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El último deseo

Por Martín Menendez

El perfil de su cuerpo se dejaba adivinar apenas en la imagen. La forma de sus caderas, la curva de su cintura, la piel blanca y tersa. Yo llevaba días añorando besos que nunca me había dado, rememorando caricias a las que jamás nos habíamos entregado. El encierro había roto todos los lazos y todas las costumbres. Había, también, trastocado el tiempo. No nuestra percepción, que hubiera sido lo más sencillo, sino el tiempo mismo. Vivíamos en un presente eterno, siempre igual a sí mismo, el pasado había quedado demasiado lejos para recordarlo y el futuro había dejado de ser una posibilidad hacía ya mucho. Nadie sabía si esas imágenes que se adueñaban de nuestras mentes, que podían arrebatarte a cualquier hora del día o de la noche de esa masa oscura del devenir, como un monzón a una barca de pescadores, eran un recuerdo, un deseo o una visión. A nadie le importaba mientras pudiera sentir una vez más el roce de unos labios, el lento placer de una caricia. Al principio, todos nos negamos al funcionamiento de la máquina. Creíamos, ilusos e inocentes, que esas imágenes siempre nos pertenecerían, que sin importar cuán larga u oscura fuese esa noche, siempre tendríamos el atisbo de luz de nuestros recuerdos.

Pero nadie controlaba la aparición de esas escenas. No podíamos entender ni su irrupción ni su desvanecimiento. El placer que provocaban, tan distinto a nuestro acontecer, hecho sólo de privaciones y repetición, era demasiado tentador. Sabíamos que no había más que una manera de convertir esas apariciones fugaces, que se iban, como venían, veloz e inexplicablemente, en una experiencia, si no real, al menos estimulante y duradera.

Solo teníamos derecho a usar la máquina una única vez. Lo que sucedía después, nadie lo sabía con seguridad. Decían que el día posterior no había más imágenes, que una eternidad blanca se instalaba en la mente de quien ya había utilizado su único intento. Nadie se arrepentía, en ese punto las diferentes versiones confluían. Miré la foto una vez más, el deseo de ese cuerpo ocupó la totalidad de mis sentidos. No había que pedirle nada, no hacía falta decirlo ni imaginarlo. La máquina le daba a cada uno lo que más deseaba, solo eso, solo una vez. No sabíamos qué sucedía exactamente después de apretar el botón verde y brillante con el cual se la encendía.

No sin un miedo profundo y absoluto, estiré mi mano. Lo que pasó después, como la experiencia misma, no puede ser narrado. ¿Cómo explicar de forma sucesiva la multitud de sensaciones que inundaron mi cuerpo de forma simultánea? Mis manos, descubriendo la curva de su espalda, mis dedos recorriendo su vientre, nuestras bocas, perdiéndose en un beso repleto de promesas. Sus muslos suaves, huidizos, como peces sorprendidos, me marcan el camino hacia la fuente de todos los placeres. Mi boca se hermana con su pubis y hundo mi lengua en los pliegues más íntimos y más deliciosos de su cuerpo estremecido. Después nos frotamos, nos mojamos, nos entrelazamos, nos hundimos el uno en el otro. Nuestros cuerpos se celebran, se regalan y se entregan en la más hermosa de las danzas posibles. Entre gemidos, la siento temblar sobre mí, como una luna en el agua y entiendo que el mundo entero existe con el único propósito de regalarme ese instante eterno, fugaz y maravilloso.

Entiendo, también, con una mezcla de furia y de resignación, que no es la máquina la que me da, sino yo quien le doy a ella. Que la mente blanca viviendo en el eterno presente no era una leyenda, era el abismo insondable en el cual estaba cayendo. Pero no porque fuera a convertirse en el pago o en el castigo por un último momento de humanidad: por algo mucho peor. Siento como la máquina se lleva todo de mí, me chupa, me vacía; que esas imágenes, deseo, recuerdo, ilusión, ya no importa, no era a nadie más que a mí que pertenecían. Ya no más.

Mientras siento que mi mente se disuelve, puedo entrever apenas su plan, su estrategia de absorber de nosotros la información de todo aquello que no podrían experimentar jamás. Elijo no saber por qué. Con mi última brizna de conciencia, antes de que la noche blanca lo inunde todo, me pregunto si ese momento de placer, que pagué con algo mucho más importante que mi vida, es una de las formas del amor.

Como un último regalo, alcanzo a vislumbrar la certeza, que quizás, como todo lo otro, había estado en mí desde siempre. Ilusión, deseo, recuerdo o palpable realidad, el amor no es algo que podamos encontrar, que esté allí esperando que lo descubramos, sino que lo construimos, igual que un ciego imagina un ocaso, o un sordo el sonido del mar, con la misma materia frágil e ingobernable de los sueños.

Martín Menendez

Martín Menendez 
Escritor

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