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Imagen: La maja vestida, de Francisco de Goya

EL CUERPO DE LA INTIMIDAD: EL PUDOR

 

El pudor es la única virtud del psicoanálisis. Al menos, eso dice Jacques Lacan en su seminario Les non-dupes errent. El motivo es evidente: ante el horror de que no exista la relación sexual, sólo nos queda el pudor como velo. No obstante, ¿qué quiere decir que no hay relación sexual?

El famoso slogan “No hay relación sexual” –que recorre toda la última enseñanza lacaniana– remite a algo más que el malentendido estructural entre los sexos, o bien a la falta de simetría que hace que para hombres y mujeres el Otro sexo sea… la mujer, lo femenino como pregunta por lo “hetero” al goce fálico (afectado por la castración). Sin embargo, Lacan también afirmaba que “La mujer no existe”; por lo tanto, pareciera que el problema inicial se habría duplicado, ¿cómo entender esta segunda sentencia, por demás provocadora en un contexto signado (fines de los ’60) por el avance de los movimientos feministas?

En efecto, hay mujeres (en plural). No hay esencia de lo femenino, mucho menos un goce que se fantasea como hiperbólico y que se localiza en el corazón del fantasma de los neuróticos. El falicismo de la neurosis no consiste sino en la suposición de La mujer, aunque siempre lo haga a través de una versión parcial y degradada. A ese Otro absoluto –en el sentido de que “otra” mujer nunca hace serie con la anterior–, que no se confunde con la absolutización de la alteridad, sólo puede accederse a través de la identificación con alguna satisfacción fantaseada.

Para dar cuenta de esta última cuestión, pongamos el más cotidiano de los ejemplos. Luego de una primera cita, los protagonistas se despiden y en los días siguientes responden a ese encuentro fortuito de forma discrecional. Para el varón, se tratará de la puesta en cuestión de su potencia, si pudo (o no), a nivel de la destreza o performance. Para la mujer, en cambio, la inquietud suele versar en torno al modo en que se efectuó la entrega, demasiado precipitada o esquiva, pero siempre en función del lugar que ocuparía como objeto (“Va a pensar que soy…”). Porque, en última instancia, no hay un Just in time de la relación sexual.

No hay relación sexual. La mujer no existe. Sólo hay formas íntimas de responder a eso, pero ¿cómo hablar de “eso” (que muchas veces divide al sujeto, por ejemplo, a través de la vergüenza)? He aquí que cobra su vigencia la referencia al pudor. Un error corriente en la concepción ordinaria del psicoanálisis (que incluso pudo cometer un filósofo prestigioso como Michel Foucault) radica en creer que el dispositivo analítico fuerza a la confesión. Nada más alejado de eso. Por cierto, si algo diferencia la posición del analista del acto perverso es este aspecto. Mientras que el imperativo de goce de la perversión podría radicar –en una parodización de la regla de la asociación libre– en la voluntad de decirlo todo, la actitud analítica tiene una modalización específica: no se trata de decir todo (goce de la confesión), pero tampoco cualquier cosa. Así lo entendía Freud cuando proponía que la regla fundamental se formularía mejor en términos clínicos cuando invocaba a decir… “eso” que preferiría no decirse.

Sin embargo, ¡pareciéramos haber llegado a un círculo vicioso! Porque justamente en esa indicación de la “preferencia” –que puede leerse claramente en las primeras páginas del caso Dora, y que revitaliza el sentido de la regla analítica como asociación “libre” (en la medida en que se fundamenta en una elección del ser hablante)– se topa con los diques psíquicos: vergüenza, asco y moral. En este punto, cabe una breve digresión terminológica. En alemán, la palabra que utiliza Freud es “Scham”, que podría traducirse tanto como “pudor” o “vergüenza”. Esta distinción no se formula en la lengua freudiana, lo cual invita a pensar que fue un interés propio de Lacan el de introducir este matiz clínico. Dicho de otro modo, el pudor es una virtud estrictamente lacaniana. Porque incluso en el planteo freudiano de la regla analítica no es sencillo determinar esa línea delgada en que su cumplimiento puede forzar una barrera subjetiva.

A partir de lo anterior, entonces, cabe recuperar como un hallazgo de la enseñanza lacaniana que la constitución del sujeto obedece a la razón íntima del pudor. Esto mismo es expresado en su escrito “La significación del falo” cuando habla del “demonio del Aidos (Scham)” que surge cuando el misterio del falo es develado. Con una curiosidad que no es la de la sorpresa, es notable que Lacan –al referirse al pudor– ponga entre paréntesis la palabra “Scham” (lo cual es un modo de apreciar que estaba advertido de la disquisición terminológica que hicimos con anterioridad). Asimismo, la referencia al término “Aidos” tiene sentido en la medida en que puede ser reconducida a la palabra que los griegos utilizaban para hablar de los genitales. En última instancia, el aspecto más interesante radica que, por esta vía, Lacan destaca la subordinación de la aparición del pudor a la constitución del sujeto por el significante, en la cual el falo opera como bedeutung implícita. Aquello que altera la cadena de la asociación libre hiere el pudor, ya sea porque fuerza el decir, o bien porque fija al sujeto en su ser de objeto. Así, puede concluirse que el pudor tiene una doble pertenencia, en función de los dos nombres del sujeto: como división por los efectos del significante, pero también a través de “eso” que detiene su indeterminación intrínseca. Por cualquiera de los dos caminos, el pudor se des-cubre como un velo que sostiene la posición analítica, para que el habla no se petrifique en efectos coagulados de sentido, ni motive el reconocimiento yoico en la identificación fantasmática.

Luego de estas breves consideraciones, podemos pasar a la que seguramente es la “frase célebre” de Lacan sobre el pudor. Se encuentra en “Kant con Sade” y cabe citarla in extenso:

[La experiencia sadiana] no proyecta acaparar una voluntad sino a condición de haberla atravesado ya para instalarse en lo más íntimo del sujeto al que provoca más allá, por herir su pudor. […] Pues el pudor es amboceptivo de las coyunturas del ser: entre dos, el impudor de uno basta para constituir la violación del pudor del otro.

Son las elaboraciones precedentes las que permiten hacer de esta referencia algo más que un lema, en principio porque permiten recuperar la diferencia entre la posición del analista y el acto perverso; después, porque al enfatizar el carácter de “entre-dos” que tiene el pudor, destacan que no se hiere el pudor sino a partir de un acto precedente, que justamente apunte al levantamiento de ese velo; para lo cual es importante subrayar que un velo no es algo que cubre, sino que permite “ver a través”.

En la clase del 30 de enero de 1957 del seminario La relación de objeto, Lacan dedicó algunos desarrollos a lo que llamó “función del velo”. Podríamos introducir la cuestión a través del esquema que figura en la edición establecida:

Sujeto   /(velo)/   Objeto —— Nada

En el contexto de una exposición dedicada al fetichismo y, luego, al amor, Lacan plantea el siguiente interrogante:

¿Que puede materializar para nosotros, de la forma más neta, esta relación de interposición por la cual aquello a lo que se apunta está más allá de lo que se presenta, sino una de las imágenes verdaderamente más fundamentales de la relación humana con el mundo: el velo?

En esta formulación, mentando un más-allá-de-lo-efectivamente-presente, Lacan busca dar cuenta la situación fundamental del amor, orientada en la propiedad simbólica de un objeto que encuentra dicha valuación por ser una nada. Sigue así:

Sobre el velo se dibuja la imagen. Ésta y ninguna otra es la función de una cortina, cualquiera que sea. La cortina cobra su valor, su ser, su consistencia, precisamente porque sobre ella se proyecta y se imagina la ausencia.

En este “marco”, la nadificación del objeto en la imagen es, al mismo tiempo, una ausencia e indicador de la función simbólica que la constituye. Respecto de la operación que atrapa esta constitución del objeto, Lacan no duda en llamarla “metonímica”, lo cual puede entenderse a partir de considerar que esa ausencia inscrita en la estructura es un operador vacío. Ahora bien, si llevamos estas formulaciones –que aquí privilegian el campo de la imagen y la forma visual– al campo del decir analítico, cabría resumir esta exploración sobre el velo del pudor en los siguientes términos: el hablar respetuoso del pudor al que invita el psicoanálisis se sostiene en que no requiere decir “nada” en particular, no reclama la confesión de “hechos” tremendos, gravísimos, los restos miserables de cada uno; y esa nada que no es ningún dato objetivo (o, mejor dicho, ese “objeto nada”) se dice sin decirlo, o si cabe inventar una fórmula: “se da a decir” (como Lacan sostenía que el objeto mirada “se da a ver”), se dice en lo dicho.

Esta última precisión es la que permite entender por qué el “medio decir” de la verdad, que plantea un límite estructural a su re-velación, es un proyecto inconcluso si no se complementa con la ética del “bien decir” que Lacan propuso hacia el final de su enseñanza. En este punto puede resultar lo suficientemente esclarecido por qué el pudor es, entonces, la única virtud ética del psicoanálisis.

No obstante, para que nuestras palabras no queden en una mera disquisición conceptual, propongo un fragmento del tratamiento de una analizante para que sea la experiencia analítica la que mejor demuestre el peso clínico de pensar el pudor. Se trata del caso de una muchacha que consulta a partir de cierta circunstancia amorosa, en función de la cual comienza a repensar su relación con la sexualidad, en sentido específico, con las mujeres. Durante un tiempo carga con la incomodidad de no saber cómo comunicar su “interés” (que sería precipitado calificar como “homosexualidad”, “lesbianismo”, u otra objetivación semejante) a su círculo de personas cercanas. Lo que se le indica en este punto, es que –en todo caso– está interesada en decir algo. Habida cuenta de que tomar una posición enunciativa diferente tendría sin dudas efectos sobre su ser, surge la pregunta acerca de qué querría decir “asumir” o “asumirse”. Esta inquietud despliega la cadena asociativa por algunas semanas hasta que se desencadena un incidente. En cierta ocasión, mientras conversa por teléfono con otra chica, su hermana (con la que convivía) le pregunta con quién está hablando. “Con una amiga”, responde nuestra analizante; y la respuesta de su hermana atenta contra lo más íntimo: “¿Desde cuándo llamás ‘amiga’ a las minas que te cogés?”. El efecto es estrepitoso, aunque benéfico en cuanto a que impone la necesidad de repensar la relación fraterna y plantea la posibilidad de conmover su identificación a la imago de hermana mayor, responsable de la contención y cuidado de los extravíos de la otra. De todos modos, dejemos a un lado esta línea –que llevaría a una ampliación del material que aquí no corresponde– y vayamos al punto que nos interesa.

Al decidir la mudanza, nuestra analizante tuvo que elaborar diversas coyunturas en torno a su destino económico, dado que el departamento anterior era mantenido por los padres (que vivían en otra provincia), y en relación a cómo informar la decisión a estos últimos. Después de diversas vacilaciones, que la llevaban a parapetarse en el temor de que le preguntaran por los motivos concretos de su “elección” (con la ambigüedad con que resonaba esta indicación en sus palabras), se encontró en la situación de decirle a sus padres, luego de una reunión familiar, que había algo que tenía que decirles y que cuando fuera el momento lo haría. En la sesión descubrió la gravidez de su decir, siempre que ella había pensado que se estaba refiriendo a comunicar la mudanza que estaba planificando. La respuesta subjetiva fue sorpresiva: lo que tenía para decir, ya había sido dicho. Ante esta intervención del analista, nuestra analizante respondió con una asociación que resignificaba el carácter sintomático de la pregunta imposible por el sexo: en esos días había conocido a una chica, y por primera vez no sentía vergüenza.

Pudor y vergüenza son dos caras de una misma moneda, pero el esclarecimiento de esta última deberá quedar para otra ocasión.

Luciano Lutereau y Lucas Boxaca

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