“Va y viene a todas partes, con una cara franca y la cabeza en alto, bien vestido… Es un hombre de unos 40 años como máximo, buen mozo de aspecto saludable y vigoroso, de piel muy morena y ojos vivaces. Lleva una peluca corta de color castaño. Por lo que me han contado, tiene un carácter descarado y despectivo; pero, sobre todo, tiene mucha labia y, por consiguiente, es ingenioso e instruido…”. Este retrato, realizado por un agente de la inquisición veneciana, es de los pocos que se conservan de Giacomo Casanova.

Cuando hoy día se le dice a un hombre ‘’Casanova’’ se le atribuye cierto éxito con las mujeres. ¡A no confundirlo con un Don Juan! Este último mítico y un ‘’engañador’’ de mujeres, el primero, en cambio, un personaje real y un amador.

Giacomo fue un viajero incansable, un hombre que emprendió arriesgados negocios, que tocaba el violín y escribía con pasión. Frecuentó los salones más lujosos de su época, fue desterrado y estuvo preso, protagonizando una memorable fuga. Siempre volvió a Venecia. Fue espía y terminó sus días como bibliotecario. En sus Memorias se lee un profundo respeto por la condición femenina, actos de nobleza y de amor, y ningún esfuerzo por ocultar el dolor y la tristeza que le causaron las pérdidas y los vaivenes del amor.

Casanova nació el 2 de abril de 1725 en Venecia. Hijo de la reconocida actriz Zanetta Farussi y de Gaetano Casanova, quien asumió la paternidad de Giacomo, así como de sus tres hermanos menores, aunque nunca quedó claro, a decir de la madre, que él fuera el auténtico padre de la prole. El futuro seductor tuvo una infancia difícil, pues pronto quedó huérfano de padre, mientras que su madre se embarcaba en constantes giras teatrales, dejando el cuidado de sus hijos en manos de la abuela materna. Casanova fue un niño precoz dotado para la cultura. De frágil constitución, aprendió muy pronto a escribir y leer en italiano, francés y latín. Según su propio testimonio, perdió la virginidad a los 11 años, cuando se encontraba en Padua recibiendo clases del doctor Grozzi. Al ser un adolescente de mente clara y despierta, su madre intentó que siguiera la carrera eclesiástica.

No obstante, era evidente que el joven no había sido llamado para el camino religioso.

Aunque entró al servicio del cardenal Acquaviva, sus constantes escarceos amorosos y una presunta implicación en el secuestro de una dama acabaron con su incipiente proyección eclesiástica, con lo que dió inicio a su trasiego viajero por Europa. Desde entonces, trabajó en multitud de trabajos, fue secretario, predicador, alquimista, jugador, director de loterías, violinista, soldado en el ejército veneciano y espía.

Viajó por toda Europa, logrando la confianza o la amistad de mucha gente importante y creándose fama por su ingenio y encanto con las mujeres. Fue favorito en la corte de Luis XV, rey de Francia, y amante de la marquesa de Pompadour.

En 1785, Casanova se retiró al castillo de un amigo a escribir sus memorias, (publicadas póstumamente en 12 volúmenes, versión abreviada 1826-1838; edición completa en su original francés en 1960, porque entonces era el idioma más conocido y hablado en Europa). Sus grandes dotes de seductor quedaron registrados en esa obra.

Escribió durante 8 años hasta 12 horas al día y le dió vida a uno de los libros más leídos de la literatura mundial: más de 4000 páginas de vida que no sólo nos brindan la oportunidad de comprender cómo se comportaba el maestro de la seducción para conquistar a una mujer sino que también nos ofrece un escenario cotidiano excepcional de la sociedad del siglo XVIII.
En sus memorias habla de historias de amor con 132 mujeres diferentes, pero todos los expertos coinciden en el hecho de que son sólo las más importantes porque en realidad hubo muchas más.

Giacomo Casanova falleció el día 4 de junio de 1798 en el castillo de Dux actual Duchcov (República Checa), convertido en el arquetipo del libertino ilustrado que seduce y estafa mientras habla de metafísica.

“Reconociendo que durante toda mi vida he actuado más a impulsos de los sentimientos que obedeciendo al resultado de mis reflexiones, he creído reconocer que mi conducta ha dependido más de mi carácter que de mi razón, que habitualmente han sido opuestos, y, en sus choques constantes, nunca me pareció tener una razón a la altura de mi carácter ni un carácter a la altura de mi razón.”

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