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DE CABALLOS, DAMAS Y VIEJOS…

 

La función de la tyché, de lo real como encuentro –el encuentro en tanto que puede ser fallido, en tanto que es, esencialmente, el encuentro fallido– se presentó primero en la historia del psicoanálisis bajo una forma que ya basta por sí sola para despertar la atención, la del trauma.
Ahora tenemos que detectar el lugar de lo real, que va del trauma al fantasma –en tanto que el fantasma nunca es sino la pantalla que disimula algo absolutamente primero, determinante en la función de la repetición–; esto es lo que ahora nos toca precisar.
Jacques Lacan (“Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”. Paidós, 1986)

(Des)encuentro con lo real. Es en el Seminario 11 donde Lacan, en un tópico que Jacques Alain Miller establece bajo el subtítulo “Lo real como trauma”, se aboca con singular denuedo a situar las diferencias entre tyché y automatón, conectando estos dos operadores con el tema que nos ocupa.

Para ilustrarlo, apelaremos a un ejemplo construido. Imaginemos que estamos en los bosques de Ezeiza, donde existen establos en los que alquilan caballos para paseo. Se trata de caballos habituados a efectuar el mismo circuito una y otra vez a lo largo de meses y meses que, en ocasiones, significan años. Supongamos que un hombre, no demasiado avezado en el arte de la equitación, renta uno de esos caballos y se adentra en el bosque siguiendo las directivas del caballo, pero suponiendo que es él quien guía la marcha. En determinado momento el equino tira a su jinete y se da a la fuga entre los árboles. El hombre, un tanto golpeado y confuso, empieza a caminar entre el follaje para descubrir, a poco de andar, que está perdido en medio del bosque. Mientras se hallaba tomado por sus cavilaciones, el animal aparece de entre los árboles y cruza delante del hombre a todo galope con destino al establo desde donde partió y tal como lo hiciera infinita cantidad de veces.

Ese encuentro fortuito que para el caballo connota un automatón, para el sorprendido jinete es al mismo tiempo una tyché.

Subrayemos el carácter traumático que presentan la sorpresa y la extrañeza, para evitar caer en el lugar común que designa como traumático a un episodio necesariamente catastrófico.
De allí que en lugar de separar al trauma de la fantasía, sea menester ligar, vía la mentada extrañeza, cuándo un hecho vivenciado como “externo” introduce un cierto descalabro en lo que hasta entonces había sido familiar.

Catalina y su tío. Como se recordará, se trata de una joven de dieciocho años a quien Freud conoció siendo ella camarera en una casa de comidas. Ella le refiere al maestro vienés que desde hacía dos años sufría de trastornos respiratorios seguidos de la sensación de ser tomada por detrás. La idea que viene asociada es la de la visión de una cara de horrible expresión. La asociación que acude a su mente tiene que ver con una escena en la que ella observa a su tío en una actitud indecorosa con una prima suya. Allí Catalina tuvo vómitos y ahogos por primera vez.
En un episodio que antecede al precedente encontramos a Catalina en la cama y a su tío acostándose detrás de ella, lo cual revela que lo traumático se vincula a una excitación excesiva, a la vez que a una simbolización deficiente. Al dar aviso de lo acontecido a su tía, el revuelo familiar emergente hizo que su tío la mirase de allí en más con evidente furia. De allí la cara horrible que la mortificaba en sus fantasías actuales.
Se trata, en Catalina, de pensar en la fecundación retroactiva de las dos escenas para situar allí a lo traumático.

Intoxicación simbólica. El presente subtítulo evoca a una expresión que acuñé hace tiempo y que tiene por objeto plantear que, más allá del acontecimiento, estamos enfermos de lenguaje.
Graciela, una joven y exitosa abogada a quien atendí hace muchos años, llega a consulta presa de una gran amargura, fruto de la inminente separación de sus padres. Ella, hija única de una pareja añosa, se acercaba a su treintena viviendo con sus padres y sin contar en su haber con pareja alguna.
Aparentemente, la situación desencadenada en su casa, se habría disparado a partir de una acusación de infidelidad que la madre había vertido sobre su marido, padre de Graciela. Mientras la madre la hacía partícipe de la situación, agrega un comentario obsceno: “Tu padre hace ocho años que no me toca”. La paciente se pregunta absolutamente consternada “¿cómo es que si tenían problemas de alcoba, no me lo dijeron antes?”. Según refiere, era de práctica que en el triángulo familiar no existiesen (al menos hasta ese momento) grumos, secretos, ni tampoco diferencias entre lo público y lo privado. El modo enunciativo que ella utilizó fue ambiguo: “mi papá sale con otra mujer… (que mi madre)”. Cuestión que, ligándola con el planteo virulento y despechado que a partir de ese episodio descerraja sobre su padre, podría escucharse como: “Mi padre sale con otra mujer… (que yo)”.

El estatismo del fantasma se vio conmovido por cierta irrupción de un real desestabilizador.
A lo largo del proceso, cuenta tres escenas enhebradas por el protofantasma denominado por Freud seducción.

En el primero que relata (pero que es cronológicamente último en la serie), ella tenía 16 años de edad y se hallaba en la cocina de su casa en medio de una comida familiar en la que, entre otros, estaba invitado Juan Carlos, un hombre de 65 años amigo de la familia y que se caracterizaba por ser un bebedor consuetudinario. Al percibir Graciela la presencia de Juan Carlos a sus espaldas, se siente tensa y el hombre comienza un aparente diálogo baladí para desembocar en preguntas y comentarios de neto corte intimista: “¿y, tenés novio?”; “sería bueno que cuando decidas perder la virginidad lo hagas con un hombre mayor y con mucha experiencia…”; “¿te dijeron que tenés una cola infernal?”. En ese interín ella percibe que el hombre se acerca por detrás y ella lo encara anteponiendo entre ambos el cuchillo con el que cortaba la picada que iban a servir. Luego de ello, y mientras el hombre vuelve al comedor, ella se retira a su habitación y cuando la madre acude a buscarla le relata lo acontecido, frente a lo cual la madre no le cree y la conmina a volver a la mesa en la que tenía lugar la reunión.

El segundo episodio, acontecido cuando ella tenía aproximadamente 7 años de edad, la tiene por protagonista de un juego conocido como “ico caballito”. Juego que le proponía Don Andrés, un vecino muy mayor que todos los días iba a tomar mate a su casa. Ella dice darse cuenta de que en ese juego había algo malo y sucio, aunque no se daba cuenta de qué se trataba, pero recuerda lo que hoy definiría como la clara excitación de él. Cuando ella le dice a la madre que no quiere jugar más con el vecino, ésta procede de modo análogo a como lo haría años después en la escena descrita líneas arriba.

En el tercer episodio, Graciela, entonces de 4 años había ido con sus padres a una quinta del Gran Buenos Aires, propiedad de una familia amiga. Allí, la dueña de casa le dijo que fuera con el abuelo al galpón para ver los animales. En esa ocasión, el viejito que la acompañaba le preguntó si quería ver a la vaca. Ella accede y el hombre la alza para que se pare en una tranquera que le permitiría ver al animal desde arriba. Es allí cuando la paciente siente que el viejo le toca “los cachetes”. No es ocioso destacar que a la hora de consultar, Graciela padecía también de una rebelde rosácea en sus mejillas…

La evidente relación existente entre las tres escenas relatadas había abierto camino en su adolescencia a un asco recurrente cada vez que un hombre mayor la miraba, ya fuera en episodios laborales, en transportes públicos, etc., y aunque ningún indicador “externo” llenara a esas miradas de lascivia. Al relatar esto, profiere una frase que, al modo de un axioma fantasmático enunciado con manifiesto fastidio, hipotecaba desde antiguo su sombría vida afectiva: “¡No hay nada que hacer… con los viejos no se puede!”. Axioma diametralmente opuesto al agieren que la trajo a consultar, a saber: La endogámica creencia de que con “los viejos” se puede…

Oscar Lamorgia

Texto publicado en FENÓMENOS PSICOSOMÁTICOS, PARTICULARIDADES. Ricardo Vergara 2013.

REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA:

Lacan, Jacques: Tyche y automaton. Seminario 11. Paidos. 1987

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