En la conversación con su hija María, Carmen relata los hitos que la condujeron al psicoanálisis y a la decisión de ser analista.

Fragmentos del libro de Carmen González Táboas

Querida María. Cuando el psicoanálisis no es un sueño

“Necesité el tiempo de comprender que el lenguaje no está hecho para comunicar (que en realidad comunica poco y embrolla mucho) y que por suerte el síntoma nos apremia y la lengua siempre dice más y menos de lo que nuestras intenciones querían decir. Cuando admitimos eso, se va reduciendo el ruido de las cabezas, y otra relación con el lenguaje es posible”.

“¿Qué esperaba del psicoanálisis? No lo sabía. Para mí, que remitía las desgracias del ser a la maldad del Otro y esperaba la salvación de alguna parte, la imaginaba viniendo del analista. Su amor (que sólo se puede llamar edípico), debía llegarme en forma de escucha y reconocimiento. El analista se haría mi intérprete, el depositario de mi rabia y de mi queja; y el guardián de mi narcisismo”.

“Mi madre y yo nunca nos entendimos. Yo no sabía entonces que en esa lucha nos abrazábamos, y que yo necesitaba librarme de ese abrazo. Tal vez imaginé que yéndome a otro país me alejaba, cuando en realidad olvidándola la perpetuaba en mí”.

“Gracias a la lengua que nos habita, los seres hablantes estamos unos en otros, a veces inseparables, incluso si no nos vimos más, incluso si fueron borrados del recuerdo. Sin embargo están, como en los raros dibujos de Escher, en una extraña geometría sin medidas ni distancias, de objetos irrepresentables, imposibles para la común percepción. Es la Otra dimensión, únicamente accesible a los sueños, a la poesía, a la angustia, a los síntomas, al dispositivo analítico”.

“Me encontré en una encrucijada; la encrucijada era yo misma, puesta en un cruce de vientos como choque de tornados en direcciones opuestas. Pasé años así; tironeaba de un lado hasta que me ganaba el otro, después venía el próximo arrancón y volvía a caer en el anterior. Y así otra vez. Acudí a la nueva analista con la idiota idea de librarme fácilmente de ese amor que me sujetaba y me determinaba, al parecer, sin elección.

“Tardé mucho en comprender que antes necesitaba saber algo de mí, llegar a ese nudo de mí  en el que fuera posible un movimiento, otro modo de estar en mi existencia, que podría ser con ese hombre o sin él, pero nunca sin mí”.

“De la Iglesia pude saber más durante los diez años que vestí un hábito religioso. Todo eso ¿no está pasado de moda? No estoy tan segura. Muchos creen haber salido de la religión porque abandonaron sus prácticas. O porque la odian o porque la ignoran. Este libro quiere mostrar que no es tan fácil salir de la religión, suponiendo que se lo desee. Se puede hacer una religión con cualquier cosa; cualquier religión puede servir para justificar lo peor de nosotros. Diré que los nuevos síntomas pacen junto a los viejos, o enredados con ellos”.

“En este libro tan conversado con vos, María, intento emprender una tarea que necesita de la última enseñanza de Lacan, esa parte de su enseñanza en la que Lacan se preguntaba si el psicoanálisis no era un sueño. ¿Cómo tiene que ser el psicoanálisis para no ser apenas un sueño? ¿Por dónde pasa su eficacia real? ¿Cómo pasa al ámbito público?”.

“¿El sujeto? Sí, eso en mí que le buscaba la salida a un yo entontecido, confundido y desde siempre furioso. Un día, mi desencuentro con el mundo se metió decididamente por el largo pasillo de la religión, y lo anduvo, hasta cierto umbral que iba a franquear con el psicoanálisis muchos años después”.

“¿Hasta dónde puede llegar un psicoanálisis? ¿Por qué no hablar de los lugares donde puede naufragar, ayer y hoy? Yo tuve suerte. Porque finalmente algo pude saber de los confines de la experiencia y porque podía escribirlo conversando con vos. Mi larga travesía, sólo mía e imposible de generalizar, tampoco era inefable. Pero, ¿cómo pasarla a un libro, ponerla a correr mundo? Yo podía exponerme, lo elegía. Es mi locura. A mi riesgo”.

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Carmen González Táboas

Carmen González Táboas 
Psicoanalista

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