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HANNAH ARENDT Y LA BANALIDAD DEL MAL

 

La dificultad principal que la mayoría de las personas encuentra para entender la tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal expuesta en Eichmann en Jerusalén, reside en que no la han leído. Los demás argumentos, deformaciones sutiles o groseras de las supuestas afirmaciones de la autora, agregan la imputación gratuita de lo que sea. Ya la negativa a leer el libro de Arendt es un efecto, acaso el primero, del verdadero obstáculo. Éste reside en factores dependientes del principio del placer, como diría Freud. Dicho de otra manera, las personas se resisten a aceptar la tesis de Arendt porque ella hace perder un goce. ¿Cuál es ese goce?

Adolf Eichmann fue uno de los principales responsables del vasto exterminio perpetrado por el régimen nazi que afectó a judíos, gitanos, eslavos, homosexuales, y opositores políticos, entre otros. La tesis de Arendt es simple, cierta, pero inaceptable para la masa: Eichmann: era un imbécil. No era un demonio, no era un monstruo, no era un genio del mal, no era una personalidad perversa. El hombre apenas tenía personalidad, sea lo que sea que designemos con ese mal término. Era un perfecto burócrata, la encarnación más estándar de lo estándar, un funcionario hecho y derecho. Que fuera un imbécil no lo convierte en inocente ni atenúa en lo más mínimo el carácter atroz de sus crímenes. ¿Por qué para tantas personas, sostener la mediocridad de Eichmann, su imbecilidad, su falta completa de cualquier rasgo sobresaliente –incluso si fuese perverso- es equivalente a exculparlo? Hubo en la historia líderes criminales que tenían una gran personalidad y que por ello son objeto de debates interminables. Arendt sostiene que no hay grandeza de ningún tipo en Eichmann, ningún destello demoníaco o perverso. El caso Eichmann da testimonio de las consecuencias atroces que puede tener la mediocridad en el poder. Es lo que Claudio Magris llama “el kitsch del mal”. Eichmann es kitsch, “trucho”, un imbécil que era pura funcionalidad. El funcionario por excelencia, como él mismo lo afirmaba. ¿Qué goce es el que se pierde al aceptar la inanidad de Eichmann? Es el goce de entificar el mal, de hacerlo consistir, de demonizar al personaje haciendo de él un Gran Personaje –cosa que no era-. Hay una íntima satisfacción en la idealización, y lo central es captar que esa idealización bien puede ser negativa. Ese es un motivo. El otro es que la tesis de Arendt apunta a la forma en que funciona el poder en la era post-paterna, y eso es algo que nos concierne a todos  en la actualidad. Es evidente que la forma control del poder hace que no sea necesario ser un monstruo para perpetrar actos monstruosos cuando el aparato burocrático está en juego.

MARCELO BARROS

Texto publicado en MarceloBarros.com.ar

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