maravillaba la idea de casarse con aquel hombre que se estaba ganando un prestigio (en ambos sentidos claro). En cuanto a Edgar, como en su obra, a él le sobran enigmas, por eso fue éste el misterio que todos los estudiosos de sus hábitos trataron de desentrañar.

Lo cierto es que su cariño por ella fue entrañable y la acompañó hasta el final.

La situación económica seguía empeorando para los Poe y Edgar tuvo que viajar a Richmond para incorporarse a la redacción de una revista (Southern Literary Messenger) en la que anteriormente había salido a la luz Berenice (1). Allí ganó algún dinero merced a otras publicaciones que se continuaron y aunque escasa la paga, puedo ayudar a Mrs. Clemm y a Virginia, quienes esperaban en Baltimore.

Por esos días la salud de Edgard no era la mejor y el opio y el alcohol se hacían cada vez más frecuentes en él. Una medida de Ron lo llevaba a una lucidez y locuacidad asombrosa con la que impresionaba a sus oyentes pero el siguiente trago lo internaba en la más terrible de las borracheras de las que le costaba días recuperarse y lo inmiscuía en situaciones sumamente desagradables. Esto conllevó a la pérdida del trabajo en la revista, pero como el editor lo estimaba volvió darle otra oportunidad con la condición que trajera su familia a su lado y dejara de frecuentar los duendes del alcohol.

Los esposos y Mrs. Clemm se reunieron en Richmond y desde las columnas del Messenger su fama fue acrecentándose, tanto por sus críticas ácidas y despiadadas, como por la publicación de algunos folletines de Arthur Gordon Pyn (2).

Parecían días de gloria, merced a la pluma de Poe la revista había octuplicado la tirada de sus ejemplares. En paralelo decide casarse nuevamente pero esta vez en público y rodeado de su círculo de amistades, Virginia seguía encantada. Pronto las recaídas en la bebida y el efecto aplastante que ella  producía en él, lo alejan del trabajo y decide incurrir en las mecas de las letras Americanas (New York y Filadelfia). En ese orden la familia se instala en ambas ciudades. Era el tiempo de la depresión económica en el país, el dinero y la actividad literaria le mostraban a Poe su peor rostro. Abandona New  York  rumbo a Filadelfia. Allí la suerte pareció sonreírle, al menos momentáneamente. En medio de las apariciones de algunos de sus cuentos, Ligeia (3) y La caída de la casa Usher (4) es nombrado asesor literario de la revista Burton, aunque por aquellos días su obsesión pasaba por tener su propia revista. De todos modos aceptó el empleo y tiempo después, aunque ya alejado de Burton, pudo mejorar la situación de Virginia y su madre rentando un digna casa en la afueras de la ciudad. Hay innumerables testimonios del mutuo cariño que los primos/esposos se brindaban y de las atenciones de Poe para con su tía y viceversa.

Como si se empecinara en no dejarlo disfrutar, el destino lo condecora con un colapso nervioso. Atraviesa días terribles sin que “Sis” se mueva de su lado, se repone y accede al cargo de director literario de la revista Graham. A pesar de estar bajo dominio patronal, es este período de Edgar sumamente creativo, cosa que se vio interrumpida cuando Poe y los suyos estaban en su casa y Virginia, con su simpatía de mujer-niña, mientras cantaba tocando en el arpa algunas melodías del agrado de Edgar, súbitamente se cortó en una nota alta y la sangre comenzó a brotar de su boca. Tuberculosis en “Sis” y Edgar en un barco sin timón. La sintió morir y se vio muerto también él.

Los desequilibrios, los estimulantes y el alcohol eran ya una constante de la que no le importaba salir. Quedaban al desnudo todos sus demonios de la mano de las continuas borracheras que lo arrastraban a las sabidas consecuencias.

Otra vez las penurias económicas aturdían sus oídos. Paradójicamente encontró un caballero dispuesto a financiarle su propia revista. Viajó a Washington para dar una conferencia y así conseguir suscriptores pero no se resistió a la invitación de unas copas de oporto, el resto fue lo de siempre, un hombre querellándose con todos en la calle e insistiendo en hablar con el presidente de los EE. UU. Sus amigos  tuvieron que meterlo en un tren de vuelta,  pero lo peor fue que el potencial financista del proyecto se atemorizó de manera tal que no quiso volver a saber ni de Poe ni del tema.

Remordimiento y miseria recorrían el imaginario de Edgar pero el Escarabajo de oro (5) es premiado y su literatura sube otro peldaño. De todos modos ya nada quedaba por hacer en Filadelfia, poco dinero, enemigos literarios que Poe se había ganado por sus críticas pero sobre todo, eso irremediable en “Sis” lo perturbaban hasta el delirio.

Decide partir con Virginia hacia Nueva York dejando a su tía en una humilde casa de pensión hasta reunir algún dinero que vuelva a unirlos a los tres.

Un nuevo interludio favorable se presenta cuando el New York Sun le compra un relato y lo publica en edición especial, El camelo del globo (6) Ese período en Nueva York marca el resurgimiento del Poe poeta. Nuevamente juntos los tres, Poe logra juntar algo más de dinero y deciden trasladarse a las afueras de la ciudad por el bienestar de la salud de Virginia, pero en el invierno deben volver al centro a causa de haber obtenido un empleo, sumado a la inminente aparición de El Cuervo (7). Al ocurrir esto último, las oscuras letras del poema, su misterioso mensaje y la aureola maldita del autor, se confabularon para exponer ante el mundo la imagen del romanticismo en Norte América. La poesía estaba de fiesta; todos hablaban de Edgar Allan Poe. El público quedaba extasiado en cada conferencia, Poe parecía hipnotizarlos y la crítica se rendía ante él.

Pero en Marzo del ’45, ante el agravado estado de Virginia, volvió a sumergirse en el alcohol y cayó en el mayor desequilibrio anímico que se le haya conocido.

Sin desmerecer a Virginia, quien le brindaba su inquebrantable amor y esa conjunción angelical de mujer-niña, Edgar necesitaba embriagarse de algo más que de alcohol. Así conoció y cayó en los brazos de la poetisa Mrs. Osgood, quien unió a su gracia el condimento intelectual capaz de medir a Poe en su justo valor de creatividad.

La relación, por así llamarla, fue fugaz debido a los rumores y a que también Mrs. Osgood se encontraba afectada por la tuberculosis. Así pues, ella misma se obligó a retirarse de la escena. Podría decirse que ese año fue para Mr. Poe el de mayor brillo y oscuridad a la vez. Al siguiente, Poe se mezcla entre los escritores más conocidos del ambiente New Yorkino (los literatis) a quienes conocía bien y los veía siempre en poses mezquinas. Harto de esa hipocresía, sus críticas despiadadas no se hicieron esperar y cayeron sobre ellos. El poeta había puesto de rodillas a todo ese establishment y no se lo perdonarían.

Querellas y deudas apremiantes, una nueva mudanza a las afueras de la ciudad, Virginia moribunda, las dádivas de sus admiradores y los esfuerzos de Mrs. Clemm por darles de comer, cercaban los ánimos de Poe pero no torcían su cariño y el cuidado por “Sis”.

Virginia murió a fines de 1847 y a Poe se lo vio siguiendo el cortejo envuelto en la vieja capa de su época de cadete militar, único abrigo de la cama de su mujer durante meses. La ausencia de Virginia fue seguida por semanas de semiinconsciencia y el delirio frente a ese mundo en el cual ya no estaban ni su prima, ni su compañera, ni su esposa. Las tres eran la misma: Virginia…

… Aunque quizá en el ideario de Edgar Allan Poe, no.

 

Referencias:

(1) Cuento sobrenatural 1835

(2) Novela 1838

(3) Cuento Gótico de Terror 1838

(4) Cuento sobrenatural 1839

(5) Cuento analítico 1843

(6) Cuento ciencia Ficción 1844

(7) Poema Narrativo 1845

Algo más:

Quizá sea preferible ese desesperado bien consciente de su inconsciencia, con una botella de vino entre las manos y los ojos clavados en el cielo, que ese correcto involuntario que dócilmente, cada día, se pone en marcha con la alarma de un reloj.

(Escrito N° 288 – Del libro “El eterno grito de la existencia” – Sentencias Viscerales III – Centro Cultural Borges 2011)

 

Escrito por Sergio Abaldi

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