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A los romanos les gustaba tener las cosas claras, ¡no vaya a ser que alguno se confundiera! Ni siquiera los besos zafaban.

Encima de todo, había otros tipos de besos: el «beso de cántaro», que era únicamente para los niños – los agarraban de los lóbulos de las orejas y les encajaban un beso – o el beso que se ofrecía a los emperadores, a los dioses o a los que eran muy respetados – se besaban su propia mano y se la extendían.

Como diría Obélix, «estos romanos están majaretas».

Escrito por Pepe Ivanov

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