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¿Qué hace un psicoanalista?

Un oficio sutilmente peculiar

Por Iara Bianchi

Cada gran filósofo se apoyó en uno. Los poetas son rapsodas o aedos. Ambos tenían una memoria envidiable y se dedicaban a recitar. Los rapsodas tomaban de otros, pero con un estilo personal. De ahí que un buen traductor en realidad es un maestro de la interpretación escénica, eximios poseedores de la destreza de captar la esencia de la cosa. Las traducciones no son literales, perderían su espíritu al mutar de idioma. Por este motivo, la literalidad en psicoanálisis es importante sólo en cuanto a que eso que se dijo no se tome a la letra sin la interpretación de letra que ofrece el que la dijo. De interpretar sus propias letras, cartas o menúes son un tipo de aedos y no rapsodas.

Los aedos son los que en la Grecia Antigua componían las obras que declamaban. Son inventores, los que empujan la teoría con la vara de la propia experiencia, tomando de otros, reinventando: un estilo con cifras de herrero, impresas a fuego.

Todos los poetas, en este mundo o en otro, anhelan que los lean. Unos pocos, pueden despojarse de sus ropas de protagonista y se perfilan fuera de la ceguera onanista como anfitriones de un banquete del que no es el chef principal. En determinadas circunstancias, prueba esas delicias; otras veces, las cede a quien percibe con hambre de chocolate, de una porción de metafísica.

Los enseñantes y analizantes comienzan siendo rapsodas. Una vez que llegan a poder interpretar lo dicho por un semejante, éxtimo, íntimo, es cuando se abre la posibilidad de enfrentarse con su gran Otro, el prójimo forastero que reside en sí mismos, divididos por la interpelación de un ajeno exótico. Calculan y recalculan para la audiencia que escuchan desde sí.

Valga la aclaración que no es un pase de un estado a otro. Es un paso lo que resuelve una aporía que se torna posible en la parcialidad de superación del malentendido constitutivo “entre” —si fue capaz de aprehenderlo como uso implicado de su propio “entre”, de sus contradicciones y paradojas—. En estas condiciones es cuando una muestra se logra transmitir, rebotando hacia uno, sabiéndose tres: el que transmite un deseo, el que se sabe con un cuerpo y el que trata de que el interjuego se haga carne inconsciente, se haga movimiento.

Ahora bien, el caminar no hace nuevos caminos sino el caminante. Hay un paso que forjan algunos caminantes, otro tipo de aedos. No resisten archivo, cambian. Son esos los aedos que realmente pueden escuchar, que distinguen cadencias y ruidos en los silencios, que transgreden la barrera del ser escuchados, para permitirse el “entre”: ese lazo invisible que hace efecto boomerang. No siendo amos, no convocando rebaños, no esperando ecos. Dejándose sorprender por el suceso que vaticinan sin seguridad cierta, lanzan señales al mundo y reciben lo que llega; y luego el vaticinio se hace verdad, por un momento, hasta la próxima verdad que nada tiene que ver con certezas. Un aedo curtido de sabores no desprestigia a los rapsodas porque sabe de buena tinta que es el rapsoda de su vida. Y entonces también es escuchado, es referente, pero no porque tenga un saber insabido sino porque busca la verdad, la encuentra, le llega, la ocupa, le duele, le da placer, la deja ir… Piensa con viejos elementos vueltos a nuevos, indagando, no sabiendo qué va a encontrar de antemano. Y si es atenta la mirada sobre lo que habla, se percatan que dice, que hace acto y mella a la vez. No obstante, suele ser el que tiene una audiencia selecta salvo venga signado por carisma y dotes de ironía de máscara. Disfraz que utiliza para que su mensaje traspase vientos y mareas. Diferencia a los aduladores de trajes y a los que ven las minuciosidades de su confecciones y se involucran en el proceso. “Quizá sea bueno agregar aquí un botón y allí coser un doblez”. Se sirva o no de los artificios del show, los aplausos no lo cautivan. Quiere encuentros reales, responde a la demanda si es verdadera. ¿Quiénes quieren encontrarse con su verdad? Algunos raros. Lo guía el deseo de verdad, como causa y como horizonte al que va acercándose en cuerpo como paralelas que se cruzan en el Polo Norte. Las palabras son ese cuerpo, y en esas palabras se juega la vida. La vida así cobra un sentido, uno que alcanza, uno necesario. Se presta como espejo a quienes no tienen imágenes; se viste con mil pieles que cubren temporariamente a un tercero. Consiente esa prestación mientras augure un encuentro en los hielos del Norte. Está consciente que retirará los amenities apenas lo considere oportuno. ¿Estafa? No. Muletillas a medida, hasta su acto final: el fugitivo no huye más, construye una piel más propia; y el aedo se deja caer casi al unísono que se desploman las vestiduras de ambos. Portando lo más excéntrico de sus seres, se ven el uno al otro en una desnudez no obscena. Nunca hubo un sujeto supuesto saber, hubo un sujeto supuesto verdad. “Sabe de los misterios”, esa es la verdad que le suponen: su pericia en sabores. La ficción queda al descubierto: “sabe sobre la existencia que vivió y tal vez de ello extraiga una pizca para la mía”. Y finalmente hay un encuentro, una ficción desmantelada y vuelta a confeccionar con retazos de manteles de hilos auténticos, únicos: dos aedos que pueden escuchar sus palabras y más allá de ellas ¡han nacido!.

Dadores de atención flotante focalizada, agrietadores de certidumbres, exégetas de singularidades y de la fineza de las sutilezas que fermentan en las hiancias, expertos en huellas de laberintos palimpsestos[1] que fraguan una memoria de salida pisando lo inevitable, memoriosos de marcas que engañan al pasado con el empeño de abrirse paso a lo más real de la fantasía, creyentes de la coexistencia de varias escenas, escépticos cínicos de lo perfecto o lo doctrinario, libres pensadores sin ideologías, seleccionadores de utilidades no mercantilistas, descartadores de hipocresías con pliegos elaborados adrede, conocedores de su ignorancia, accionistas de su ética sin vuelto de inversión, apostadores a lo grande con cálculos que no son medidas, donadores de espacios de escucha atenta y miradas afables o faltantes, amantes y amados con las condiciones de la contingencia y las adecuadas precauciones, evaluadores de sus juicios más íntimos, examinadores de las piedras que les aprietan sus zapatos, detectores de los grandes detalles de los gestos sonoros, codificadores de lenguajes extranjeros, exterminadores consensuados de contratos que pactan horrores, humildes trabajadores de una labor que conmueve, empáticos con locuras que toleran límites, honestos radicales que se topan con heridas no cicatrizadas, acompañantes en dolores indecibles, prestadores de sentidos cuando se presenta el sinsentido, incentivadores de preguntas que propician puentes, desestabilizadores del statu quo de normalidades enajenadas, marcadores de incoherencias que obturan y de valores desvalorados, facilitadores de convivencias bien avenidas, aliviadores del tiempo, co-creadores de contextos para respirar mejor, avisadores de que la cadena más fuerte lo es tanto como su eslabón más débil y que “débil” es un significante de otro significante, guardianes de fortalezas frágiles, testigos y registradores de una historia habilitados por una confianza ganada… Humanos que se hacen cargo de su humanidad. Personas que tratan con personas.

Estos aedos se serenan al perder lo que conocen está perdido desde el vamos o lo que viabilizaría un destino incierto, pero, aún así, más prometedor. Son otros cada vez, en la que se re-conocen y se arriesgan al azar, no sin máculas, con ojos bien abiertos. Duermen lo imperioso o ineludible para estar despiertos y obtener su cuota alimentaria de disfrute. Saben que ahogados ya no son interés del agua, y el agua no sería de su preferencia. Eso sucede cuando se tiene mucho de algo y poco de lo que hace falta. Un tanto mojados, otro tanto secos, equilibran como pueden una balanza inexacta, avanzando por el lapso de substancia llamado vida. Enterados de sus fallas, de sus agujeros, de sus laceraciones; son responsables de su cuidado, su sanación, sus oscuridades, sus puntos ciegos, sus goces, sus deseos. Habitan su cuerpo, respetan los cuerpos; y no simplemente los llevan encima.

 

NOTAS

[1] Palimpsestos es una palabra derivada del griego antiguo que significa “grabado nuevamente”. Son manuscritos que conservan las huellas de una escritura anterior en la misma superficie, intencionalmente borrada para hacer espacio a una nueva. Una nueva marca se presenta ante la huella borrada, que una vez tuvo carácter de marca. No todas las marcas son susceptibles de borramiento, de tornarlas huellas. Y no todo nuevo escrito deja una nueva marca. Hay sí en hartas ocasiones, bajo el verbo de la insistencia espiralada, nuevas marcas donde las huellas que allí antes respiraban se perciben tan difusas al punto de perder su forma y su valor de escritura, como un fax que no requiere de alcohol para desaparecer, se desvanece de lo cotidiano a fuerza de una imprenta más potente, aunque la reescritura se trate de un olvido. La repetición y reescritura no confluyen en los rieles de una banda de moebius, caras distintas de un mismo sentido. Lo simbólico impactado por lo real y puesto en vigas por la imaginario, se sirve de las letras prestadas para reordenarlas y resignificarlas observando la ventana o la puerta que antes era pura pared. La mejor salida es el punto de entrada, para salir diferente si los espejos del laberinto no retienen cual canto de sirenas o los ruidos de sirenas; depende de los gustos o los goces. Una vez fuera de ese laberinto, hay un camino que se va haciendo a pasos, que llevan consigo un estilo de pisada. Y se alcanza a observar, en alguna circunstancia posterior, el laberinto desde el exterior, desde un helicóptero… “Parece fácil”. Se olvidan con suerte y trabajo del penar del sentirse encerrado. Ahora conocen la superficie y su gran profundidad. Habrá otros laberintos, distintos. La victoria de alcanzar una salida se verá lejana, pero ya se percatan de qué está hecha la angustia de la incertidumbre y la recuerdan, porque en realidad la viven a diario. No se sabe si se saldrá bien del otro laberinto, quizá no se salga y se disfruten los árboles del camino, o lo que se pueda; quizá  se salga esta vez con otras tácticas. Nadie borrará tal empresa realizada, ni la memoria. Las prioridades cambian; se cambia hasta dónde se puede y se quiere, y según cuándo, cómo, quién, qué. Algunos afortunados toman los nuevos desafíos como paseos de primavera. A otros les toca una lucha continua en su corta o larga vida. Los poetas no son una panacea; es una vía. Hay otras. Después de todo, la muerte nos llega a todos. La gran enseñanza de los aedos es que hay cosas peores que la muerte, que es peor estar muerto en vida. ¿Para qué saltear etapas? Y algo más: no sobre preocuparse por tonterías ni creerse que uno no hace tonterías. Y tal vez esta enseñanza aun: si las cosas no andan bien y se consigue hacer algo al respecto, el abismo de lo desconocido es la mejor opción hasta hallar una piel que sienta bien. Claro que tienen un reloj especial: unos pocos minutos de vivir bajo sus deseos y convicciones no los cambiarían por mil años de sobrevivir con disfraces prestados para caracterizar personajes con el sólo fin de gustarle a otros u obtener beneficios exclusivos para mantenerse como objetos. Lo bueno es que siempre hay un roto para un descosido, es decir, un personaje que se lleve bien con otro sin comprometer su condición de sujeto.

Ver conferencia basada en este trabajo de Iara Bianchi AQUÍ.
Iara Bianchi

Iara Bianchi 
Fundadora. Directora Editorial. Psicoanalista

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