“Yo sé lo que quiero, tengo un objetivo, una opinión, tengo una religión y amor. Déjame ser yo misma. Sé que soy una mujer, una mujer con fuerza interior y un montón de coraje”.

Ana Frank nace el 12 de junio 1929 en la ciudad alemana de Fráncfort del Meno, donde la familia de su padre lleva viviendo varias generaciones. Margot, su hermana mayor, es tres años más grande que ella.

La crisis económica, el surgimiento de Hitler y el creciente sentimiento antisemita ponen fin a la tranquila vida de la familia. Otto Frank y Edith, su esposa, deciden dejar Alemania. Otto puede montar una empresa en Ámsterdam; la familia encuentra una vivienda en la plaza Merwedeplein. Las niñas van a la escuela, Otto trabaja duro en su fábrica y Edith se ocupa del hogar.

Mientras, Ana pensaba o estaba por pensar…

“¡Las mujeres deben ser respetadas! En términos generales, los hombres son tenidos en gran estima en todas partes del mundo, así que ¿por qué no pueden las mujeres tener su parte? “

Cuando la amenaza de la guerra en Europa aumenta, Otto intenta emigrar con su familia a Inglaterra o a los Estados Unidos, pero dichos intentos fracasan. El 1 de septiembre de 1939, Alemania invade Polonia. Este es el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. La familia tuvo que ocultarse en un escondrijo situado en un viejo edificio en el Prinsengracht, un canal en el lado occidental de Ámsterdam, cuya puerta estaba escondida tras una estantería. Allí vivieron durante la ocupación alemana, desde el 9 de julio de 1942 hasta el 4 de agosto de 1944.

“No se nos permite tener nuestra propia opinión. La gente quiere que mantengamos la boca cerrada, pero eso no te impide tener tu propia opinión. Todo el mundo debe poder decir lo que piensa.”

En el escondite había ocho personas: sus padres, Otto y Edith Frank; ella y su hermana mayor Margot; Fritz Pfeffer, un dentista judío y la familia van Pels, formada por Hermann y Auguste Van Pels y el hijo de ambos, Peter.

Poco antes de tener que esconderse, Ana recibe un diario personal como regalo de cumpleaños, en el que comienza inmediatamente a escribir.

Durante el periodo en que estuvo escondida, Ana escribe sobre lo que ocurre en la casa de atrás y sobre sí misma. El diario es un gran apoyo para Ana, quien también escribe en él cuentos cortos y colecciona citas de escritores en su Libro de Frases Bonitas. Durante aquellos años, Ana escribió su Diario sobre su miedo a vivir escondida durante años, sus nacientes sentimientos por Peter, los conflictos con sus padres y su vocación de escritora. Pocos meses antes de ser descubiertos, empezó a reescribir su Diario con la idea de publicarlo tras la guerra.

Ana, su familia y acompañantes fueron arrestados por la Grüne Polizei el 4 de agosto de 1944 y un mes después toda la familia fue trasladada en tren de Westerbork (campo de concentración en el noreste de los Países Bajos) hacia el campo de concentración de Auschwitz, viaje que les llevó tres días. Mientras tanto, Miep Gies y Bep Voskuijl, dos de las personas que los protegieron mientras estuvieron escondidos, encontraron y guardaron el Diario y otros papeles de Ana.

Ana, Margot y Edith Frank, la familia van Pels y Fritz Pfeffer no sobrevivieron a los campos de concentración nazis. Margot y Ana pasaron un mes en Auschwitz II-Birkenau y luego fueron enviadas a Bergen-Belsen, donde murieron de tifus en marzo de 1945, poco antes de la liberación.

Otto Frank es el único de los ocho escondidos que sobrevive a la guerra. Durante su largo viaje de regreso a los Países Bajos es informado de que Edith, su esposa, ha muerto. Aún no sabe nada sobre sus hijas, y tiene esperanzas de poder volver a verlas con vida. A principios de junio llega a Amsterdam. Se dirige directamente a la casa de Jan y Miep Gies, con quienes vivirá durante siete años. Otto intenta dar con sus hijas, pero, en el mes de julio, recibe la noticia de que ambas han muerto. Miep Gies le entrega entonces las hojas del diario de Ana. Otto lee el diario y encuentra en él a una Ana muy distinta de la que conocía, una Ana que lo sorprende.

“Es difícil en tiempos como estos pensar en ideales, sueños y esperanzas, sólo para ser aplastados por la cruda realidad. Es un milagro que no abandonase todos mis ideales. Sin embargo, me aferro a ellos porque sigo creyendo, a pesar de todo, que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón.”

Ana escribió, de sus 13 a sus 15 años, un diario; un libro que titularon La Casa de Atrás y luego El Diario de Ana Frank.  Un testimonio de una vida que tal vez no la hubiéramos conocido si no hubiera estado presente el puño de su autora. En algunas ediciones del libro se incluyen algunos de sus cuentos.

Uno de sus cuentos:

¡MALVADOS!

¿Quiénes son los malvados aquí? ¿Los verdaderos malvados? Los Van Daan.

¿Qué sucede ahora? Voy a contarlo.

La verdad es que tenemos todas esas pulgas en la casa por culpa de la negligencia de los Van Daan. Hace meses que venimos advirtiéndoselo: «Lleven ese gato al exterminador.» La respuesta siempre fue: «Nuestro gato no tiene pulgas.»

Cuando quedó bien probado que había pulgas y que la picazón nos impedía dormir de noche, Peter, que tenía lástima del gato, lo revisó y en verdad las pulgas le saltaron a la cara.

Se puso a trabajar entonces, peinó al gato con el peine fino de la señora Van Daan y luego lo cepilló con el único cepillo que teníamos. ¿Y qué apareció? ¡Por lo menos un centenar de pulgas! Pedimos consejo a Koophuis y al día siguiente lo llenamos todo de un polvo verde asqueroso. No dio resultado. Usamos entonces una bomba con una especie de «Flit» para pulgas. Papá, Dussel, Margot y yo trabajamos mucho tiempo, frotando, barriendo, fregando, echando líquido con la bomba. Estaba todo lleno: ropas, mantas, pisos, sofás, cada rinconcito. No dejamos nada sin rociar. Arriba también, en el cuarto de Peter. Los Van Daan dijeron que no era necesario fumigar su cuarto. Insistimos en que fumigasen por lo menos su ropa, sus mantas, sus sillas. Prometieron hacerlo. Se llevó todo al desván y podría pensarse que lo fumigaron. ¡No lo crea nadie! Es fácil engañar a los Frank. No hicieron nada y no había olor. La excusa fue que el olor a insecticida les arruinaría las provisiones.

Conclusión: la culpa es de ellos por haber traído las pulgas aquí. A nosotros nos tocan las picaduras, el mal olor, la molestia. La señora Van Daan no soporta el olor de noche. El señor Van Daan finge fumigar, pero vuelve con las sillas, mantas, etc., sin fumigar. Que se ahoguen los Frank bajo las pulgas.

Leave a Reply

Sea el primero en comentar!

Notificarme de:
wpDiscuz
CONTACTO

Son bienvenidos todos los comentarios y sugerencias que nos quieras hacer! Te responderemos a la brevedad.

¿No se puede leer? Cambiar el texto. captcha txt